En nuestro colegio estudió una niña huérfana

En el cole teníamos una chica, una huérfana. Vivía con su abuela, una señora ya muy mayor, muy devota. Todos los domingos ellas pasaban por delante de mi casa, rumbo a la iglesia, las dos delgaditas, casi frágiles, siempre con unas pañoletas blancas impecables. Se decía que la abuela no le permitía ver la tele, ni comer dulces, ni reírse a carcajadas, por si se le metían demonios por la boca; y además la obligaba a lavarse la cara con agua helada.

Nosotros la molestábamos un poco. Y ella nos miraba con unos ojos grises, nada infantiles, y decía: “Señor, ten piedad de ellos, no saben lo que hacen.” Nadie era su amigo, pensábamos que estaba un poco chiflada. Se llamaba Lina. Angelina.

Cuando éramos pequeños, la comida en el comedor del cole era bastante sosa. Pero los viernes era diferente: había bollitos rellenos con té o salchichas en masa con cacao, y una chocolatina pequeña. Un viernes, mientras la estábamos picando, alguien empujó a Lina, chocó conmigo y me lancé contra la mesa donde estaban los vasos de cacao, y toda esa cascada de chocolate cayó encima de dos chicos mayores.

Eeeeh, dijeron los mayores.

Corre le dije yo, cogí la mano de Lina y salimos volando hacia nuestra clase.

Me sentía como si nos persiguiese una banda de indios y una estampida de toros. Los últimos dos periodos eran Matemáticas. Tras la puerta de cristal se veían dos figuras grandes. A veces entreabrían la puerta y asomaban la cabeza, luego cuchicheaban. Yo sabía lo que venía: investigación, juicio y ejecución.

Lo importante es salir sin que nos vean de la clase, conozco un camino por el desván, podemos quedarnos allí hasta que oscurezca, y luego correr a casa.

No, respondió Lina, vamos a salir como salen las chicas. Antes de que sea noche y con dignidad.

Pero, Lina, ahí están ellos. Nos van a…

¿Qué? ¿Nos van a echar kéfir encima? ¿Gritar? ¿Golpear a unas chicas de quinto? ¿Qué?

Bueno…

Incluso si nos pegan, será una vez y ya. Si no vas, pasarás miedo cada día.

Salimos de clase junto a todos, como debe ser, discretas. Los dos mayores estaban apoyados en la pared.

Eh, enanas, ¿quién perdió esto? el chico tenía mi monedero de Mickey Mouse y diez euros (para la piscina y dibujo).

Toma, me lo puso en la mano, y no vuelvas a escapar.

Fui de camino a casa, moviendo la mochila y pensando lo bien que lo había salido todo. Y lo guay que era tener una nueva amiga así.

¿Te llamo a mi madre para que le pida a tu abuela que te deje venir a mi casa a ver dibujos? ¿O no puedes?

Lina puso los ojos en blanco.

Vamos, cogemos unas galletas que ha hecho mi abuela hoy, con leche condensada.

Seguimos siendo amigas muchos años. Hasta que la vida nos separó por distintas partes del mundo.

Pero siempre recuerdo aquel instante.

Saltar desde el trampolín al azul del agua da miedo. Pero ese miedo solo es una vez.

Da miedo hacer algo nuevo. ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Me llamarán tonta? Lo harán una vez. Pero si no me atrevo, yo misma me lo diré cada día.

Da miedo una vez. O todos los días.

Tú puedes vencer el miedo una vez. O dejar que viva por ti cada día.

Es una elección.

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