Esposa y padre
Marina apenas fingía ilusión por conocer a los padres de Javier. ¿Para qué le interesaban realmente? No iba a vivir con ellos y, sinceramente, del padre de Javier un hombre al parecer adinerado no esperaba más que problemas y miradas recelosas.
Pero debía seguir el papel hasta el final, ya que había decidido casarse.
Marina eligió un vestido sencillo, elegante pero discreto, para que la vieran como una chica dulce y simpática.
Conocer a los padres del novio siempre es una de esas pruebas llenas de trampas ocultas; si, además, son padres inteligentes, la tensión se multiplica. Es un examen en toda regla, y ella lo sabía mejor que nadie.
Javier creía que Marina necesitaba consuelos y la animaba mientras llegaban a la puerta de la casa familiar, una majestuosa vivienda en Pozuelo, a las afueras de Madrid.
No te pongas nerviosa, Marina, de verdad. Mi padre parece muy serio, pero es flexible. No van a decirte nada horrible, ya lo verás. Mi madre, Carmen, es la alegría de la casa. Ya verás, te irán cogiendo cariño, le aseguraba Javier, tomando su mano.
Marina sonrió, apartando una mecha de su pelo castaño. Así que el padre, serio; la madre, el alma de la fiesta. Vaya mezcla la que le esperaba. Sonrió para sus adentros.
Nada en la casa la sorprendió. Había estado en residencias mucho más lujosas en urbanizaciones de la sierra.
Salieron a recibirla de inmediato.
Marina sentía más curiosidad que nervios. ¿Para qué alterarse? Gente normal, después de todo. Carmen Jiménez, según había escuchado por boca de Javier, era ama de casa de toda la vida, apenas había trabajado y solía irse de viaje con sus amigas de vez en cuando, pero poco más. El padre, don Eduardo Gómez, aunque algo huraño según aseguraban, era por lo menos un hombre reservado. El nombre le sonaba extrañamente familiar…
Los recibió en la puerta.
Marina se quedó paralizada antes de cruzar el umbral. Aquello era el final… No conocía a su futura suegra, pero al futuro suegro lo reconoció al instante. Ya habían coincidido, tres años atrás. No fue una relación frecuente, pero sí muy provechosa para ambos. Se veían en bares, hoteles, restaurantes. Por supuesto, ni la esposa de Eduardo ni su hijo sospechaban nada de aquel extraño vínculo.
Se armó el lío.
Eduardo la reconoció también. Sus ojos se iluminaron con una chispa de asombro, de alarma e incluso de cálculo perverso, pero optó por guardar silencio.
Javier, sin enterarse de nada, la presentó con entusiasmo:
Mamá, papá, esta es Marina. Mi novia. Os la habría traído antes, pero es muy tímida.
Ay, Dios…
Don Eduardo le tendió la mano.
Su apretón era duro, ligeramente agresivo.
Encantado, Marina, dijo él, dejando entrever un matiz apenas perceptible… Quizá desprecio. Quizá advertencia. O ambas cosas.
Marina tembló por dentro, preparándose para lo peor, esperando que don Eduardo estuviera a punto de revelar su pasado.
Un placer, don Eduardo respondió Marina, fingiendo serenidad mientras una oleada de adrenalina le erizaba la piel. ¿Ahora qué…?
Pero no ocurrió nada.
Don Eduardo forzó una sonrisa y le apartó una silla en la mesa.
Quizá pensaba avergonzarla después.
Pero el tiempo pasaba y la bomba seguía sin explotar.
Entonces Marina acertó a deducirlo: él no rompería el silencio. Si la delataba, se ponía él mismo en evidencia ante Carmen.
Cuando los nervios menguaron, la velada siguió en tono casi cordial. Carmen relató anécdotas de la infancia de Javier. Don Eduardo, aparentando interés, preguntaba a Marina por su trabajo. Sabía de sobra a qué se dedicaba, pero la ironía de su tono ya no causaba efecto en ella. Incluso se permitió bromear, y Marina terminó, para su propia sorpresa, riéndose. Aunque sus bromas llevaban un subtexto que sólo ellos dos comprendían.
Como cuando, cruzando la mirada con Marina, comentó:
¿Sabe, Marina? Me recuerda a una antigua… compañera de trabajo. Inteligente, astuta. Sabía entenderse con todo el mundo.
Marina ni se inmutó:
Cada uno tiene su propio talento, don Eduardo.
Javier, como buen enamorado, la miraba embelesado, sin captar el peligro que flotaba sobre la mesa. De verdad la amaba. Eso era, quizás, lo más importante. Y lo más triste. Para él.
Más tarde hablaron de viajes, y don Eduardo, mirando fijamente a Marina, soltó:
Yo prefiero retirarme a sitios tranquilos. Sin ruido, donde uno puede leer y meditar. ¿Y usted, Marina?
