Siempre he intentado educar a mi hijo principalmente para que respete a las mujeres la abuela, la madre, la esposa, la hija… En mi opinión, no hay cualidad más valiosa en un hombre que el respeto hacia las mujeres. Tanto mi marido, Álvaro, como yo, nos esforzamos para ofrecerle a nuestro hijo, Daniel, la mejor educación posible y todo lo que necesitaba para poder construir con facilidad un futuro prometedor. Ya no queríamos ayudarle económicamente más allá de eso, pero al final terminamos comprándole un piso de dos habitaciones. Daniel trabaja, se mantiene solo, pero no tenía suficiente dinero aún para pagarse su propia vivienda.
Sin embargo, no le entregamos el piso como un regalo inmediato, ni siquiera le hablamos de la compra. ¿Por qué? Porque Daniel llevaba ya casi un año viviendo con una chica, Lucía. No conocíamos a sus padres, lo cual siempre me pareció algo extraño y poco habitual.
Más tarde descubrí que la madre de Lucía había sido vecina de infancia de una buena amiga mía. Y fue precisamente ella la que me contó algo que me revolvió el estómago. Resulta que la madre de Lucía echó a su marido de casa cuando éste empezó a ganar menos dinero, pero lo surrealista vino después. Después, la mujer empezó a salir con un hombre casado, adinerado, que hacía las veces de figura paterna para Lucía. En cuanto al padre pues la abuela materna tampoco se quedaba atrás respecto a su hija. Tenía una relación con otro hombre casado y obligaba tanto a su hija como a su nieta a acompañarla a un pueblo de Castilla para ayudar en las tareas del campo y la casa. Debido a esto, mi hijo ya había tenido varios disgustos y broncas con su futura suegra. Lo que más me atormentaba de esta historia es que tanto la madre como la abuela de Lucía se dedicaban a poner a la chica en contra de su propio padre.
Se nota que Lucía quiere a su padre, pero debido a la presión constante de esas dos mujeres, la relación pende de un hilo. Y, por si fuera poco, Lucía ha decidido dejar la universidad. Piensa que un hombre debe mantener a la familia. Estoy de acuerdo en parte, para eso eduqué a mi hijo, pero que Dios no quiera que pase por dificultades. ¿Dónde está la seguridad? ¿Cómo podrá ayudar Lucía a su marido si las cosas no salen bien? Por cierto, he puesto el piso a mi nombre, porque sé que he criado a un chico noble, como decimos aquí. Sí, todo lo que se adquiere antes del matrimonio no se reparte en caso de divorcio, pero Lucía es tan espabilada que puede dejar a mi hijo literalmente en calzoncillos si se descuida.






