Mi marido y yo llevamos siete años casados. La verdad, hemos vivido estupendamente, casi rozando el nivel de vida de un futbolista. Mi marido estaba metido en el mundillo de los negocios y yo trabajaba solo por afición, porque ganas… las justas. Pero en esos siete años, ni rastro de niños.
Una vez, mi marido planeó un viaje de un mes por el extranjero, en un resort de esos más lujosos que el Palacio Real. Imaginaos lo feliz que estaba; ya me veía en la tumbona con un cóctel y sin preocupaciones. Pero, faltando nada para irnos, va y me suelta que tiene una reunión importantísima, de esas de las que depende el futuro de la familia y la estabilidad mundial, casi. Que me fuera yo sola, vamos. No os hacéis idea del disgusto; ya tenía todo planeadísimo y fantaseaba con fotos de pareja en cada rincón del resort.
Total, que me propuso ir con mi mejor amiga para que no me aburriera. Ella podía acompañarme, que tampoco le iba mal un respiro. Su vida era digna de telenovela: su madre, más amiga de la botella que de los libros, ni cuidarla ni orientarla, todo un caos. Mi amiga, después de la selectividad, se quedó embarazada y tuvo que casarse. Y encima el marido, más inestable que el tiempo en Bilbao, le montaba una escena cada dos por tres. Cuando le propuse lo del viaje, se le iluminó la cara y me dio mil gracias, hasta le faltó hacerle la ola a mi marido.
Al mes, regreso a Madrid y mi marido me está esperando en Barajas, con el coche preparado. Llego a casa y hay una cena de esas de película, a la luz de las velas, y en la cama pétalos de rosa… No faltó ni Julio Iglesias de fondo. Vamos, que parecía la portada de una revista. Todo perfecto.
A las dos semanas, le digo a mi marido que estoy embarazada. Su reacción fue de campeonato: más contento que un niño con zapatos nuevos. Cuando llegó el momento y los dolores anunciaron el parto, mi amiga fue rauda y veloz a contarle a mi marido que yo, ese mes, entre mojitos y excursiones, seguro que me había buscado una aventura, y que ese bebé no era suyo. Cuando me enteré, me quedé fría; me imaginé saliendo del hospital con el bebé bajo el brazo y sin nadie esperándome, como si fuera la protagonista de una tragedia griega.
Pero no, amigos: fue justo lo contrario. Mi marido apareció en el hospital, vio a nuestra niña, azulitos los ojos, cabellito rubio, ni una pizca a él, pero la cogió y la quiso desde el minuto uno como suya. Y ese mismo día echó a mi ex amiga de casa y le dijo que nos olvidara para siempre. ¡Y tan a gusto!