Quería pillarla.
A mí me gusta que haya gente, ruido, vida. Aunque, a veces, los oídos ajenos pueden ser peligrosos respondió Marina, segura.
Carmen frunció el ceño brevemente, percibiendo una sombra, pero enseguida desvió sus pensamientos.
Don Eduardo sabía que Marina no era de las que buscaban silencio. Sabía bien el porqué.
Al terminar la velada, cuando llegó la hora de despedirse, don Eduardo abrazó a Javier.
Cuídala, hijo. Ella… es especial.
Sonó tanto a piropo como a burla, pero sólo Marina entendió el doble sentido.
Sintió el frío colarse por la estancia. “Especial.” Había dicho justo esa palabra.
***
Aquella noche, cuando todos dormían, Marina daba vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño.
Repasaba la extraña velada, calculaba estrategias para afrontar la bomba a punto de estallar. No imaginaba un horizonte prometedor. Sabía que don Eduardo tampoco dormiría. A él le pesaba el reencuentro, y a ella el miedo de lo que pudiese suceder. A decir verdad, le hervía la sangre por dentro.
Se levantó, se vistió con una sudadera doméstica sobre la camiseta y los shorts de estar, y salió sin hacer ruido. Bajó las escaleras. Hizo algo de ruido a propósito, moderado pero audible para cualquier noctámbulo. Caminó hacia la terraza, intuyendo que era ahí donde encontraría a don Eduardo.
No tuvo que esperar mucho.
¿No puedes dormir? preguntó, apareciendo a sus espaldas.
El sueño no quiere venir contestó Marina.
Una brisa fresca trajo hasta ella el inconfundible aroma de su colonia.
La observaba detenidamente.
¿Qué buscas de mi hijo, Marina? ya sin rodeos. Sé de lo que eres capaz. Sé cuántos Eduardos como yo han pasado por tu vida. Y sé que siempre has buscado el dinero. Ni lo ocultabas apenas. Tu precio, aunque envuelto en palabras bonitas, siempre estaba claro. ¿Para qué quieres a Javier?
Si él no iba a andarse con remilgos, Marina tampoco.
Le quiero, don Eduardo entonó, con una sonrisa cargada de veneno. ¿Por qué no iba a poder quererle?
Él no se dejó convencer.
¿Querer? Tú… Es ridículo. Sé perfectamente qué clase de mujer eres, Marina. Se lo contaré todo a Javier: en qué has trabajado, quién eres en realidad. ¿Crees que te casará después de eso?
Marina dio un paso, acercándose hasta dejar sólo el aire de un brazo entre ellos. Le clavó la mirada, fría y firme.
Cuéntale lo que quieras, don Eduardo susurró, lenta, deliberadamente, cada sílaba. Pero entonces tu esposa averiguará nuestro pequeño secreto.
Eso…
Eso no es chantaje. Es reciprocidad. Si explicas cómo nos conocimos, no tendrás forma de ocultar nuestras actividades. Créeme: completaré las lagunas de tu relato.
No es lo mismo…
¿De verdad? ¿Le dirás eso a Carmen?
Don Eduardo se quedó inmóvil. El intento de intimidar a Marina había fracasado. Supo que ella tenía razón. Estaban en la misma trampa.
¿Y qué les contarías…?
A todos. También a Javier. Les diré qué tipo de marido eres y los motivos de tus interminables reuniones de trabajo. No tendré nada que perder. ¿Quieres salvar a tu hijo de mí? Adelante, sálvalo.
Decisión difícil.
Impedir la boda sería firmar su propio divorcio.
No te atreverías.
¿Que no? Tú sí, ¿pero yo no? Solo si tú también callas sobre mi “ambición”, como tú la llamas. Porque no creo que te convenga perder a Carmen… ya sabes cuánto valora la lealtad.
En una borrachera, hacía años, don Eduardo había confesado a Marina su culpa por engañar a la esposa. Carmen jamás le perdonaría. Y con razón.
Él sabía que Marina no blufeaba.
Está bien aceptó a duras penas. No diré nada. Pero tú tampoco. Aquí no ha pasado nada.
Por eso Marina no sentía la menor inquietud. Él perdería mucho más que ella.
Como quieras, don Eduardo.
A la mañana siguiente, salieron de la casa familiar. Marina se despidió de Carmen, que ya la llamaba “hija”. El ojo de don Eduardo tembló ante la escena.
Sufría por no poder advertir a Javier contra su futura esposa, pero tenía pánico a exponerse. Perder a Carmen supondría perder también parte de su fortuna. Ella no se iría con las manos vacías. Y Javier tampoco lo perdonaría…
Otra vez, Marina y Javier se quedaron en casa de sus padres durante dos semanas.
Vacaciones, como quien dice.
