1 DE SEPTIEMBRE
Hoy es otro de esos días en los que la vida parece detenerse y no encuentro consuelo. Llevo horas sentada en la sala de espera, sin apartar la vista del cartel que reza Quirófano. Las letras se me emborronan con el paso del tiempo y la ansiedad palpitante en mi pecho. No puedo dejar de girar entre mis manos el pequeño tractor rojo de plástico el favorito de mi hijo pequeño, Iñaki. Siempre quiso uno azul, como en los dibujos animados, pero cuando su padre le regaló este, pronto lo convirtió en su más preciado tesoro, asido con sus bracitos marcados por la fragilidad de su corazón enfermo.
Por fin, tras el cristal empañado, divisé una silueta masculina. Las puertas giratorias se abrieron y apareció un médico agotado, rostro descubierto por fin.
Doctora, ¿cómo ha ido? logré balbucear. ¿Cómo está Iñaki?
El médico bajó la cabeza, evitándome la mirada:
Señora González, lo siento mucho Hicimos todo lo posible
***
Ahora estoy tumbada en la cama de Iñaki, como acurrucada dentro de mi propio vacío. Aún puedo oler en la almohada su aroma a vainilla y colonia infantil. El espejo frente a la cama conserva su huella dactilar, pringosa de galletas Menos mal que no llegué a limpiar el cristal. Jamás lo volverá a ensuciar. Su pequeña cabecita nunca se apoyará en esta almohada.
Otra lágrima salada resbala por mi mejilla seca. El dolor me corroe, quema mi corazón. Un corazón sano, distinto al de mi hijo menor. Mi mayor, Mateo, ya es universitario en Salamanca: tiene dieciocho años, es autónomo y fuerte Iñaki siempre fue nuestra sorpresa tardía, una alegría inesperada y ahora tan amarga. Durante el embarazo parecía todo perfecto, y sólo antes del parto descubrieron, por pura casualidad, aquel defecto cardíaco tan grave La operación radical no salió bien. Ya no está.
***
A veces cierro los ojos y, quizás por cansancio, caigo en sueños inquietos. Siempre aparezco en una pradera soleada y fresca, salpicada de flores aromáticas de infinitos colores y formas. A lo lejos distingo a mi pequeño Iñaki, con su sonrisa inolvidable y su camisa preferida, la de los coches. En sus manos agarra un gran ramo de margaritas.
¡Iñaki! ¡Hijo! grito con todas mis fuerzas. Pero él parece no escucharme, arrancando con calma los pétalos de las flores.
Echo a correr, brazos abiertos, ansío abrazarle. Pero no importa cuánto corra, nunca podré alcanzarle. Cada vez está más lejos. Desesperada, grito, suplico; no puedo tocarle. Al final, Iñaki me mira, sonríe y se desvanece en el aire. Caen a mi alrededor pétalos blancos de margaritas, como una lluvia lenta y triste
Me detengo en el césped, donde aterrizan los pétalos. Allí, sobre la hierba verde, las flores forman, con precisión infantil, una dirección.
***
Suena el móvil y me despierta el tono familiar de Mateo.
¿Mamà?
Sí, hijo
Hoy voy a casa, ¿me preparas algo rico?
Fuerzo una sonrisa. Basta ya. Han pasado casi tres meses desde que Iñaki nos dejó. Pero sigo teniendo a Mateo. Es hora de recomponerme y seguir adelante.
Claro, dime ¿Tortitas?
¡Sería genial, mamá! Ya estoy en el bus, llego en nada.
Mateo intenta venir cada fin de semana, para animarnos a su padre y a mí; sé que también le duele tanto como a nosotros la ausencia de su hermano. Pero tenemos que vivir. Juntos, como familia.
Me obligo a ponerme en pie y me encamino a la cocina. Abro el frigorífico, examino las baldas. No queda leche. En la mesa, mi marido, Víctor, repara algo electrónico; levanta la mirada.
¿Te hace falta algo? ¿Vas al súper?
Mateo viene, pidió tortitas No hay leche. Voy yo, así me despejo.
Víctor alza las cejas, sorprendido. Va mejorando debió pensar.
Me abrigo despacio y salgo a la calle. El aire de marzo acaricia, fresco y prometedor; los pájaros regresan, los cerezos empiezan a despertar. Pienso: Ay, Iñaki este año no has visto tu quinta primavera. Sacudo la cabeza, dejando atrás los pensamientos oscuros, camino hacia el Mercadona.
***
En el supermercado cojo leche, el chocolate favorito de Mateo, una barra de pan, pollo De pronto, escucho una risa al fondo. Esa risa. Todo mi cuerpo se paraliza: es la de Iñaki. Me lanzo al otro pasillo, pero sólo alcanzo a ver una figura menuda desaparecer tras los estantes. Sé que es imposible, pero la sigo, chocando con un cartel publicitario.
