Te pasas el día en casa sin hacer nada: tras escuchar estas palabras, decidí castigarle

Justo antes de casarme, ya me habían advertido varias amigas: que cuando un hombre pasa por el altar, de repente te considera su cañita al aire privada y empieza a comportarse como si fuera el rey del mambo.

Pero, como cualquier chica ingenua, creía que mi novio, Jaime Gómez, era diferente. Hasta antes de la boda, me trataba como oro en paño, jamás una palabra fea, parecía hasta que le daba miedo chistarme. Siempre quería tenerme cerca, como si yo fuese su amuleto de la suerte. Pero, ay amiga, me equivoqué como se han equivocado todas antes que yo. Efectivamente, cuando un hombre cree que ya ha conquistado el castillo… se le aflojan las tuercas.

Resulta que, a los pocos meses de casados, Jaime empezó a despotricar de mi madre: que si por qué me llamaba tanto, que si hace falta pasar por casa cada semana… Por supuesto, como buena esposa preocupada por mi matrimonio, le di la razón y le pedí a mi madre, doña Pilar, que espaciase las visitas y los WhatsApps. Yo la llamaba de escondidas, como quien prepara una operación secreta en lavapiés.

Pero la cosa no se quedó ahí. Me quedé embarazada y, como la economía española está más apretada que un bocadillo de chorizo con media barra, perdí el trabajo. Encima, el embarazo complicado, y yo de reposo en la cama adiós contrato. Fue entonces cuando mi flamante esposo se transformó en crítico gastronómico de sofá: No haces nada en casa, te pasas el día tirada. Y yo, muda y embarazada, pensando Si me deja ahora, ¿dónde me meto?

Un año y pico después de que naciese nuestra niña, Lucía, mi querido Jaime decide que su estatus no es de marido, sino de semidiós. Yo, en plan vestal, tenía que esperarle en la puerta como si fuese Julio Iglesias, ponerle las zapatillas, la cena de tres platos humeando en la mesa y que ni se le ensucie el tenedor.

La niña, luces y taquígrafos, era cosa de mi negociado exclusivo. Y claro, yo ya para entonces ni café con leche sin quedarme dormida. Así que cogí las maletas y para casa de mi madre, con Lucía, sin mirar atrás. Durante dos meses ni mensaje ni tarta de Santiago.

La vida siguió: bolsillo apretado pero dignidad arriba. Volví a trabajar y, oye, cada día mejor, que para algo la tortilla de patata siempre se le acaba dando la vuelta. Un día se apareció Jaime en casa, más flaco que el perro de un vagabundo, hecho un cuadro renacentista y va el tío y se arrodilla, pidiendo perdón como si estuviese delante de la mismísima Virgen del Rocío.

Le solté: Muy bien, Jaime, esto solo tiene una solución: vas a apuntarte a un cursillo de cocina en la Casa de la Juventud. Cuando yo vuelva, las lentejas y la fregona corren de tu cuenta. Vale, cariño, lo que tú digas, dice él, pero a ver cómo le sale la paella…

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Te pasas el día en casa sin hacer nada: tras escuchar estas palabras, decidí castigarle