Las abuelas de residencia
Aurora Cela despertó de una carcajada. No fue una risa discreta, ni un leve susurro divertido, sino una explosión de carcajadas gordas, fuera de lugar en la penumbra aquélla del hospital de La Paz, en Madrid. Llevaba años detestando ese tipo de risotadas. Quien reía, sin descanso, era su compañera de habitación: sostenía el móvil pegado a la oreja y agitaba la otra mano en el aire como si el interlocutor pudiera verla, o quizás reía para ella misma.
¡Mar, lo tuyo no es normal! ¿De verdad le contestó así? ¡Delante de todos!
Aurora miró el reloj en la mesilla. Faltaban quince minutos para las siete de la mañana. Quince minutos hasta el horario de levantarse, quince infinitos minutos en los que había soñado poder reunir algo de calma mental antes de entrar a quirófano.
La noche anterior, cuando Aurora acababa de llegar a la habitación, la otra señora ya estaba en la cama, tecleando veloz en su móvil. Se saludaron con un seco Buenas noches y no añadieron más. Aurora se sintió agradecida por ese silencio. Pero ahora ya era el circo de la palabra.
Perdone dijo baja pero claramente. ¿Puede hablar un poco más bajo?
La mujer giró la cabeza. Tenía el rostro redondeado, el pelo cortísimo salpicado de canas y sin ningún pudor en mostrarlas, y vestía un pijama colorido, repleto de lunares rojos, impropio de hospital.
Ay, Mar, te llamo luego, que aquí me quieren poner en vereda rió, cortó la llamada y miró a Aurora con simpatía. Perdón, mujer. Soy Carmen Espinosa. ¿Has dormido algo? Yo nada, imposible antes de las operaciones, así que aprovecho para llamar a medio vecindario.
Aurora Cela. Si no puedes dormir, no significa que los demás no quieran descansar.
Pero tú ya estás despierta Carmen le guiñó un ojo divertido. Venga, intento susurrar. Lo prometo.
Pero no susurró. Hasta el desayuno hizo dos llamadas más y cada vez con mayor entusiasmo y volumen. Aurora se giró de cara a la pared y se cubrió la cabeza con la sábana, aunque de poco sirvió.
Me ha llamado mi hija explicó Carmen mientras remueven en los platos intocados, está nerviosa, pobrecilla. Yo intento tranquilizarla lo que puedo.
Aurora no contestó. Su hijo tampoco le había llamado, aunque ella ya lo esperaba: tenía importante reunión esa mañana. Ella misma se había encargado de educarlo así: el trabajo es sagrado.
A Carmen se la llevaron antes. Caminó por el pasillo lanzando un adiós con la mano, gritando algo a una enfermera que se reía a carcajadas. Aurora deseó que, tras la operación, la cambiaran de habitación.
Una hora más tarde, le tocó a Aurora. El anestésico siempre le sentaba fatal. Despertó con náuseas y dolor sordo en el costado derecho. Una enfermera le dijo que todo había salido perfecto y que sólo debía aguantar. Y Aurora aguantó. Si algo sabía hacer era aguantar.
Por la tarde, volvieron a dejarla en la habitación. Allí estaba Carmen, gris y apagada, los ojos cerrados y un gotero en la mano. Por primera vez, en silencio.
¿Cómo estás? preguntó Aurora, sin prever que, al hacerlo, daba pie a una conversación.
Carmen abrió los ojos. Esbozó una sonrisa cansada.
Por ahora sigo aquí. ¿Y tú?
También.
Callaron. Las sombras se deslizaban por la ventana. El pitido de las bombas de las vías era el único sonido.
Perdona por el follón de esta mañana musitó Carmen, de pronto. Cuando me pongo nerviosa no puedo evitar hablar Demasiado. A veces hasta me caigo mal.
Aurora pensó en contestar alguna ironía, pero no halló fuerzas. Respondió solo:
No pasa nada.
Aquella noche, ninguna durmió. El dolor la visitaba a ambas, y Carmen ya no llamaba por teléfono, solamente suspiraba, se revolvía. A Aurora le pareció escuchar, en un momento, un llanto ahogado contra la almohada.
A primera hora, entró la doctora. Revisó los puntos, tomó la temperatura y les dijo: Muy bien, señoritas, todo marcha. Carmen enseguida cogió su teléfono.
¡Marina! Estoy vivita y coleando, puedes dejar de preocuparte. ¿Y los peques, qué tal? ¿En serio Miguelito ya está bien? ¡Te lo dije, no era nada!
Aurora escuchaba sin querer. Los peques, dedujo: hablaba de sus nietos; la hija informándola.
