¿Pero qué locura es esta? ¿Una residencia de ancianos? ¡De eso nada! ¡De mi casa no me voy! El padre de Inés Requena lanzó una taza hacia su hija, apuntando a la cabeza como era su costumbre. Ella se apartó de un salto ya aprendido.
Esto no podía seguir así. Sabía que, antes o después, se las arreglaría para hacerle daño y ya no podría anticipar por dónde le llegarían las emboscadas. Pero, mientras rellenaba todos los papeles para internarlo en una residencia, lo único que sentía Inés era una punzante culpa. Aunque, mirándolo bien, lo que estaba haciendo por él era muchísimo, teniendo en cuenta cómo él la había tratado en su día.
Mientras lo acomodaban en el coche, su padre gritaba, se revolvía, maldecía a quienes habían tenido algo que ver en su traslado.
Yo, de pie tras la ventana, le vi marchar en el coche cada vez más alejado. Un instante que se parecía a otro de mi infancia, aunque entonces apenas era un chaval y no comprendía lo que podía depararme el futuro.
Inés fue hija única. Su madre no se atrevió a tener más hijos, porque su esposo era un tirano de manual, con placer por convertir la vida de los demás en un vía crucis.
El padre Eloy Requena era ya un hombre hecho y derecho, con más de cuarenta cuando nació su hija. Se casó, sí, pero no por amor, nunca entraba en sus planes amar, ni formar una familia numerosa. Se casó para la galería, para escalar posiciones en la Administración pública. Encontró a la candidata ideal entre conocidos: una jovencísima estudiante, María Eugenia, hija de trabajadores de una fábrica de Fuenlabrada. Excelente partido para aparentar. Los padres de la novia ni siquiera fueron invitados a la boda; demasiado humildes, dijeron.
La flamante esposa se mudó al piso familiar del marido. Eloy, para convertirla en mujer de político, le asignó alguien que le adoctrinara en el protocolo y en aprender a mirar para otro lado si la situación lo requería.
¿Qué tal ha ido el día? preguntaba Eloy al regresar, sentándose en su butaca favorita.
Todo bien. Ya he aprendido a poner la mesa correctamente y he empezado con clases de inglés. María Eugenia sabía que molestar a su esposo era su sentencia.
¿Nada más? ¿Y la casa, quién la lleva mientras te dedicas a eso?
Yo. Y con la cocinera, hemos hecho el menú semanal. Hice la compra y también he limpiado.
Bueno, por hoy basta. Pero, que tus manos estén siempre limpias y vístete como una señora, no como cualquiera de la huerta. Si te portas como debes, te pondré chófer y doncella. Pero aún no te lo has ganado.
No obstante, por mucho que lo intentaba, María Eugenia rara vez vivía días tranquilos. Eloy llegaba tarde, encendido de ira y cansancio. La esposa era el único ser contra el que podía descargar su mal humor, el personal de servicio podía extender rumores si les humillaba, pero María Eugenia no tenía a quién recurrir ni dónde ir.
La primera vez que Eloy levantó la mano contra ella fue al mes de casados, no por nada en especial, solo para dejarle claro quién era el amo. Después las palizas se hicieron rutina. Pegaba con conocimiento, sin dejar marcas visibles, y ella aprendió a ocultar hematomas bajo mangas largas y a recibir con sonrisa en la mesa a los amigos de él.
Pasó el primer año y los rumores se extendieron: en toda familia joven hacía falta un nuevo miembro, alguien a quien criar.
¡Eloy, pareces un tipo saludable! ¿Por qué tu mujer no se ha quedado embarazada? ¿Vais a esperar a que le llegue la jubilación? Enséñala a dejarse de estudios y llevarla a médicos, que para eso están.
No tenemos prisa. Aún termina el institutorespondía él, seco.
¿Prisa? ¿Mujer estudiando? ¡Lo que hay que oír! Las mujeres a casa y a los niños. Díselo a la mía, que le busque doctores. Y a ver, ¿para qué casarse entonces si no hay descendencia?
Así comenzó para María Eugenia una ronda de revisiones médicas. Eloy tuvo que frenar la violencia, no fuera a detectar algún médico los moratones.
Después de meses, ningún médico halló problemas. Ella estaba sana y lista para ser madre. La sugerencia era evidente y uno de los médicos se lo soltó: debía ser él el del problema.
¿Yo? ¿Pero tú sabes con quién hablas? Con dos llamadas te mando de veterinario al pueblo más perdidoamenazó Eloy.
Por mucho que me mande, su problema propio no se resuelvecontestó el médico con serenidad de quien ya ha bregado con muchos funcionarios.
¿Y qué hago entonces? gruñó Eloy.
Pues empiece por revisarse usted.
Tras varios trámites médicos, el diagnóstico fue claro: Eloy tenía poquísimas posibilidades de ser padre. Solo quedaba confiar en la suerte.
