Una Vida Asombrosa

VIDA MARAVILLOSA

En la boda de mi amiga Lucía celebramos durante dos días: con alegría, comida abundante y buen vino. El novio, Alejandro, era tan guapo como el mismísimo Antonio Banderas, y a la vez sorprendentemente humilde para semejante belleza imposible. Todos los invitados, como si fuéramos detectives sigilosos, admirábamos a Alejandro: ojos azules de cielo madrileño, pestañas larguísimas y absurdamente espesas para un hombre (¡pero vamos a ver, ¿por qué la naturaleza da semejantes lujos a los hombres?!), mentón decidido, nariz que parecía tallada por un escultor griego, y piel aterciopelada y morena, como de una plaza soleada. El toque final: casi dos metros de altura y hombros amplios como los brazos de una catedral. Si no fuera por Lucía, nos habríamos peleado todas por aquel ejemplar fantástico en plena mesa nupcial. Alejandro era, sí, escandalosamente bueno.

¡Pero Lucía! ¿Cómo conseguiste semejante galán? la atacamos con curiosidad calculada. Cada una puso cara de extrema desgracia y soledad, por si ese Alejandro tenía primos igual de guapos.

¡Ay chicas, por favor! Yo me enamoré de Alejandro por su sencillez. Alejandro es de un pequeño pueblo de Castilla, criado por su abuela, sabe llevar una casa y tiene manos de oro. Nos conocimos por casualidad cuando mis padres compraron un chalet en su pueblo. Él es sensible, bueno, fiable. El huerto que cuida, madre mía ¡un hombre de verdad, chicas! Me costó convencerle para mudarse a la ciudad, pasé decenas de noches rogándole, ja, ja.

Alejandro triunfó tanto en el trabajo y en la relación con la nueva familia como en los estudios: en dos años aprendió a distinguir vinos de calidad, perfumes, a entender de política, arte, viajes, el Ibex, deportes, y hasta perdió por completo ese acento rural tan característico. Aprendió a conducir con elegancia el coche que el suegro cedió a la joven pareja, y también consiguió un empleo notable junto al mismo suegro. El quién regaló el piso a los recién casados, no lo digo. Adivinen.

Al segundo año de matrimonio, Alejandro mostró una extraña pasión por los calcetines blancos. Siempre en relucientes calcetines blancos, caminaba por casa y por las visitas, nunca usaba zapatillas, y hasta los combinaba con botas de goma o plantaba los pies descalzos en suelos de probador sucios, sin pizca de vergüenza.

Ese amor por las prendas blancas Lucía no lo compartía, pero resignada fregaba el suelo dos veces al día y compraba lejía. Así Alejandro ganó el apodo de Calcetín.

Que Alejandro tenía una amante, Lucía lo supo en el octavo mes de embarazo. La amante, por cierto, estaba embarazada igual que ella.

Calcetín fue expulsado del hogar, despedido, maldecido y llorado en 24 horas. Y después llegaron los días pegajosos y grises de un otoño bajonero. Lucía yacía sobre una cama que parecía ahora monstruosamente grande, contemplando el techo con ojos secos:

Ya lloraré luego. Ahora no le conviene al bebé.

Lucía, como una momia, permanecía en silencio sobre su cama tonta, y nosotras, como guardianas, nos alternábamos a su lado para acompañarla en silencio.

Las ganas de llorar a gritos, de arrancar páginas de la vida y romperlas por traición, nos mordían en el alma. Pero había que callar y esperar.

En la salida de la clínica armamos jaleo, agitando globos, suplicando al personal que nos dejara tomar una copa de vino y marcharnos al atardecer con osos y gitanos, deseando salud y felicidad a todo el mundo. El flamante abuelo se esforzaba más que nadie: la víspera, emocionado y prometiendo a las enfermeras solucionar el desastre, había escrito con tiza bajo la ventana de Lucía: «¡Gracias por el nieto!» y luego quiso cantar algo, pero la seguridad lo detuvo. El guardia, amablemente, le invitó a compartir su repertorio en la garita con un chupito de brandy, sin alterar la paz social.

El día del alta, el abuelo estaba fresco como una flor, y juraría que brillaba de alegría. Y lloraba de felicidad y orgullo. Lloraba como corresponde, con alma.

También nosotras llorábamos todas juntas, reíamos, besábamos a Lucía, asomándonos tímidamente al sobre azul y guardando silencio sobre la nariz griega del padre en el diminuto Ignacio. Sólo Lucía, ni en la felicidad, lloró:

Después. No vaya a ser que se me corte la leche.

Lucía estuvo callada aún dos meses y luego decidió ir a ver a Alejandro. Sin cerillas ni ácido, pero con ganas de gritar y romperlo todo. De reprochar, asestar sus puños contra las paredes, avergonzar, humillar y intentar sacar el dolor que la encadenaba a la cama, echando todo ese sufrimiento hacia el traidor. Al destructor de sus esperanzas, y de ese mundo que soñaba junto al pequeño, donde ella Lucía preveía verse tejiendo calcetines para sus hombres en las noches cálidas, oyendo la risa de Ignacio, llevándolos de la mano a pasear, y a Alejandro tan necesario, tan querido con su hijo, siendo familia.