El móvil de Aurora guardaba silencio. Al mirar, vio dos mensajes de su hijo, ambos del día anterior: ¿Cómo te encuentras? y Avísame cuando puedas. Ella respondió ahora: Todo bien :). Su hijo siempre le decía que hay que poner emoticonos, que los mensajes sin ellos parecen fríos.
Tres horas después llegó la respuesta: ¡Genial! Un beso.
¿Tus hijos no vienen? preguntó Carmen después de comer.
Mi hijo trabaja. Vive lejos. Y no hace falta, ya no soy una cría.
Cierto Carmen asintió. A mí mi hija también me dice: mamá, ya te apañas sola. ¿Para qué venir si estás bien?
En su voz se deslizó algo que hizo que Aurora la mirara con más atención. Carmen sonreía, pero su mirada no era alegre.
¿Cuántos nietos tienes?
Tres. Miguelito el mayor, con ocho. Luego Lucía y Tomás, tienen tres y cuatro. Carmen rebuscó en su mesilla y sacó el móvil. ¿Quieres ver fotos?
Durante veinte minutos le mostró imágenes: los críos en la playa de Santander, en el parque, con tartas, disfrazados. En todas estaba Carmen, abrazándolos y besándolos. No salía la hija en ninguna.
Ella es la fotógrafa aclaró Carmen. No le gusta estar en las fotos.
¿Los tienes mucho en casa?
Vivo prácticamente allí. Mi hija y el yerno trabajan todo el día, yo recojo del cole, hago comidas, ayudo con los deberes
Aurora asintió. Le pasó igual los primeros años tras nacer su nieto; después fue menos frecuente, una vez al mes, los domingos si encajaba.
¿Y tú?
Solo un nieto. Nueve años. Muy aplicado, va a ajedrez.
¿Le ves a menudo?
Domingos a veces. Tienen mucha faena. Ya sabes.
Claro Carmen volvió la cara a la ventana. Mucha.
Una fina lluvia repiqueteaba contra el cristal.
Por la tarde, Carmen anunció:
No quiero volver a casa.
Aurora la miró. Carmen sentada en la cama, abrazando las rodillas.
De verdad, no quiero. Le he dado mil vueltas ¿para qué ir? Llegaré y Miguelito líado con los deberes, Lucía con el catarro, Tomás habrá roto algo. Mi hija en el trabajo hasta las mil, mi yerno siempre fuera Yo hago todo: lavo, cocino, recojo, cuido Y ni gracias. Porque para eso están las abuelas, ¿no? Eso creen todos.
Aurora notó un nudo en la garganta.
Perdona balbuceó Carmen, secándose los ojos. Se me va la fuerza.
No te disculpes murmuró Aurora. Hace cinco años que me jubilé. Pensaba que por fin podría dedicar tiempo a mí. Ir al teatro, exposiciones hasta me apunté a francés. Fui dos semanas.
¿Y lo dejaste?
Mi nuera entró en baja de maternidad. Me pidió ayuda. ¿Cómo negarse? Para eso estoy. Así estuve tres años. Luego el niño al cole; después, cada semana menos Ahora tienen una niñera. Yo espero en casa por si acaso.
Carmen asintió.
En noviembre mi hija iba a venir. Tenía la casa reluciente y preparé empanada gallega. Llamó: Mamà, imposible; Miguelito tiene fútbol. No vinieron. La empanada la di a la vecina.
Se callaron, el agua resbalando tras el cristal.
¿Sabes qué es lo que más duele? dijo Carmen. No que no vengan. Sino que yo sigo esperando. Aprieto el móvil, pienso: igual ahora llaman y dicen te echamos de menos. Solo porque sí, no porque necesiten algo.
Aurora sintió humedad en los ojos.
A mí también me pasa. Si suena el móvil pienso que mi hijo quiere charlar pero nunca ocurre. Siempre es por algo.
Pero ahí estamos, dispuestas rió Carmen. Porque somos madres.
Eso.
Al día siguiente, el curasán de las heridas fue un tormento. Luego quedaron las dos quietas hasta que Carmen, de pronto, soltó:
Siempre creí que tenía la familia perfecta. Una hija, un yerno decente, nietos para reír. Pensé que era imprescindible. Pero aquí he entendido que se apañan sin mí. Mi hija ni se ha quejado una sola vez. Si me echan mano es por comodidad.
Aurora apoyó el codo.
¿Sabes lo que he comprendido yo? Que la culpa es mía. Yo le enseñé a mi hijo que su madre siempre está ahí, que todo lo demás puede esperar, sus asuntos son sagrados.
Yo igual. Mi hija llama y dejo el puchero ardiendo.
Nos acostumbraron a que somos invisibles dijo Aurora. Como si no tuviésemos vida.
Carmen asintió. Un silencio.
¿Y ahora qué?
No sé.
