Tengo un amigo de 35 años que jamás ha trabajado y ahora se postula para un puesto directivo con un sueldo elevado.

Mira, te voy a contar una historia sobre una chica con la que fui al cole hace años, vamos a llamarla Carmen. Carmen, por cierto, era la típica reina del patio, súper popular, siempre la primera en todo. Cuando terminó el instituto, se fue a estudiar Derecho a la Universidad Complutense de Madrid. Pero luego le dio por conseguir otro título y se apuntó a Empresariales en la Autónoma.

En esa segunda universidad fue donde conocí a un chico y acabé casándome con él. El chico, la verdad, ganaba bien, y nunca le exigió a Carmen que buscara un trabajo, así que ella tranquilamente terminó sus estudios, sin estrés.

Cuando se sacó la segunda carrera, Carmen tampoco se puso a trabajar; se quedó en casa. Si le preguntabas por eso, siempre te soltaba que ella estaba encantada con su vida, y que su marido adoraba tener la casa impecable y cómoda, cosa que, según ella, no podría tener si estuviese trabajando. El marido, además, le daba dinero para todo lo que quisiera: desde hacerse tratamientos en un centro de belleza en el barrio de Salamanca, hasta pagarse las clases de pilates o el gimnasio más top de Madrid.

Así vivieron durante años. De vez en cuando, cuenta Carmen, su marido le decía lo mucho que deseaba tener un hijo, pero ella pasaba del tema. Nunca quiso hablar de hijos: estaba muy ocupada cuidando su figura, su salud y su tiempo libre.

El caso es que el matrimonio duró unos doce años, y luego decidieron divorciarse. Carmen jamás ha contado qué pasó realmente, y yo tampoco quiero ponerme a inventar. Se separaron y, claro, el exmarido dejó de mantenerla.

Ahora mismo, quien la ayuda económicamente es su padre, que todavía sigue trabajando, pero claro, las cantidades no tienen nada que ver; mantener el nivel de vida al que Carmen se había acostumbrado es imposible. El padre, además, no para de decirle que lo mejor es que busque un trabajo, que ya va siendo hora, que tiene treinta y cinco años y ya está bien.

Total, que Carmen se puso en contacto con varias antiguas compañeras de clase para ver si alguien podía ayudarle a encontrar trabajo. Una de ellas tiene una tienda en La Vaguada y le ofreció un puesto de dependienta. Pero a Carmen, ya te imaginas, no le sentó nada bien la idea. Dijo que con dos carreras universitarias, lo de colocar cajas no iba con ella.

Vamos, que lo tiene todo súper claro. No ha trabajado nunca, lleva mil años sin ejercer, pero tiene unas exigencias tremendas. Solo se ve en un puesto directivo y ganando una pasta.

¿Tú qué piensas? ¿Dónde encuentras trabajo con treinta y cinco años y ni un solo día de experiencia laboral? Porque, la verdad, el mundo no es tan sencillo como se lo ha imaginado Carmen todos estos añosPor ahí fue pasando el tiempo. Y mientras más pasaban los meses, más se notaba que Carmen, en realidad, nunca había aprendido a perder. Un día, salió a dar una vuelta al parque, sin rumbo, y se sentó en un banco al sol. Observó a unos niños empujando a toda velocidad sus bicicletas, a una pareja discutiendo entre murmullos, a una mujer mayor repartiendo trozos de pan a las palomas. De repente, le asaltó un pensamiento: ni reina ni empresaria, al final del día, nadie la miraba ni la seguía, ni tampoco la admiraba ya.

Esa tarde, al llegar a casa, se miró largamente al espejo, con esa claridad que sólo llega cuando toca fondo. Se puso a llorar, sin saber muy bien por qué. Y entre lágrimas, cogió el teléfono y le mandó un mensaje a su padre: “No sé por dónde empezar, pero quiero intentarlo. Mañana si puedes, me ayudas a preparar mi currículum.”

Quizá no era lo que ella soñó, ni el giro que se había imaginado. Pero, tal vez, por primera vez en su vida, Carmen eligió caminar, aunque fuera despacio, hacia un lugar donde todo fuera auténtico, y donde, por fin, el futuro le perteneciera solo a ella.

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Tengo un amigo de 35 años que jamás ha trabajado y ahora se postula para un puesto directivo con un sueldo elevado.