Hemos estado juntos, Carmen. En ese último viaje a Valencia. Todo sucedió de la manera más absurda.
Bebimos un poco después de la presentación y yo No supe parar, Carmen
¿Y me lo cuentas así, tan tranquilo? La voz de Carmen se quebraba del espanto. ¿Tomás, acabas de confesarme que me has sido infiel?
No puedo aguantarlo más por dentro, su marido bajó la cabeza. Carmen, perdóname, por favor. Te juro que no volveré a hacer jamás algo semejante. Ya lo he comprendido todo
Carmen dejó suavemente la copa sobre la mesa. Su mundo acababa de romperse en pedazos
***
El día empezó como cualquier otro Carmen estaba frente a los fogones, removiendo la papilla del pequeño mientras intentaba trenzar el pelo a la pequeña Lucía, de siete años.
¡Ay, mamá, que tiras! protestó Lucía, apartando la cabeza.
Perdona, cariño, voy con prisa. ¿Dónde está tu padre? ¡Va a llegar tarde!
Tomás apareció del baño abrochándose la camisa. Solo con verle la cara, Carmen supo que venía de mal humor.
¿Hay café? preguntó sin mirarla.
En la cafetera. Sírvetelo tú, que tengo las manos ocupadas.
Él se sirvió el café, lo bebió de pie, mirando por la ventana el patio gris en el que el barrendero empujaba las hojas distraído.
Ni un beso, ni un ¿has dormido bien? llevaban años sin interesarse el uno por el otro.
Carmen era contable en una gran empresa comercial y llevaba diez años de casada.
El piso un tres habitaciones, aunque con hipoteca; el coche un SUV flamante. Los niños gozaban de salud, en teoría solo les quedaba ser felices, pero
Le faltaba aire, le faltaba aquel marido que saltaba de la cama a por helado de madrugada o la abrazaba tan fuerte que casi le crujían las costillas.
A eso de las dos de la tarde su móvil vibró sobre la mesa.
¿Vamos hoy a cenar fuera? Hace siglos que no salimos. Ya lo he arreglado con mi hermana, Silvia se lleva a los niños esta noche.
Carmen leyó el mensaje tres veces. El corazón le golpeó traicioneramente, como cuando era una chica.
Vaya susurró. ¿Será que se ha dado cuenta?
El resto del día lo vivió metida en una nube. Salió del trabajo antes, pasó por casa, eligió el vestido con manos temblorosas.
Se quedó con uno azul oscuro, de seda, que le marcaba la figura. Un poco más de rímel, una gota de perfume tras las orejas.
Se miró al espejo y vio a una mujer que aún deseaba atraer a su marido.
El restaurante era acogedor: velas, música en directo suave. Cuando llegó, Tomás ya la esperaba en la mesa. Con traje, perfectamente afeitado.
Se levantó al verla, y en sus ojos pasó algo que Carmen no supo identificar: ¿admiración o pena?
Estás preciosa, Carmen dijo él, acercándole la silla.
Gracias. Me sorprende el plan. ¿Cuál es la ocasión?
Ninguna especial Solo me he dado cuenta de que casi no hablamos ya. Vivimos como vecinos, te lo juro.
Es verdad, suspiró ella tras probar el vino. El trabajo, los niños, la rutina que nos devora
Igual, Tomás giraba un cuchillo entre las manos. Es como correr en una rueda sin saber ni por qué.
Hablaron largo rato. Rememoraron su boda, aquellos años en un estudio alquilado con el grifo siempre goteando, y cómo eran felices con nada.
Rieron por la odisea de Tomás cambiando el primer pañal y casi desmayándose del asco.
La noche fue mágica. Carmen sentía que el hielo entre ambos se derretía.
Solo necesitamos más noches así, pensaba. Todo puede arreglarse. Estamos agotados
¿Volvemos a casa? propuso Tomás cuando trajeron la cuenta. Paro a por una botella de vino y nos quedamos tranquilos, solos, sin niños.
Sin los gritos ni los juguetes tirados, el piso parecía enorme y vacío.
Se acomodaron en la cocina. Tomás llenó las copas. La atmósfera era amable y cálida, pero de pronto
Carmen, de verdad tenemos que cambiar algo comenzó él.
Lo sé, Tomás. ¿Y si nos vamos de viaje, a solas? No sé, a las Canarias o por lo menos a un balneario. Necesitamos desconectar.
Sí, lo necesitamos. Pero no es solo cuestión de descansar. Últimamente no soy yo mismo. Atascados. No nos escuchamos.
