Nuestra hija acaba de casarse con un chico que, aunque no viene de una familia adinerada, es sensato y trabajador. Mi marido y yo no estábamos, por supuesto, del todo contentos, pero respetamos su decisión.
Con motivo de la boda, mi marido quiso regalarle a nuestra hija un bonito piso en Madrid, para que los recién casados no tuvieran que vivir de alquiler. Estuvieron encantados con el regalo, especialmente los padres del novio.
Siempre que venían a visitarlos, los padres del chico elogiaban el piso sin parar. Tanto era el entusiasmo, que mi hija comenzó a quejarse de que su suegra se presentaba siempre en casa y no la dejaba ni llamar a sus amigas con tranquilidad. Hace poco, la suegra le sugirió a mi hija que registrara a toda su familia en el piso, de manera que ella pudiera vender el suyo, con el dinero comprarse un piso más grande y así todos compartirlo, porque según ella, todo en familia debe repartirse.
Mi hija rechazó la propuesta amablemente, ya que le parecía una idea sin sentido. Sin embargo, la suegra no desistió. Al principio llamaba casi todos los días suplicando, pero después empezó a presionar y a montar escenas. Llevó a decirle a mi hija que no quería a su hijo, la amenazaba con separarlos y hasta con quitarles el piso. Ni siquiera escuchaba a su propio hijo, que intentaba tranquilizarla.
No quisimos intervenir al principio, pensamos que debían solucionar ellos los problemas. Pero cuando nuestra hija comenzó a llamarnos llorando, no pudimos mirar para otro lado y decidimos hablar nosotros personalmente con la suegra.
Mi marido, un hombre de carácter, fue a verla y le pidió con seriedad que dejara en paz a nuestra hija, advirtiéndole que, de seguir así, iría a la policía. La suegra, viendo la situación, se calmó de inmediato y aseguró que solo quería lo mejor para todos y que la habíamos malinterpretado. A partir de entonces, nuestra hija ha dejado de sufrir por este asunto y por fin está tranquila y feliz.





