Mi marido y yo llevamos casi siete años casados, y antes de eso ya nos conocíamos desde hace la tira de años. En todo este tiempo, los dos hemos trabajado como mulas y logramos ahorrar lo suficiente para construir nuestra propia casa, ladrillo a ladrillo, con nuestras propias manos y mucho sudor.
Antes de mudarnos a nuestro chalé, vivíamos en el piso de mi marido en el centro de Valladolid. Él lo había reformado enterito poco antes de la boda, y aunque han pasado unos cuantos años, el piso sigue como los chorros del oro, ni una grieta ni una mancha.
Total, que cuando nos trasladamos a la casa nueva, ni se nos pasó por la cabeza poner el piso en alquiler. No queríamos que se nos llenara de desperfectos por culpa de inquilinos poco cuidadosos. Preferimos dejarlo vacío y listo para un apuro, como un jamón en la despensa.
Hace unos seis meses, mis padres, que no quieren perder las buenas costumbres, nos regalaron otro piso, este en el barrio Delicias, en Valladolid también. Venderlo nos parecía absurdo, principalmente porque ya habíamos amortizado el gasto grande de la casa, así que no era necesario sacar más dinero de lo que ya habíamos sudado.
Mi marido y yo pensamos que, más adelante, podríamos darle un lavado de cara: pintar un poco, modernizar los muebles, y dejarlo decente para, si acaso, buscar algún inquilino apañado. Nada del otro mundo, pero tampoco un tugurio.
Lo gracioso es que el piso seguía allí, durmiendo el sueño de los justos. Y claro, esto no pasó desapercibido para mi cuñada durante una cena familiar regada con buen Ribera del Duero.
No tardó en soltarnos, con esa sutileza tan suya, que tener dos pisos vacíos no tenía sentido. Que uno todavía, pero dos era casi un pecado, especialmente cuando hay familias como la suya que lo necesitan de verdad.
Resulta que ella y su marido se habían embarcado en la compra de un adosado en las afueras, pero andaban a mitad de camino. No querían hipotecarse hasta las cejas porque, dice, tampoco les sobra el sueldo precisamente.
La conversación empezó a desviarse peligrosamente. Mi cuñada expuso su plan con toda la cara del mundo: que vendiéramos uno de nuestros pisos y, con lo que sacásemos, les ayudásemos a ellos con el suyo. Lo que sobrara, pues para el banco, que nunca hace mal. Eso sí, no lo pedía de gratis: prometía devolvernos lo prestado, aunque calcular cuándo, pues para qué mentir, sería cuestión de años y años.
Noté a mi marido ponerse más tenso que una guitarra. Es que ya ayudamos todo lo posible a la familia, tanto en faena como en dinero. Pero esto era otro nivel, vamos, casi dejarte en cueros.
Así que decidí tomar yo la palabra. Le expliqué a mi cuñada que la cosa no era nada trivial. Que si hacíamos lo que pedía, al final ella y su marido tendrían piso propio y nosotros nos quedaríamos como quien dice en la calle, con solo cuatro duros en el banco. Y lo de ya os lo devolveremos suena muy bien, pero luego la vida da más vueltas que una rotonda y a saber cuándo cae.
Vamos, que este tipo de líos financieros, aunque seamos familia y España sea el país del te lo juro por mi madre, hay que tratarlos con un poco más de seso, aunque luego la sobremesa se haga larga.
No es de extrañar que la conversación se volviese más fría que el gazpacho un día de resaca y que mi cuñada me mirase como si le hubiese quitado el último croqueta. Mi marido, muy digno, aprovechó para cambiar de tema y hablar del tiempo, del Atleti de cualquier cosa menos de pisos.