Don Eduardo se valía de cualquier excusa para no coincidir con Marina, alegando trabajo y compromisos sin cesar. Pero un día, solo en casa, la curiosidad lo traicionó. Se lanzó a registrar el bolso de Marina, buscando cualquier cosa con la que tener algo de poder sobre ella.
Removió su neceser, agenda, un pequeño cuaderno… hasta que encontró un objeto azul y blanco. Un test de embarazo. Con las dos rayas bien marcadas.
Yo pensaba que lo peor era que mi hijo se casara con… No, esto sí que es una catástrofe dijo, dejando el test de nuevo en el bolso, sin llegar a cerrarlo.
Marina lo cazó en el acto.
Vaya, qué feo eso de rebuscar en cosas ajenas ironizó, aunque parecía divertirse.
Don Eduardo no se molestó en negarlo.
¿Estás embarazada de Javier?
Marina se acercó despacio, recogió el bolso de sus manos y, con voz tranquila, dijo:
Parece que acabo de estropearle la sorpresa, don Eduardo.
Él sintió la sangre hervir. Ahora Marina estaba definitivamente ligada a su hijo. Si contaba algo sobre ella, la tragedia sería para todos. Ahora sí, debía callar. Pero le resultaba insoportable saber a qué abismo iba su hijo.
***
Pasaron nueve meses… y medio año más.
Javier y Marina criaban a Lucía.
Don Eduardo evitaba toda visita. Ni quería ver a su nieta, ni soportaba a Marina. Desconfiaba de ella, de su indiferencia hacia Javier, de su oscuro pasado.
Una vez más.
Carmen decidió ir de visita a casa de su hijo y Marina.
Edu, ¿vienes conmigo?
No, tengo un dolor de cabeza horrible.
¿Otra vez? Eso ya es mala señal…
Es solo cansancio. Ve tú sola, cariño.
Don Eduardo fingía migraña, gripe o cualquier achaque con tal de no ir. Incluso se tomó pastillas para la galería. No podía soportar a Marina, pero tampoco arriesgarse a provocar un escándalo.
La noche avanzaba entre pensamientos ansiosos.
Se tumbó.
Leyó.
Cuando reparó en la hora, eran ya las once de la noche. Carmen no volvía y no respondía al móvil. Llamó a Javier.
Javi, ¿todo va bien? ¿Carmen ya salió? No está en casa.
Papá, eres la última persona con la que quiero hablar ahora.
Y colgó de golpe…
Don Eduardo iba a ir a casa del hijo, cuando el coche de Marina se detuvo frente a la puerta. Comprendió que algo grave pasaba, y al ver a Marina se le heló la sangre.
¿Qué haces aquí? ¡Habla! ¿Qué ha pasado?
Marina parecía extrañamente indiferente. Se sirvió una copa de vino, se acomodó.
Se acabó todo.
¿El qué…?
Lo nuestro. Lo de todos. Javier ha encontrado en la web de un café unas fotos de nosotros en la fiesta de hace cuatro años en El Rincón de Málaga, ¿lo recuerdas? Javier quería reservar para nuestro aniversario y se puso a mirar su web… ¡Y ahí estábamos! El fotógrafo debió subirlas todas. Ahora Javier está fuera de sí. Tu Carmen dice que va a pedir el divorcio. Y yo, como querías, puede que también me divorcie de tu hijo.
Don Eduardo se quedó sencillamente en blanco. Las imágenes, la fiesta, aquel asunto turbio… Él pidió expresamente que no hicieran fotos, pero nadie podía imaginar que con el tiempo se publicara todo.
Se dejó caer junto a ella, en el suelo.
¿Y a mí por qué vienes a buscarme?
Necesitaba largarme unas horas sonrió Marina. En casa hay caos. Lucía está con la niñera. ¿Quieres vino?
Le ofreció su propio vino.
Se quedaron en la terraza, rodeados del rumor de las chicharras. La única complicidad que les quedaba.
Todo esto es culpa tuya dijo él.
Marina asintió sin soltar la copa.
Sí.
Eres insufrible.
Puede.
Ni siquiera sientes lástima por Javier.
Un poco sí. Pero por mí, más.
Solo te quieres a ti.
No voy a discutirlo.
De pronto, él la cogió suavemente por el mentón y le hizo mirarle de frente.
¿Sabes que jamás te quise? murmuró.
Te creo perfectamente.
***
Por la mañana, cuando Carmen llegó por fin, dispuesta a reconciliarse con su marido aunque le costara media vida, encontró a Marina y don Eduardo juntos. Dormidos aún.
¿Quién anda ahí? preguntó Marina, despertando.
Soy yo respondió Carmen, viendo cómo su mundo desaparecía delante de sus ojos.
Marina, al verla, sonrió con tranquila indiferencia.
Don Eduardo se despertó más tarde, pero no fue tras su esposa.







