Mira, te cuento… Lucía estaba de pie en el umbral de la puerta, agarrando con fuerza la mano de Alejandro. Le temblaban un poco las piernas y en los ojos se le notaba el miedo.
Mamá, ella es mi novia. Lucía dijo Alejandro, que acababa de regresar de otro viaje de trabajo.
Había estado fuera un par de semanas y esta vez no volvía solo a casa. Alejandro vivía con sus padres en un piso pequeño, de dos habitaciones. Por las noches, Lucía dormía en el cuarto de Alejandro y él se iba al sofá de la cocina.
¿De dónde la has conocido? preguntó su madre. Ahora todos los jóvenes van con ropa de colores estridentes y llenos de piercings en las cejas.
Mamá, he tenido suerte. La conocí en la residencia universitaria donde me tocó quedarme. Lucía creció en un orfanato.
A la mañana siguiente, la hermana de Alejandro vino a desayunar con su madre.
¿Y dónde están esos chicos vuestros?
Se han ido al registro civil a entregar unos papeles.
Alejandro aún es muy joven. ¿Y para qué se mete con una huérfana? Ahora tendrás que esconder las cosas de valor, nunca se sabe…
¿Pero tú qué dices? saltó la madre de Alejandro.
Yo también he crecido en un orfanato, ¿me vas a decir que yo soy distinta a los demás? dijo el padre de Alejandro defendiendo a Lucía.
Ya verás, ya verás… Al final la genética se nota insistió la hermana.
Ni se te ocurra hablar así de Lucía le gritó el hombre.
Los padres de Alejandro siempre creyeron que su hijo debía tomar sus propias decisiones, así que no se metieron en la vida de los chicos. Alejandro y Lucía decidieron vivir primero unos meses con los padres para ahorrar un poco y después buscarse algo propio. La verdad, Lucía era un desastre como ama de casa, la suegra casi tira la toalla varias veces, pero el suegro siempre defendía a la chica.
Luego, Alejandro contó que Lucía planeaba entrar a la universidad a estudiar filología. Resultó que, durante una temporada, él iba a ser el único que trabajaría y, claro, su madre no estaba demasiado feliz con la idea. Pero tampoco quería oponerse, porque en estos tiempos, sin estudios, no vas a ninguna parte.
Cuando se mudaron por fin a un piso pequeño suyo, Lucía empezó a dar clases a tiempo parcial.
A la suegra le daba pena por su hijo y les ofreció volver una temporada a casa, pero el suegro apoyó la decisión que habían tomado Alejandro y Lucía.
Un día apareció la hermana de la suegra con dos sartenes.
Mira lo que tengo, te vendo una si quieres; puedes dársela a los chicos. Todos tenemos ahora problemas de dinero y ellos aún más.
Pues mis hijos se apañan fenomenal. Lucía estudia, mantiene la casa limpia y cocina.
La suegra le regaló la sartén a Lucía y le explicó enseguida que sólo debía remover con cuchara de madera.
Pasó una semana y, durante una visita, la suegra encontró a Lucía en la cocina llorando.
Se me han quemado las croquetas sollozaba. Encima he fregado la sartén con nanas de acero y era un regalo tuyo.
Tranquila, mujer, tranquila intentaba consolarla la suegra.
Alejandro las encontró a las dos sentadas en el suelo, una aún llorando y la otra abrazándola. Al principio quiso decir algo, pero terminó encogiéndose de hombros: ya se las apañarían ellas.
Han pasado dieciocho años desde entonces. Lucía ahora es subdirectora en el instituto. En todo este tiempo, su suegra ha terminado queriéndola como a una hija más, aunque la hermana la ha envidiado siempre.
¿De verdad importa el sitio donde te hayas criado, si eres buena persona y tienes un gran corazón?