Los comentarios de compañeros, la visión de su joven esposa, le ponían de peor humor cada día. Ya no tenía sentido golpear a María Eugenia; ya ni se inmutaba. Al principio lloraba, luego aprendió a quedarse quieta como una estatua.
Se buscó una amante y olvidó un poco esos problemas. Dos años y medio más tarde, milagrosamente, María Eugenia quedó embarazada y nació Inés, parecidísima al padre. No por ello Eloy sintió cariño alguno por su hija. La cuidaban la madre y una niñera. Él podía pasar semanas sin verla.
Con los años, Inés irritaba cada vez más a su padre. Era incapaz de contenerse cuando la oía protestar o pedir algo. Recuerdo, con cinco años, que llegaba de una reunión y la niña le interrumpió para reclamarle algo. Sin pensarlo, la lanzó contra la pared. Yo miraba, petrificado, desde la puerta. Ni siquiera lloró. Se tumbó en el sofá, encendió la tele y se olvidó del asunto.
Aprendió la lección, y desde entonces no volvió a hacer ruido delante de él. A partir de ahí, ya poco importaba lo que hiciese. A veces me insultaba o me daba una bofetada frente a visitas. Ya era alguien influyente, nadie se atrevía a juzgarlo. Disfrutaba ridiculizándome frente a los demás.
Eloy Requena, dicen que tu hija toca el violín de maravilla, ¿la podríamos escuchar?
¿Violinista? ¡Si no sabe ni cómo se coge el instrumento! Si queréis, pedídselo, pero yo me ahorraría el disgusto. ¡Inés! ¿No oyes? Trae ese trasto y toca algo para los señores.
Ella, roja de vergüenza, iba a por el violín. El miedo escénico la marcaría para el resto de su vida; se le truncó toda posibilidad de carrera musical antes de empezarla. Tras dejar el conservatorio, jamás volvió a tocar.
De niño, veía en libros imágenes de familias felices y me preguntaba si aquello existía de verdad o solo en los cuentos. ¿Por qué a mí me había tocado nacer de alguien que solo mostraba odio?
Mi madre tampoco fue modelo de felicidad. Incapaz de querer a un hijo nacido de un hombre así, murió en accidente de coche cuando Inés tenía trece años. Esa era la versión oficial; la verdad, nadie la supo nunca. Desde entonces, mi hermana quedó aún más ensimismada.
Al acabar el instituto, Inés estudió la carrera que decidió mi padre. Una de las últimas decisiones que logró imponerle. Al tiempo que finalizaba los estudios, Eloy había perdido casi toda su influencia y la mayor parte de sus propiedades. El dinero se fue en salvarse de las consecuencias de los abusos que cometió en su carrera. Por fortuna, supo escabullirse del escándalo y acabó retirado en una casa de campo. Inés nunca fue a visitarlo: ni ganas de oírle soltar más improperios.
Solo, sin nadie cercano a quien descargar su veneno, empezó a perder la cabeza. Los vecinos me llamaban a menudo: decían que había perdido el juicio. No tuve más remedio que aceptar la cruel decisión de llevármelo conmigo.
Ya viviendo conmigo, Eloy pareció revitalizarse al tener víctima a la mano. Cada día era un infierno: gritos, insultos, platos y cosas por el suelo. Acabé limitándolo a una habitación con cerradura, para que su furia no hablara más alto. Ni así bastó; cuando la demencia se hizo evidente, tuve que dar el paso final: ingresarlo en una residencia.
Nunca formé familia. Inseguro, marcado por mis heridas, rehúía el trato social. Ni amistades en el trabajo, ni relaciones estrechas. Y aun así, cuando pensé en la residencia, la culpa me carcomía.
Tenerlo en casa suponía un peligro. Los médicos confirmaron el principio de demencia, y que ya no respondía de sus actos. Solo le quedaba rencor. Incluso cuando ya no me reconocía, me odiaba.
Busqué la mejor residencia de Madrid. La que me pareció apropiada costaba más de lo que ganaba, en euros, y tuve que buscarme otro empleo para llegar a fin de mes.
Después de dejarlo allí, viví unos días como ausente. Recordaba, como en un deja vu, de cuando mi madre intentó huir con nosotros. Él nos trajo de vuelta y poco después ella murió.
Pese a todo, cuando iba a ver a mi padre, acababa llorando de pena y culpa. Era lo único que me habían enseñado a sentir.
Y además de esa culpa, llegaron los problemas de salud.
Hoy lo veo con otros ojos. He entendido que el deber no está en soportar lo que te hace daño, ni en poner la otra mejilla sin que nadie lo valore. Aprendí al fin que hay que cuidar de uno mismo, aunque nadie te lo enseñe jamás.





