VIDA INCREÍBLE
En la boda de mi amiga Rosario celebramos durante dos días: bebiendo, comiendo y riendo como buenos españoles. El novio era un espectáculo, parecía sacado de una película de Pedro Almodóvar. Se llamaba Santiago, y era sorprendentemente humilde para su deslumbrante belleza. Todos los invitados murmurábamos de admiración mirando a Santiago: ojos azules como el cielo de Castilla, pestañas negras larguísimas más propias de una actriz que de un hombre, ¡qué injusticia!, mentón firme, nariz recta y griega, piel aterciopelada con un toque moreno, y además casi dos metros de altura y unos hombros amplios, digno de los grandes toreros. De no querer a Rosario, nos habríamos peleado por ese ejemplar directamente sobre la mesa del banquete. Santiago era verdaderamente guapo, sí.
¡Vaya marido que te has encontrado, Rosario! le dijimos. Cada una intentó poner la cara más triste y solitaria, por si Santiago tuviera familiares igual de atractivos.
Chicas, esto no va de belleza respondió Rosario. Le quiero por su sencillez. Santiago viene de un pueblo cerca de Segovia, fue criado por su abuela, sabe llevar la casa como nadie, es un manitas. Nos conocimos cuando mis padres compraron una casita allí. Es atento, bueno y fiable. ¡Tiene un carácter de hombre de verdad! Me costó meses convencerle para mudarse a Madrid, ¡no os imagináis las noches de negociación!
Santiago triunfó tanto en el trabajo y la relación con los nuevos familiares como en aprender a desenvolverse en la vida urbana: en dos años ya entendía de vinos, perfumes, política, arte, viajes, el IBEX 35, deportes, y se deshizo de su acento segoviano. Se hizo pronto a conducir un coche cómodo, cortesía de su suegro, y encontró un buen puesto cerca de él. No diré quién regaló el piso a los recién casados, podéis adivinar.
Al segundo año de vida conyugal, Santiago desarrolló una extraña pasión por los calcetines blancos. Los llevaba por casa y en visitas, siempre sin zapatillas, se los ponía incluso dentro de botas de goma, andaba en suelos sucios con orgullo. Rosario no compartía esa devoción, pero limpiaba los suelos dos veces al día y compraba lejías y detergentes. Así nació el apodo de Calcetín.
Cuando Rosario descubrió la existencia de una amante de Santiago, estaba en el octavo mes de embarazo. Curiosamente, la amante llevaba el mismo tiempo de gestación. Calcetín fue expulsado del hogar, despedido, maldecido y llorado en veinticuatro horas. Y después, llegaron los días grises y pegajosos del otoño madrileño. Rosario yacía en su gigantesca cama, mirando al techo con los ojos secos:
Lloraré después. Ahora el bebé podría resentirse.
Rosario se parecía a una estatua de la Puerta de Alcalá, inmóvil sobre su triste cama, y nosotros, como guardias, nos turnábamos para acompañarla en silencio.
Nos daban ganas de llorar a gritos, de arrancar las páginas de ese libro de la vida, pero había que callar y esperar.
En el día del alta, armamos escándalo, agitamos globos, suplicamos a las enfermeras que aceptaran una copa de cava y se fueran con nosotros hacia los osos y los gitanos, deseando salud y felicidad para todos. El abuelo recién estrenado se entregó a fondo: la noche anterior, inspirado y prometiendo limpiar lo que hiciera falta, marcó un enorme mensaje con tiza bajo la ventana de la habitación de Rosario: ¡Gracias por el nieto! Luego intentó cantar, pero la seguridad lo detuvo. El vigilante le invitó amablemente a repasar la carta de vinos del abuelo feliz en su garita, con un toque de brandy, sin riesgo de alterar el orden público.
El día del alta el abuelo estaba fresco, animado, hasta brillante y lloraba de emoción y orgullo. Lloraba lo justo y de corazón. Nosotros también llorábamos, reíamos, besábamos a Rosario, mirábamos furtivamente el sobre celeste y guardábamos silencio sobre la nariz griega del pequeño Ignacio. Solo Rosario, ni siquiera en la felicidad, lloraba:
Después. Por si acaso afecta a la leche.