Al quinto día Aurora anduvo hasta el baño sin ayuda. Al sexto, recorrió de un lado a otro el pasillo. Carmen, más lenta, la seguía. Paseaban juntas, arrastrando las zapatillas por el linóleo.
Desde que falleció mi marido me desorienté contaba Carmen. Creía que ya se acabó todo y mi hija me dijo: tienes un nuevo sentido, los nietos. Vive para ellos. Y eso hice. Pero ese sentido no es de ida y vuelta: yo para ellos, y ellos para mí solo si les conviene.
Aurora habló del divorcio, cuando el hijo tenía cinco años. Lo sacó adelante sola, turnos partidos, doble jornada, clases nocturnas.
Pensé que si era la madre perfecta, él sería el hijo perfecto. Que si lo daba todo, estaría agradecido.
Pero crecen y hacen su vida suspiró Carmen.
Sí. Supongo que es normal. Pero no imaginé sentirme tan sola.
Yo tampoco.
El séptimo día apareció su hijo. Sin avisar, alto y con un abrigo caro, bolsa de fruta de El Corte Inglés.
¡Mamá, aquí estoy! besó su frente. ¿Mejor?
Mucho mejor.
¡Genial! El doctor dijo que en tres días te dan el alta. Oye, ¿te vienes a casa? Laura dice que la habitación de invitados sigue libre.
Gracias, pero mejor a la mía.
Bueno, como quieras. Pero si necesitas algo, llama.
Estuvo veinte minutos: contó sobre el trabajo, el coche nuevo, el nieto, preguntó si necesitaba euros, prometió volver la siguiente semana. Se fue rápido, aliviado.
Carmen fingía dormir. Cuando se cerró la puerta, abrió los ojos.
¿Eres tu hijo?
Sí.
Es muy guapo.
Sí.
Y más frío que los sabañones.
Aurora calló. El dolor en el pecho la quemaba.
He pensado susurró Carmen: quizá hay que dejar de esperar cariño. Soltar. Ellos ya viven su vida. Nos toca buscar la nuestra.
Eso es fácil decirlo.
Y difícil hacerlo. Pero no hay alternativa. Si no, nos quedamos esperando eternamente.
¿Qué le dijiste a tu hija? le salió a Aurora de pronto, con el tuteo espontáneo.
Que me daría dos semanas después del alta sin ayudar, porque lo necesita el médico. Que no puedo con los críos.
¿Y ella?
Primero, enfadada. Pero le dije: te apañas, eres adulta. Yo no puedo ahora.
¿Te guardó rencor?
Por supuesto sonrió Carmen. Pero respiro mejor. Como si me quitase un yunque de encima.
Aurora cerró los ojos.
Tengo miedo. Si digo que no, igual dejan de llamar. Para siempre.
¿Acaso llaman ahora?
Silencio.
Pues eso. Peor ya no puede ir. Solo mejorar.
Al octavo día, les dieron el alta. Recogieron las bolsas con parsimonia, se miraban como si el mundo se fuera a hundir.
¿Nos damos los teléfonos? propuso Carmen.
Asintieron y apuntaron los números. Se miraron.
Gracias por estar.
A ti, de verdad. Hacía treinta años que no charlaba así del alma.
Yo igual.
Se abrazaron, torpes y cautelosas por las heridas. La enfermera trajo papeles, llamó un taxi. Aurora subió primero.
En casa, el silencio era aún más agudo. Guardó la maleta, se dio una ducha, se recostó en el sofá. Tenía tres mensajes: ¿Ya has llegado?, Llámame cuando estés en casa, No olvides las medicinas.
Contestó: Ya en casa. Todo bien. Dejó el móvil.
Se levantó, fue al mueble y sacó una carpeta sin abrir desde hacía cinco años: folleto de un curso de francés, un programa subrayado del Teatro Real. Miró el folleto y pensó.
El teléfono sonó. Era Carmen.
Hola. Perdona, llamo sin más. Me apetecía.
Me alegro. Mucho.
Mira, ¿nos vemos cuando estemos fuertes? Un café, un paseo. ¿Te apetece?
Aurora miró el folleto, luego el teléfono.
Muchísimo. Y, oye, no espero. Quedamos este sábado. Ya he tenido bastante sofá.
¿El sábado? ¿No te da miedo?
Nada de miedo. Treinta años cuidando a todos. Ya toca pensar en mí.
Pues trato hecho. Sábado.
Se despidieron. Aurora dejó el móvil y tomó el folleto de francés. Las inscripciones seguían abiertas.
Encendió el portátil y empezó a rellenar la matrícula. Los dedos temblaban pero lo completó.
Fuera caía la lluvia. Pero entre las nubes se colaba ya el sol, débil y otoñal.
Y Aurora sintió, por primera vez en mucho tiempo, que quizá la vida apenas estaba, al fin, comenzando. Pulsó enviar.