Al levantarlo, me estremezco. En letras rojas, bien trazadas, sobre fondo blanco, está el mismo domicilio que en mi sueño.
¿Qué intentas decirme, Iñaki? susurro.
Regreso a casa dándole vueltas. ¿Qué significa todo esto? ¿Qué tengo que comprender? Buscaré esa dirección en Internet. Pero no hoy. Hoy tengo cita con la vida: Mateo vuelve y debo ser la madre entera que le queda.
***
La tarde pasa sorprendentemente cálida, entre anécdotas universitarias y una ruidosa merienda. Veo a Mateo comer y sonrío, lo miro como el tesoro que es mi hijo mayor y ahora, el único. Cuando la noche cae y todos se retiran, yo también caigo en la cama, extenuada.
De madrugada, un sonido me sobresalta: de la zona del baño llega un canto tenue. Siento un vuelco helado; jamás confundiría la voz de Iñaki, tarareando su canción preferida del tractor azul.
Con el corazón saltando, me levanto y avanzo casi de puntillas. Abro la puerta del baño con sigilo, pero no hay nadie, sólo mi desvarío. Rompo a llorar.
¿A qué esperaba, que Iñaki estuviera ahí? ¡No volverá! Me estoy volviendo loca pienso, enfadada conmigo.
Abro el grifo, me salpico agua en la cara. Basta de torturarme: por Víctor, por Mateo. Noto mi reflejo desmejorado y triste. De golpe, mojo la mano y la paso por el espejo; entre los hilos de la espuma jabonosa, surgen letras que dibujan el dichoso domicilio Un escalofrío, y escucho nítido, como si estuviera tras de mí, el susurro infantil:
Te estoy esperando, mamá
***
¿No duermes? pregunta Víctor, al notar la luz del portátil que uso sobre mis rodillas.
Ven, Víctor. Si sientes lo que yo, puede que todo esto no sea solo una locura mía
Se acerca, se sienta a mi lado. Al mirar la pantalla, ambos sentimos una calidez rara y eléctrica al contemplar la fotografía de un niño de unos cuatro años.
Eduardo Jiménez, 4 años, reza el texto. Sus padres murieron en un accidente hace tres años; su abuela, única tutora, falleció recientemente. Lleva medio año en la casa de acogida.
Esta dirección me la está enviando nuestro Iñaki le cuento, y narro el sueño, lo del súper, lo del baño.
Tras unos segundos, Víctor responde decidido:
Mañana vamos allí.
***
Al día siguiente, nos recibe la directora, Carmen Álvarez, en la residencia infantil de Ávila. Nos guía por el pasillo luminoso, habla sin parar:
Cuando Eduardo llegó aquí, pensamos que se iría rápido. Niño educado, familiar Su abuela le cuidaba muy bien. Le han buscado familia varias veces, pero siempre, cuando vienen a por él, se encierra, no quiere saber nada. Dice que vendrán su papá y su mamá y que les reconocerá. Y en estos últimos tres meses no deja de hablar de su amigo imaginario: Iñaki.
Asegura que ese Iñaki le ha dicho que sus padres nuevos vendrán muy pronto.
Víctor y yo nos miramos. De verdad, ¿será nuestro hijo quien está ayudando a este pequeño?
Conózcanle, a ver si le dais confianza resume Carmen, abriendo la sala de juegos.
Es verle y saberlo: un niño rubito y menudo, montando una torre de cubos, cantando la melodía de Iñaki. Eduardo nos mira, suelta los cubos, se levanta y corre hacia nosotros, gritando:
¡Mamá, papá! ¡Sabía que vendríais por mí!
***
El trámite de adopción resultó más sencillo de lo habitual, gracias a la ayuda de Carmen. Ella celebró de corazón que Eduardo por fin formara vínculo con nosotros. Al saber de nuestro Iñaki, no pudo evitar emocionarse. Un mes después, Víctor, Mateo y yo fuimos a recoger a Eduardo; ya era oficialmente nuestro hijo.
Antes de salir, Eduardo detuvo su pasito y se giró hacia el final del pasillo.
¡Mamá, espera! exclamó. ¡Iñaki está ahí, quiere marcharse también!
Una punzada en mi corazón, pero esta vez con dulzura. Sé que debo continuar. Ahora la felicidad y el destino de Eduardo dependen de mí y de Víctor. A Iñaki siempre lo amaré, pero la vida me ha dado otro motivo para ser fuerte.
Eduardo corrió hacia la ventana del fondo, se detuvo unos segundos y volvió a nuestro lado. Justo entonces, un hermoso palomo blanco se posó en el alféizar, alzó el vuelo, sobrevoló el edificio y giró sobre nuestras cabezas.
Quizá fue una simple coincidencia. Pero en ese instante sentí que Iñaki nos sonreía, dándonos permiso para volver a ser familia.