Y Lucía quería mirar a los ojos a esa descarada criatura que dormía con un hombre ajeno. Los ojos, seguro, serían insolentes y, probablemente, bellísimos. Pues Lucía pensaba escupirle a esos ojos. Decidido. Escupir. Y si hacía falta, hasta arañarlos.

El lugar exacto al que ir para armar escándalo, Lucía lo supo por las abuelas charlatanas del portal durante un paseo con el bebé. Las abuelas, compasivas, detuvieron a Lucía, le recordaron que Alejandro era un sinvergüenza y le narraron la ruta precisa hasta el nido de los amantes y posibles alternativas de vengarse. Lucía quedó aturdida, sollozando por dentro, y casi se marchó, sin oír el número del piso, pero por alguna razón no lo hizo.

Y ahí está, Lucía, delante del portal de una desvencijada casa del Barrio de Vallecas, sólo debía subir al quinto piso, y ahí, podía gritar, podía escupir.

En el primer piso, Lucía pensó que con su suerte seguro no habría nadie en casa y estaba perdiendo el tiempo. En el segundo, pensó que quizá sería mejor que no hubiera nadie. En el tercero, escuchó el llanto desesperado de un niño desde el quinto.

Abrió la puerta una chica delgada y llorosa, cuya imagen no encajaba para nada en la cabeza de Lucía con la de una seductora roba-maridos.

Mientras Lucía examinaba el material de competencia de unos cuarenta kilos, el niño seguía gritando en el fondo de la casa.

Buenas tardes, Lucía. Alejandro no está, se fue hace dos semanas. Y no sé dónde está susurró la chica y se sentó en el suelo, llorando.

A Lucía se le quitaron las ganas de escandalizar. Quiso pasar a la habitación y consolar al niño de esa madre perdida. Luego soltar alguna frase como: «Si te gusta montar en trineo, carga también la leña, ¡zorra!» Sí, la palabra zorra había que meterla. Y mirarla con desprecio, claro, lo merece, como parte engañada.

El bebé estaba seco. Párpados hinchados, la vena marcada en la frente, voz ronca. Definitivamente, el niño tenía hambre. El chico gritaba de hambre al límite de sus fuerzas, y su extraña madre yacía llorando en el hall.

Mientras buscaba en la cocina entre cajones vacíos y rebuscaba en el frigorífico pelado, Lucía recuerda todo después con dificultad. En el tablón de la mesa encontró una nota: una frase trágica empezada: «Perdón en mi…». y un escalofrío.

La chica en el suelo sollozaba, contándole a Lucía, como a una amiga cercana, que no tenía dónde ir, que se le acababa el alquiler en unos días. Que no le quedaba leche, Alejandro desapareció, y dinero tampoco tuvo nunca. Y que lo siente mucho. Y que le da vergüenza. Y que es tarde. Y que ella no sabía. Y pide perdón. Y que puede golpearla, es justo. Y el niño se llama Pablo, que Lucía lo recuerde por si acaso. Pablo era nueve días mayor que Ignacio.

Lucía corre a casa rápido en veinte minutos Ignacio va a pedir el pecho. Correr, correr es difícil: dos bolsas enormes de la otra madre tiraban de sus brazos, la propia madre jadeaba al lado, llevando al Pablo satisfecho. Lucía corría pensando dónde acomodar otras dos camas.

Tres años después celebramos la boda de la otra madre, Pilar; cuatro años después la de Lucía. El marido de Lucía detesta los calcetines blancos, considera que hay que añadir color a la vida, y adora a su esposa, a su hijo y a sus dos hijas. Pilar es madre de cuatro chicos; su marido sigue esperando la llegada de una niñaA veces, al mirar atrás, Lucía piensa que la verdadera maravilla de la vida está en aquellas vueltas inesperadas: en la bondad que brota cuando menos se espera, en la capacidad de abrazar lo imposible. De alguna manera, la casa nunca volvió a ser demasiado grande; siempre hubo voces, risas, peleas y reconciliaciones, calcetines desparejados y secretos de cocina. Ignacio y Pablo crecieron como hermanos, las niñas llenaron el aire de canciones y preguntas. Lucía, Pilar y las abuelas del barrio tejieron una red invisible en la que nada se perdía, en la que la pena se transformaba en nuevos comienzos.

Nunca supieron qué fue de Alejandro, pero tampoco lo necesitaron. En las sobremesas de los domingos, entre juegos y recuerdos, Lucía se reía de sí misma al pensar en los calcetines blancos, y al hacerlo, sentía que por fin podía llorar, reír y vivir. Porque en su casa, la vida maravillosa ya no dependía del destino ni de la perfección, sino de cada día compartido, de cada mano tendida entre quienes, habiendo partido del dolor, habían aprendido a regalarse la alegría. Y así, cuando Pilar anunció que esperaba otro hijo, y Lucía alzó su copa de vino, supo que, en el fondo, la felicidad siempre llevaría nombre propioy nunca estaría sola.

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