Solo tenía tres años cuando mi padre y yo nos quedamos los dos solos en la familia. Nunca llegué a conocer a mi madre mientras crecía, porque decidió irse con otro hombre y dejar atrás todo lo nuestro. Mi padre jamás quiso rehacer su vida amorosa ni rehizo la familia; prefirió volcarse en criarme como su único hijo, a tiempo completo y con más dedicación que un funcionario del catastro. Cuando crecí, terminé la universidad y me casé, llegó el eterno dilema español: ¿dónde vamos a vivir los recién casados? Mi padre tenía una casa grande en un pueblecito de la sierra, espacio nos sobraba, pero claro, tanto mi mujer como yo teníamos trabajo en Madrid y mudarnos al pueblo era tan poco práctico como ir a la playa en enero.
Para variar, fue mi padre quien encontró la solución: sugirió vender su casa e invertirlo en un pisito, más pequeño pero cerca de nuestros trabajos. Le hice caso era un hombre sabio, de los que ya no quedan y los tres compartimos hogar. Al poco, la familia creció con nuestro hijo, y mi padre fue un abuelo de manual: servía de niñero, cocinero y árbitro de peleas con una eficacia de película. Mientras yo trabajaba, mi mujer que se llama Carlota, para que no quede duda de que aquí hay raíces españolas hasta en el nombre se encargaba de la casa, y todos vivíamos en esa armonía caótica tan típica.
Pero la tranquilidad se acabó en cuanto nos enteramos de que Carlota estaba embarazada otra vez. La idea de meter otro churumbel en nuestro piso de dos habitaciones nos daba escalofríos. Me busqué un segundo curro y me puse a mirar anuncios de pisos más grandes por si la lotería nos daba una alegría. En una de esas noches, al volver cansado a casa, noté algo raro: la familia estaba apiñada alrededor de la mesa… pero mi padre había desaparecido. El susto fue inmediato como cuando te das cuenta de que te han cobrado dos veces en el supermercado y el miedo de que hubiese pasado algo grave. Carlota intentó tranquilizarme: “Se ha ido a dar un paseo, tranquilo”, dijo, pero cuando se hizo de noche y no apareció, la ansiedad se me subió a la cabeza.
Descubrí que Carlota y mi padre habían tenido una bronca monumental, de esas que ponen los cimientos a temblar. A saber, las hormonas del embarazo y el enanismo de nuestro piso crearon una tormenta perfecta. Carlota, en plena frustración, le soltó a mi padre que sobraba en la casa. Al escuchar esto, la sangre me hirvió. Me lancé a la calle, recorrí el barrio en mi Seat y, al final, lo encontré sentado en un banco del parque, con esa cara de tristeza que no le había visto nunca. Me rompió el alma ver así a uno de mis héroes. Me arrodillé delante de él y, entre lágrimas y suspiros, le pedí perdón: Papá, no le des más vueltas, Carlota no sabe lo que dice. Lo siente de verdad.
Una hora después, logramos volver a casa. Mi padre se encerró en su cuarto, con más pena que un lunes por la mañana. Hablé muy seriamente con Carlota. Le dejé claro que si esa situación se repetía, y aunque estuviese embarazada, ella tendría que buscarse otro techo donde caber mejor. La prioridad era el bienestar y la paz de toda la familia, y si eso implicaba dar un cambio radical, pues tocaría hacerlo. Al fin y al cabo, familias felices hay pocas, pero líos familiares nunca faltan en este país.