Tú siempre con los niños, yo en el trabajo. Llego y o estás dormida o enfadada.
Nos falta esa cercanía, ¿sabes? Ni siquiera me refiero solo a la física
Carmen tensó la mandíbula:
¿Adónde quieres llegar? susurró apenas.
A que caí.
Y entonces soltó la verdad. Lo de Valencia, la colega, la traición.
Solo me escuchaba, Carmen, Tomás hablaba atropelladamente, temiendo que ella lo callase. Viajábamos juntos por trabajo.
Ella siempre preguntaba cómo iba todo, pero de verdad, con interés sincero, no de fórmula.
No tengo excusa, lo sé. Me resistí, de verdad.
Pero aquella noche Bebimos con el equipo y luego nos quedamos solos en el bar del hotel
Carmen callaba. Por dentro sentía como si algo explotara en su pecho y los restos la desgarraran lentamente.
Perdóname, si puedes, siguió él. Me muero de vergüenza. Llevo dos semanas sin vivir.
No podía ocultártelo más mirándote a los ojos. No quiero perderte. Tú y los niños sois todo lo que tengo. Haré lo que sea.
Lo que sea… repitió Carmen con tono hueco.
Sí. Ya hablé con mi jefe. Me van a cambiar de departamento para no cruzármela. Damián me lo aseguró. Lo gestionarán este mes.
He pedido vacaciones. Nos vamos, si quieres. Mañana mismo compro los billetes. Tú y yo, a empezar de cero.
Tomás tendió la mano para cubrir la de ella, pero Carmen la retiró.
¿De cero? esbozó una sonrisa amarga. ¿Sabes lo que has hecho?
No solo has estado con otra. Es que me has destrozado.
Yo aquí, en la oficina, ilusionada por tu mensaje, eligiendo vestido Creyendo que querías recuperar lo nuestro.
¡Te quiero! estalló él, casi gritando. Por eso te lo confieso. No podía seguir mintiendo, Carmen.
Si me amaras, no te habrías acostado con ella Menuda compañera tan atenta que tienes. Y yo, solo la amargada.
No quise decir eso, intentó justificarse Tomás.
Se acercó para abrazarla.
Carmen, por favor
¡Ni me toques! ella lo empujó. Me das asco.
Salió corriendo a la habitación y cerró con llave. Se dejó caer en la cama.
Las lágrimas no cesaban. Tomás intentó hablarle tras la puerta, pedir perdón en susurros, hasta que se rindió. Carmen escuchó cómo se acomodaba, solo, en el sofá.
***
Por la mañana salió a la cocina con la cara hinchada. Su marido seguía en el sofá, sin cambiarse. El café seguía frío y sin tocarse.
No me fui anoche porque no tengo a dónde llevarme a los niños, soltó fría.
Carmen
Cállate. No quiero ni oír tus sentimientos. Me dan igual, ¿entiendes?
Lo entiendo.
Dijiste vacaciones. ¿Dónde pensabas ir?
Algún sitio tranquilo, para pasear, hablar
De acuerdo, le dio la espalda y miró por la ventana. Iremos. Pero no pienses que todo volverá a ser como antes. Voy a ver si puedo mirarte sin repulsión.
Tomás asintió, dispuesto a aceptar cualquier condición.
Lo preparo todo hoy mismo.
Y otra cosa Carmen se giró. El papel del traslado. Quiero verlo sellado. Y tu móvil Desde ahora, sin clave.
Por supuesto. Lo que digas.
Él se lo ofreció, pero a Carmen se le encogió la carne solo de verlo.
Después. Ahora vete a la ducha. Necesito pensar antes de recoger a los niños de casa de Silvia. No quiero que nos vean así.
Cuando se cerró la puerta del baño, Carmen se hundió en la silla. Irse, dejar al hombre al que ayer amaba más que a su propia vida, era tentador, pero no podía hacerlo. Por los niños, al menos
***
Los días antes de partir avanzaban lentos; solo cruzaban palabras necesarias.
¿Tienes los billetes?
Sí. Para el sábado.
Recoge a Lucía hoy.
Vale.
Los niños notaban la tensión, Lucía callaba si ellos coincidían, el niño estaba de peor humor.
Mamá, ¿por qué papá duerme en el salón? preguntó Lucia una noche desde la cama.
A Carmen se le formó un nudo en la garganta mientras le acomodaba la manta.
