La sabiduría popular dice: cada persona es un mundo, hace falta tiempo para conocerlo.
Pero Carmen Fernández siempre pensó que eso eran tonterías, porque ella sí que era experta en entender a la gente.
Hace un año su hija, Inés, se casó.
Carmen había soñado siempre que su hija encontraría a un buen hombre, que vendrían los nietos y ella, como abuela, sería el centro y pilar de toda esa familia, como antes.
Javier, el marido, era un chico listo y, en consecuencia, no le iba mal económicamente. Y además parecía que le gustaba presumir de ello. Decidieron vivir por su cuenta, en el piso de él, y no parecía que necesitasen consejos de nadie.
¡Y como Carmen lo veía, él no era la mejor influencia para su hija!
Aquella relación no encajaba nada con los planes de Carmen. Javier comenzó a caerle cada vez peor.
Mamá, no lo entiendes decía Inés, preocupada. Javier creció en un centro, nunca tuvo una familia. Todo lo que ha conseguido es por sí mismo. Es fuerte y, de verdad, bueno y cariñoso.
Pero Carmen sólo fruncía los labios y buscaba nuevos defectos en el yerno.
Ahora le parecía todo lo contrario a lo que mostraba ante Inés. Como madre, Carmen sentía la obligación de abrirle los ojos a su hija antes de que fuese demasiado tarde.
Sin estudios suficientes, poco comunicativo, ¡y siempre tan desinteresado!
Los fines de semana, clavado delante de la televisión: decía que estaba cansado.
¿De verdad su hija quería pasar la vida con un hombre así? Eso sí que no, Inés ya le daría las gracias después.
Y si llegaban los niños, sus propios nietos, ¿qué iban a aprender de un padre como él?
En definitiva, Carmen estaba completamente decepcionada. Y, claro, Javier, percibiendo la antipatía de su suegra, comenzó a evitar el trato con ella.
Las visitas y llamadas fueron menguando; Carmen incluso dejó de ir a su casa.
El padre de Inés, buen hombre y conocedor de su mujer, optó por no tomar partido.
Pero una noche, al filo de la madrugada, Inés llamó a Carmen, notablemente nerviosa:
Mamá, no te dije nada, pero he tenido que irme dos días de viaje de trabajo. Javier cogió frío en la obra y se encontraba regular, por eso volvió temprano a casa. Llevo un rato llamando y no contesta.
¿Y a mí por qué me lo cuentas? saltó Carmen. Vivís a vuestro aire y parece que a tu padre y a mí nos tenéis olvidados. ¡Ya ves si os preocuparía cómo ando yo! ¿Ahora me llamas a estas horas por Javier? ¿Estás bien de la cabeza, hija?
Mamá la voz de Inés temblaba, la oía verdaderamente preocupada. Perdona, sólo quería que supieras lo mucho que nos queremos. Dices que Javier no vale nada, pero no es así. ¿Cómo crees que yo, tu hija, podría enamorarme de alguien malo? ¿Es que no confías en mí?
Carmen guardó silencio.
Mamá, te lo ruego. Tienes la llave de casa, ¿puedes pasar a ver cómo está Javier? Me da miedo que le haya pasado algo. Por favor, mamá.
Está bien, pero sólo porque tú me lo pides acabó cediendo Carmen, despertando entonces a su marido.
Al llegar, llamaron varias veces a la puerta sin respuesta. Carmen usó la llave que tenía.
La casa estaba a oscuras. ¿Y si no está? sugirió el marido, pero Carmen le miró severa. Sentía la misma inquietud que Inés.
Entró en el salón y se horrorizó al ver a Javier tendido en una postura rara en el sofá. ¡Tenía fiebre!
El médico de urgencias lo atendió rápido:
No se preocupen, se ha complicado el resfriado, pero estará bien. ¿Trabaja mucho, verdad? preguntó el doctor, mirando a Carmen.
Sí, trabaja bastante admitió ella.
Estará bien. Vigilen la fiebre y si ven algo raro, llamen.
Javier, dormido, parecía un niño. Carmen se sentó a su lado, sintiéndose extraña: allí estaba, velando al yerno que tanto había criticado.
Estaba pálido, con el pelo revuelto y húmedo de la fiebre. De pronto le dio mucha pena. Dormido parecía más joven, hasta el rostro era más suave.
Mamá, no te vayas susurró Javier entre sueños, tomándole la mano. No te vayas, mamá.
Carmen se quedó inmóvil, sin atreverse a soltarse.
Así pasó la noche, sentada a su lado.
A primera hora, Inés volvió a llamar:
Mamá, perdona, ya vuelvo a casa, creo que todo irá bien.
Por supuesto que irá bien, hija, todo está bajo control sonrió Carmen. Te esperamos, todo está bien.
*****
Cuando nació su primer nieto, Carmen no dudó en ofrecer su ayuda.
Javier, con gratitud, le besó la mano:
¿Ves, Inés? Y tú que decías que tu madre no querría ayudarnos.
Carmen, orgullosa, paseaba por la casa con el pequeño Martín en brazos, hablándole bajito:
Mira, Martín, qué suerte tienes. Tienes los mejores padres y los abuelos más maravillosos. ¡Eres un niño afortunado!
Así que sí, la vida enseña que cada persona es un mundo y es imposible conocerla de golpe.
Y solo el amor de verdad ayuda a comprenderlo todo.





