Desde el espejo, lo único que veía Leonor era el reflejo de una mujer hermosa de treinta y cinco años, con los ojos llenos de melancolía. No comprendía qué esperaban los hombres actuales. Lástima que eso no se aprende en la Universidad. ¿Para qué tanto esfuerzo por lograr matrícula de honor?
Desde niña, a Leonor siempre le había rondado en la cabeza el anhelo de tener una familia numerosa, un marido cariñoso y al menos tres hijos. Creció admirando a sus padres, el ejemplo impecable de lo que ella consideraba un hogar ideal. Era como si la felicidad pudiera escaparse si no se daba prisa en casarse.
Conoció a su marido, Álvaro, en la facultad de la Universidad Complutense de Madrid. Él, alto, atlético, simpático, se ganaba de inmediato la atención de las chicas y el aprecio de cualquier grupo. El destino los juntó en una fiesta surrealista, donde los relojes giraban al revés y las calles de Chueca parecían flotar. Álvaro había llegado desde Salamanca para estudiar y Leonor vivía aún con sus padres en un piso del barrio de Chamberí.
Seis meses después, Álvaro, envuelto en un aura de magdalenas y vino tinto, le pidió matrimonio. Ella aceptó bajo un cielo plagado de farolillos flotantes. Se casaron el mismo día que terminaron la carrera. Álvaro parecía el esposo perfecto: tierno, atento, con una risa que llenaba la casa de eco. Encontró trabajo como ingeniero en una empresa energética, mientras Leonor consiguió una plaza en una sucursal bancaria del centro.
Pasaron seis meses de luna de miel cotidiana, hasta que, de repente, una mañana tibia, Leonor descubrió que esperaba un hijo. La noticia a Álvaro no le cayó como lluvia en La Castellana, sino más bien como una gota helada.
Leonor, ¿cómo ha pasado esto? ¿No decías que todo estaba bajo control?
Álvaro, te juro que no lo sé balbuceó ella sumida en la confusión de su voz, que sonaba ahogada entre las paredes del salón. Pero ¿de verdad importa tanto? Íbamos a tener hijos de cualquier modo. Si ha sucedido, será por algo.
¡No digas tonterías! Eso no es el destino, es despiste. Hace poco que hemos empezado a trabajar. Hay que pensar en la carrera, no en cambiar pañales ahora.
A Leonor se le agolparon lágrimas en la garganta, contenidas como peces en una red.
Leonorcita murmuró Álvaro, posando la mano en su hombro como si tocara la seda, igual podríamos bueno, tú ya me entiendes. ¿Para qué apresurarnos? Hay tiempo
Ni lo pienses. Si no te gusta, no te obligo. Decide tú.
Leonor salió corriendo del portal, el aire olía a churros y hojas de olivo. Caminó sin rumbo por las calles vacías de Madrid, mientras los adoquines se distorsionaban bajo sus pies. Sus sueños de familia eran castillos de arena arrastrados por una ola extraña.
Los días pasaron. Entre luces anaranjadas y sueños evaporados, Leonor y Álvaro dejaron de hablarse. Al final, él se disculpó con un ramo de lirios y palabras que parecían flotar: había pensado bien las cosas y estaba feliz de ser padre. La felicidad llegó tintineando como las cucharillas en los cafés del barrio. Ocho meses más tarde, nació el pequeño Tomás.
Leonor, entregada a la maternidad como un pájaro que encuentra por fin su nido en los ramajes del Retiro, se desvivía por su hijo, la casa brillaba y en la cocina siempre había aroma a tortilla de patata o pisto manchego. Cuando Tomás cumplió tres años, volvió al trabajo y llevó al niño a la guardería del barrio, donde los niños parecían jugar sobre baldosas de colores imposibles.
La joven madre iba y venía ligera, como si volara por la Gran Vía, convencida de que era la mujer más dichosa de todo Madrid. Sus amigos, siempre presentes en las cenas entre risas y tapas, también lo decían. Álvaro y ella reunían a menudo en su casa a viejos compañeros de facultad, con sus parejas e hijos. Una noche, mientras las farolas alumbraban los muebles como si fuesen parte de un teatro de sombras, Leonor escuchó la conversación de Álvaro con sus amigos.
Álvaro, vaya suerte la tuya con la mujer dijo Ricardo. Guapa, lista como el hambre, trabaja y en casa está todo como los chorros del oro. ¡Y cocina que es un escándalo, chico!
Ya te digo asintió Jorge. La mía solo sabe pedirme euros para caprichos y amargarme la existencia.
Bueno, yo tampoco tengo nada que envidiar, por eso tengo una esposa estupenda respondió Álvaro, y todos rieron como si un cuarteto invisible tocara para ellos solo.
Las carcajadas llenaron la estancia, pero las esposas veían otro eco en el fondo del vaso y a menudo compartían sus pensamientos con Leonor, esparciéndolos como migas por las aceras de esta ciudad de sueños ondulados.