Papá Tiene mucho trabajo, cielo. Le duele la espalda del sillón de la oficina, el sofá le va mejor.
¿Estáis enfadados?
Solo estamos cansados, pequeña. Pronto iremos al mar, ¿te acuerdas?
Lucía asintió, pero el recelo persistía en sus ojos. No se les puede engañar: los niños lo perciben todo.
***
El viernes, al volver temprano a casa, Tomás trajo los papeles.
Toma, dejó el folio sobre la mesa. Orden de traslado. Al volver de vacaciones cambio al departamento de análisis.
Nada de viajes. Y ella se queda en compras. En otro edificio.
Carmen echó un vistazo al sello.
Bien.
Carmen se detuvo en la puerta de la cocina. No dejo de pensarlo, cada hora, lo ruin que he sido
¡Ya basta! Tú tomaste tu decisión en Valencia; ahora la tomo yo, sigo pensando si quedarme contigo o no.
No le contó que la noche anterior, mientras él dormía, miró su móvil.
Le repugnaba, pero tenía que hacerlo. No había borrado los mensajes. El último de él decía:
Se acabó. Ha sido el mayor error. No me escribas ni me vuelvas a buscar.
Y ella respondió: Como quieras. Suerte.
¿Le alivió? No. Pero en el fondo algo se removió. No le había mentido, quiso cortar de verdad.
***
El sábado amaneció lloviznando. Cargaron las maletas al coche en silencio.
Él se mostraba extremado: le abría la puerta, comprobaba las ventanas, le compró el café que a Carmen tanto le gustaba en la gasolinera. Y eso lo hacía aún peor.
En el aeropuerto, en la sala de espera, Tomás se sentó junto a ella mientras los niños miraban los aviones tras la gran cristalera.
Ayer recordaba nuestro primer verano juntos, con la tienda de campaña en la playa, murmuró él sin apartar la vista. ¿Te acuerdas de la tormenta que nos voló la lona?
Carmen no pudo evitar sonreír.
Claro. Tú te pasaste la noche agarrado a los vientos y yo dormía bajo el chubasquero.
Entonces creía que no había nadie mejor que tú. Y sigo pensándolo, Carmen. Solo que me perdí
Nos perdimos los dos, Tomás por primera vez en días le sostuvo la mirada.
Él le cogió la mano. Esta vez ella no la apartó, pero tampoco la estrechó. Estaba perdida.
Es probable que le perdone. Si solo fuera por no hacer sufrir a los niños.
Pero antes de eso, él pasará por el calvario. Para que aprenda a no mirar jamás a otra mujer.
En esas vacaciones empezará su reeducación Embarque para el vuelo 214 con destino a Tenerife, puerta quince anunció una voz metálica.
Lucía tiró de la mano de su madre, impaciente. Carmen respiró hondo: era el momento de decidir si marchaba al exilio de la resignación o si intentaba conquistar, a su propio ritmo, una paz nueva.
La fila avanzó despacio. Tomás cargaba sobre los hombros la chaqueta rosa de la niña y el peluche del pequeño. Bajaba la cabeza como quien sabe que no merece redención y, sin embargo, anhela un milagro.
Justo al llegar al umbral, Carmen se detuvo. Tomás la miró, sin atreverse a rozarla ni con la voz.
Si quieres reconstruir algo conmigo, murmuró ella tendrás que aprender a esperar. Ya no soy la mujer ingenua de antes.
Él asintió con gravedad, tragando saliva. Los niños corrieron detrás, ajenos por un instante.
Carmen avanzó despacio por el finger, la luz de la mañana filtrándose a través de los ventanales. Lanzó una última mirada a su marido, siguiéndola dócil, humilde, desconcertado, y a sus hijos saltando de emoción.
Por dentro, una costra empezaba a desprenderse, dejando lugar a una herida al aire. Dicen que el mar lo cura todo, pensó.
Quizá no habría perdón pleno, quizá no volvería a amarle como antes, pero esa mañana tan gris, mientras subía al avión con su familia partida, rota, pero aún suya , entendió que el primer paso era suyo.
Y que, aunque nada sería igual, aún cabía la esperanza de construir, con los pedazos, un futuro distinto. No menos verdadero, sino más fuerte por las grietas.
A su lado, Tomás le ofreció la mano, indeciso. Esta vez, Carmen se la tomó.
El cielo se abrió de pronto: solo un destello corto entre las nubes, pero suficiente para ver, por un momento, que después de la tormenta aún quedaba luz.