Rosario se mantuvo en silencio dos meses más, después se armó de valor y fue a buscar a Santiago. Sin cerillas ni ácido, pero con unas ganas de gritar y romper. Reprochar, golpear la pared con sus manos flacas, avergonzar, humillar y tratar de liberarse de ese dolor que la ataba a la cama, descargándolo sobre el traidor. Sobre aquel destructor de sus esperanzas y de su mundo, con el niño diminuto, en el que Rosario esperaba ver la imagen de sí misma, tejiendo calcetines a sus hombres en noches acogedoras, oyendo la risa de Ignacio, paseando de la mano con Santiago, el hombre que necesitaban.
Y también quería mirar a los ojos de esa mujer sin pudor, la que dormía con un hombre ajeno. Sus ojos serían insolentes y muy bonitos, seguro. En esos ojos pensaba escupir. Decidido, lo haría. Y si hacía falta, los arañaría.
Se enteró por casualidad de la dirección cuando paseaba con el niño, gracias a las abuelas del barrio, que le pintaron el camino, le sugirieron venganzas y la animaron a actuar. Rosario se quedó bloqueada, quería marcharse, no escuchar el número del portal, pero al final no se fue.
Ahí estaba, Rosario, ante el portal desvencijado, solo tenía que subir al quinto y ahí, escupir o gritar.
En el primer piso pensó que con su suerte, seguro no habría nadie y estaba perdiendo el tiempo. En el segundo, le pareció incluso mejor que no hubiera nadie. Al llegar al tercero, escuchó el llanto desesperado de un niño arriba.
Le abrió la puerta una chica delgadísima, llorando, cuyo aspecto no encajaba ni de lejos con la imagen de la femme fatale que había seducido a Santiago. Mientras Rosario miraba con asombro los cuarenta kilos de competencia, el niño seguía llorando en la otra parte del piso.
Buenas tardes, Rosario. Santiago ya no está, se fue hace dos semanas. No sé dónde está dijo la chica, sentándose en el suelo y llorando otra vez.
Rosario ya no quiso hacer escándalo. Quiso entrar y calmar al niño de aquella madre despistada. Y luego soltar la frase: “Te gusta el paseo pues carga el trineo, ¡zorra!” Sí, tenía que decir zorra. Y además mirar con desprecio, con superioridad. Lo merecía, como parte traicionada.
El bebé estaba seco, párpados hinchados, voz ronca y una vena marcada en la frente. Sin duda, tenía hambre. El niño gritaba por necesidad, y su extraña madre yacía en el suelo, llorando.
Mientras la chica buscaba mezcla por los armarios vacíos y rebuscaba en el frigorífico vacío, Rosario recordaba con dificultad. Vio un papel en la mesa con una frase fatal, incompleta: Perdón por mi vi…, con horror.
La chica lloraba el relato a Rosario, como si fuera su amiga: que no tenía dónde ir, el alquiler terminaba en días, no tenía leche, ni dinero siquiera, Santiago había desaparecido, y que lo sentía mucho, que le daba pena, vergüenza y que era tarde. Que no sabía nada, perdón. Que podía pegarle, incluso debía hacerlo. Y el niño se llamaba Pablo, que Rosario debía recordarlo por si acaso. Pablo era solo nueve días mayor que Ignacio.
Rosario salió corriendo en 20 minutos Ignacio pediría el pecho. Correr no era fácil: dos bolsas enormes de Carmen le pesaban los brazos, Carmen misma jadeaba al lado, llevando a un Pablo ya alimentado. Rosario corría y pensaba dónde poner dos camas más.
Tres años después, estuvimos en la boda de Carmen, y cuatro más, en la de Rosario. El marido de Rosario detesta los calcetines blancos, cree que hay que dar color a la vida, adora a su mujer, a su hijo y a sus dos hijas. Carmen es madre de cuatro chicos, y su marido aún espera una niña.
A veces pienso que la vida te sorprende y te enseña a afrontar cada giro con coraje y generosidad. Aprendí que el dolor puede transformarse en algo nuevo y luminoso, si eres capaz de tender la mano incluso a quien te hizo daño.




