EL TESTAMENTO DEL HIJO MENOR
Elena no apartaba la mirada del cartel que rezaba «Quirófano». Las letras bailaban borrosas bajo el peso de tantas horas de espera, mientras su corazón golpeaba frenético, temeroso. Sus dedos jugaban sin cesar con la pequeña excavadora roja de plástico favorita de su hijo pequeño, Martín, de cuatro años. Martín, por supuesto, al principio había querido un tractor azul, como el del dibujo animado, pero con el tiempo se había encariñado con la roja, aquella que papá le había regalado, y nunca más se separó de ella.
Por fin, tras el vidrio opaco, apareció la figura de un hombre. Se abrieron las puertas y emergió un médico exhausto. Elena se levantó bruscamente, corrió hacia él:
Doctor, dígame… ¿Cómo va todo? ¿Y mi Martín?
El médico evitó su mirada, bajando la cabeza mientras retiraba la mascarilla.
Elena Gutiérrez, lo siento… Hicimos todo lo posible…
***
Elena yacía hecha un ovillo en la cama de Martín. La almohada aún conservaba el perfume de su niño. En el espejo frente a ella, resistía la marca de su manita cubierta de galletas. ¡Qué suerte que no había tenido tiempo de limpiarlo! Martín nunca volvería a mancharlo, ni acurrucaría su cabecita rendida sobre la almohada.
Otra lágrima resbaló silenciosa por la mejilla reseca de Elena. El dolor le devoraba el pecho por dentro; un corazón sano, justo lo que le había faltado a Martín, su hijo menor. Su hijo mayor, Jaime, era fuerte y ya bastante independiente con dieciocho años cursaba Arquitectura en la Universidad Complutense. Pero Martín… aquel inesperado milagro que la vida le otorgó tarde, y que se desvaneció demasiado pronto. Todos los controles del embarazo aseguraban que todo marchaba bien, y fue solo al final, por casualidad, cuando descubrieron la complejidad de su corazón… Aquella operación, el último intento y ya nunca más vería a su Martín
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Elena sucumbió al sueño intranquilo de los últimos días, y una vez más, el sueño la transportó, como a la deriva, a una pradera luminosa, cuajada de flores extrañas y aromas imposibles. A lo lejos, estaba Martín, el Martín de su recuerdo, sonriente con esa dulzura suya, vistiendo su camisa de coches favorita. Sostenía un gigantesco ramo de margaritas.
¡Martín! ¡Mi niño! gritó Elena, pero el pequeño, pensativo, no escuchaba, ocupado en deshojar los pétalos de las flores.
Elena corría por aquel campo irreal, los brazos extendidos para abrazarlo, mas por más que avanzaba, Martín no se acercaba, incluso parecía alejarse, desvaneciéndose poco a poco. Ella gritaba su nombre, implorando alcanzarlo, pero sus manos nunca rozaban al niño. Entonces, Martín la miró, sonrió una última vez y se desvaneció en el aire como una brisa sin peso, mientras los pétalos blancos descendían como nieve sobre la hierba.
Al llegar, Elena vio a sus pies un mensaje dibujado con los pétalos, formando una dirección con caracteres tan extraños como reales.
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Elena despertó al sonido del móvil. Era Jaime.
Sí, hijo logró responder, la voz rota.
Mamá, hoy vuelvo a casa. ¿Me preparas algo rico?
Elena intentó sonreír. Basta ya. Casi tres meses sin Martín, pero tenía a su otro hijo. Tal vez llegó la hora de vivir un poco por él.
Claro, cariño. ¿Te apetece que haga tortitas?
¡Sería genial, mamá! Voy ya en el autobús, ¡llego pronto!
Jaime se esforzaba por regresar cada fin de semana y así distraer a sus padres, intuyendo el peso insoportable del duelo. Pero la vida seguía, y ahora debían habitarla juntos; para eso sirve una familia.
A duras penas, Elena se levantó y fue a la cocina. Abrió el frigorífico, revolvió las estanterías y descubrió que no quedaba leche. En la mesa estaba sentado Luis, su marido, soldando la placa de un portátil. Él también levantó la vista:
¿Necesitas algo? ¿Salimos al súper?
Justo llamó Jaime. Viene para cenar; quiero prepararle tortitas. Pero no queda leche. Y prefiero ir yo, así despejo la cabeza.
Luis alzó las cejas, sorprendido. “Está volviendo a la vida”, pensó, esperanzado.
Elena se puso un abrigo ligero y salió. Fuera, la brisa de primavera acariciaba su cara. Cantaban los mirlos, los árboles estrenaban hojas tiernas, todo despertando de una larga siesta invernal. Elena suspiró: “Nunca verás, Martín, tu quinta primavera”. Sacudió la cabeza, ahuyentando la tristeza, y siguió hacia la tienda.
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Cogió la leche, los caramelos favoritos de Jaime, pan y pollo, y se dirigió a caja. De pronto, entre los estantes, resonó una risa conocida. Un escalofrío la traspasó, era la risa de Martín. Corrió hacia el pasillo donde creyó ver desaparecer la figura de un niño; aunque sabía que era imposible, se dejó llevar…
Tropezó con un cartel publicitario y, al agacharse para levantarlo, se quedó rígida: en el fondo blanco, una frase en rojo reproducía la dirección del sueño, letra a letra.
