Una tarde, unas tías lejanas decidieron atravesar los delirantes campos de Castilla para visitarnos. Anunciaron su llegada varias semanas antes, como si un anuncio de feria se colase por la ventana. Yo, que era jubilada y con pensión escasa, les dejé claro: nuestra vida era modesta, tiritábamos entre euros y sombra, y mi hijo tampoco podía presumir de holgura. Recibir visitas se nos antojaba un lujo imposible, pero ellas insistieron.
Cuando por fin llegaron, traían cajas de regalos envueltas en papel festivo, cargadas de alimentos que olían a ultramarinos y sorpresas. Mi hijo, Ignacio, les dio las gracias y enseguida guardamos todo en la alacena, como quien oculta un tesoro para tiempos de sequía.
A mediodía, el almuerzo fue puro sueño: pan moreno, mantequilla, galletas María que parecían flotar en el aire, y té humeante servido en tazas con grietas diminutas. Mis tías probaron el menú con rostros tan severos que delataban su descontento, pero no dijeron palabra. Yo, como si caminara en una calle neblinosa de Sevilla, seguí inmutable; ya les había advertido que no había oro ni mariscos en esta casa. Les ofrecí lo que había, como dicta la tradición de nuestra tierra.
Esa noche, la cena fue aún más abstracta: sopa clara, rebanadas de pan, quesitos triangulares, bocadillos de jamón cocido y el inagotable té. Las caras de mis tías se alargaron como relojes derretidos. Probablemente esperaban una paella celestial; en cambio, tuvieron las sobras terrenales de nuestro día a día.
Entonces, una de ellas, Rosario, me preguntó por qué no habíamos compartido todo lo que trajeron. La pregunta flotó en el aire como una campana sin badajo. No supe qué responder. ¿Eran regalos para nosotros o habían traído la comida solo para ellas? Si querían que lo sirviésemos, podían haberlo dicho entre sueños y despertares.
Discutimos un rato largo dentro del extraño burbujeo del salón, donde los relojes giraban al revés y las palabras colgaban del techo. A la mañana siguiente, mis tías plegaron sus abrigos y desaparecieron como figuras en un cuadro de Velázquez.
Y, la verdad, no me importó a qué posada marchaban ni qué caminos elegían ahora. Que descansen donde les plazca, ya que la casa se había vaciado de sus sombras. Al menos, en los estantes nos quedaron manjares: pasteles dulces, hígado encebollado, merengues, frutas maduras Algo práctico, al menos. Por la noche, Ignacio y yo nos preparamos un té y nos deleitamos con aquel pastel extraño, sonriéndonos como si no supiésemos si estábamos despiertos o aún soñando.