Martín, ¿qué tratas de decirme? murmuró Elena.
Regresó a casa con la dirección dando vueltas en su cabeza. Martín quería transmitirle algo, ¿pero qué? Quizá después podría buscar esa dirección en internet Pero no hoy. Hoy venía Jaime. Hoy tenía que estar presente, y aguantar.
***
La noche transcurrió cálida en un ambiente de sobremesa, vieja y nueva a la vez, donde Elena halló fuerzas para sonreír al oír las anécdotas universitarias de su hijo. Jaime devoraba las tortitas mientras Elena y Luis lo contemplaban, emocionados. Cuando todos se marcharon a sus habitaciones, la noche se adueñó del piso.
Elena, agotada, se durmió enseguida. Unas horas después, algo la despertó: se oía un tarareo tenue desde el baño. El corazón comenzó a galopar; reconoció ese hilo de voz, era Martín cantando la canción de su tractor azul…
Tragando saliva, se levantó, avanzando en puntillas hacia el baño. Abrió la puerta con cuidado, aunque ya sabía que no habría nadie. Y no lo había. Las lágrimas brotaron.
“¿Qué esperaba? ¿Que Martín estuviese en la bañera? Ya no está. Todo es imaginación mía”, pensó, furiosa consigo misma.
Abrió el grifo para mojarse la cara. “¡Basta!” repitió mentalmente, “Por Jaime, por Luis, tengo que seguir…”.
Se miró al espejo mientras el agua chorreaba. Enrabietada, enjabonó la mano y pasó los dedos espumosos por el espejo; no supo por qué… Entonces las gotitas, por sí solas, dibujaron las letras del mismo mensaje, la misma dirección Un escalofrío atravesó la estancia; una vocecilla infantil suspiró, inconfundible:
Te espero, mamá…
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¿Por qué no duermes? preguntó Luis, despertando sobresaltado por la luz del portátil.
Elena estaba sentada en el sillón; el ordenador apoyado en sus piernas.
Ven, Luis. Si sientes lo que yo, sabrás que todo esto no es locura…
Luis, todavía adormilado, vino hacia ella. El corazón le palpitó fuerte cuando vio la fotografía: un niño de cuatro años, con ojos tristes pero vivos.
“Diego Sánchez, 4 años”, decía el texto. Sus padres fallecieron en un accidente, criado por su abuela hasta que murió; medio año en un centro infantil.
Esta dirección me persigue. Es Martín quien me la da… explicó Elena.
Le contó a Luis lo del sueño, lo del supermercado, lo del espejo. El semblante de Luis se endureció.
Elena, tenemos que ir…
***
Catalina Romero, directora del centro de menores, los condujo por pasillos luminosos, charlando sin pausa:
Cuando Diego llegó, todos pensamos que no tardaría en irse; es un niño sociable, educado, criado en familia, aunque por su abuela. Tres veces se intentó que lo adoptaran, pero siempre que venían posibles padres, se retraía, no quería acercarse. No le fuerzo a irse con quien no quiere; dice que sus “mamá y papá” vendrán y los reconocerá. Hace tres meses mencionó un amigo invisible le llama Martín. Desde entonces, el tal Martín le prometió que sus padres llegarían pronto.
Elena y Luis se miraron. ¿Acaso su hijo, su Martín, guiaba a este niño?
No sé qué pensar. Conózcanlo. Quizá logren ganarse su corazón concluyó Catalina, abriendo la puerta del aula de juegos.
Elena lo reconoció al instante: pequeño, flaco, sentado en el suelo entre otros niños, levantando una torre de bloques y tarareando la melodía favorita de Martín… Diego giró, dejó caer los bloques y corrió hacia ellos gritando:
¡Mamá! ¡Papá! ¡Sabía que vendríais!
***
El proceso de adopción se aceleró gracias al entusiasmo de Catalina. Ella se alegraba sinceramente de que por fin Diego se abriera de nuevo, sobre todo después de saber la historia de Elena y Luis. Apenas un mes después, Elena, Luis y Jaime volvieron a por Diego, y esta vez sería para siempre. Al marchar, Diego soltó la mano de Elena y gritó:
¡Mamá, espera! miró al final del pasillo. ¡Allí está Martín! ¡Quiere despedirse!
El corazón de Elena se encogió de nuevo, esta vez con tristeza luminosa; comprendía que nada podía cambiarse y, sin embargo, la vida seguía. Ahora Diego dependía de ella, de ellos, de su frágil y generoso corazón. Martín nunca dejaría de estar, pero había que ser valiente para este nuevo comienzo.
Diego corrió hasta el ventanal. Esperó un momento, luego volvió hacia los suyos. Y por la ventana, en pleno Madrid, un blanco y hermoso palomo, nacido de ninguna parte, planearía en círculos antes de perderse en el celeste, despidiéndose de Martín, de Elena, de todos ellos.





