La abuela siempre tuvo un nieto favorito —¿Y yo, abuela? —preguntaba Katia en voz baja. —Tú, Cateri…

La abuela prefería a un nieto

¿Y yo, abuela? susurraba ella, casi invisible.
Tú, Mariana, eres lista y apañada. Mira qué mofletes tienes.
Las nueces son para la cabeza; a Ángelo le hace falta estudiar, él es hombre, el pilar.
Anda, limpia el polvo de las estanterías. Las niñas han de acostumbrarse al trabajo.
¿Hablas en serio, Mari? Se está yendo. Los médicos dijeron que le quedan un par de días, tal vez horas…

Ángelo estaba plantado en el umbral de la cocina, apretando nervioso las llaves del coche, con esa cara de estar en otro sitio.

Lo digo muy en serio, Ángelo. ¿Quieres té? Mariana ni se volvió, cortando metódicamente una manzana para su hija. Siéntate, te lo hago recién preparado.

¿Té, ahora, Mari? Él dio unos pasos hacia dentro, hundido. Allí está, llena de tubos, apenas respira…

Esta mañana te llamó. Decía: «Marianita, ¿dónde está mi Marianita?». A mí se me encogió el corazón. ¿No vas a venir…?

Es la abuela. Es la última oportunidad, ¿no lo ves?

Mariana acomodó con cuidado las rodajas en el plato y solo entonces le miró.

Para ti es la abuela. Para ella eres Angelito, el sol de sus días, el heredero, la esperanza.
Yo… nunca he existido para ella.
¿De verdad crees que necesito esa «despedida»?
¿De qué deberíamos hablar? ¿Qué se supone que deba perdonarle, o ella a mí?

Deberías olvidarte de esas rencillas de cuando éramos críos Ángelo dejó caer las llaves con fuerza sobre la mesa. Sí, ella no te quería igual que a mí. ¿Y?
Era una mujer mayor, tozuda. Pero está muriendo, Mari. No se puede ser tan… fría.

No es frialdad, Ángelo. Solo no siento nada por ella. Ve tú. Acompáñala, cógele la mano; tu presencia le reconforta mucho más que la mía.
Eres su tesoro, su sol. Anda, ilumínala hasta el final.

Él la miró de esa manera que estalla silencio y salió sin decir más, cerrando de golpe.

Mariana suspiró, cogió el plato de manzanas y fue a la habitación de la niña.

***

En su familia las cosas siempre se repartieron claras. Los padres los querían igual: a Mariana y a Ángelo.
En casa siempre había ruido, risas, olor a bizcochos y promesas de excursiones interminables.
Pero doña Rosalía, la abuela, era diferente.

Angelito, ven aquí, mi vida susurraba la abuela los fines de semana en Toledo. Mira lo que te he guardado.
Nueces, peladas a mano. Y caramelos de violeta, fresquísimos.

Mariana, con siete años, miraba cómo la abuela sacaba un paquete secreto del vetusto aparador.

¿Y yo, abuela? murmuraba.

Rosalía la miraba brevemente, con un brillo seco y directo.

Tú, Marianita, eres bien apañada. Mira qué mofletes. Las nueces son para el cerebro, Ángelo debe estudiar, él es el hombre y sostén de la familia.
Venga, sacude el polvo de la cómoda. Las niñas han de aprender a trabajar.

Ángelo, avergonzado, agarraba el paquete y salía disimulando del salón, mientras Mariana se iba con su trapo.

No se dolía. Extraño, pero cierto: de pequeña, Mariana lo aceptaba como si fuera la lluvia.
Llueve, y la abuela quiere a Ángelo. Así es el mundo.

En el pasillo, la esperaba su hermano.

Toma, le pasaba media bolsa de caramelos y un puñado de nueces. Pero sin que te vea, que luego rezonga.

Te hacen falta a ti más, Mariana sonreía para la mente.

Bah, menuda tontería la mente ponía cara Ángelo. Si la abuela está como una chota. Tira, mastica rápido.

Se sentaban juntos en la escalera del desván y devoraban su botín prohibido. Ángelo siempre compartía. Siempre.
Hasta cuando la abuela le deslizaba billetes de veinte euros por lo bajini para «un helado», él iba corriendo a buscar a Mari:

Oye, para dos «Magnum» y una bolsa de chicles con pegatina nos sobra. ¿Vienes?
El hermano, su cómplice y salvador, suplía con cariño el vacío helado de la abuela tanto que Mariana ni lo notaba.

Los años pasaron. Doña Rosalía envejecía. Cumplidos los dieciocho de Ángelo, ella anunció solemnemente que le dejaba el piso de dos dormitorios en la Gran Vía.

¡La base de la familia ha de tener su propio rincón! dictaminó en la comida de domingo. Así podrá traer a su señora y no andar dando tumbos.

La madre solo suspiró. Conocía el carácter de su madre y no replicó, pero esa noche entró al cuarto de Mariana.

Hija, tú no pienses mal… Tu padre y yo lo vemos todo. Hemos decidido que el dinero que guardamos para el coche y ampliar el piso, te lo damos a ti.
Será tu entrada para una casa. Así es justo.

Ay, mamá, no te preocupes Mariana abrazó a su madre. Ángelo lo necesita más, que ya tiene planes con Ester. Yo aguanto de momento en la residencia.

Nada de eso, Mari. La abuela tendrá sus rarezas, pero nosotros somos padres. No hay diferencias. Así que coge el dinero y aquí no se discute.

Mariana no lo aceptó.

Ángelo se mudó a su piso tras la boda, y en el piso familiar de Chamberí hubo más espacio.
Mariana ocupó el cuarto del hermano, llenándolo de libros, su caballete y, por primera vez, la satisfacción de un espacio donde el cariño no se dividía en bueno o malo.

El tema herencia nunca afectó su relación con Ángelo. Al contrario, él arrastraba cierta culpa sonriente.

Ven, pásate por nuestra casa, invitaba. Ester ha hecho bizcocho. A la abuela… ya la conoces. Ayer llamó preguntando si me había gastado su dinero en tus caprichos.

¿Y qué le dijiste?

Que todo lo reventé en tragaperras y ribera del Duero de cinco estrellas se reía. Bufó tres minutos y luego soltó: ¡Eso te lo ha pegado Marianita!

Naturalmente sonreía Mariana. ¿Quién si no?

***

Cuando Mariana se casó con Jaime y nació la niña, el asunto de la vivienda volvió. Mamá, siempre diplomática.

Escuchad, hijos dijo. Nos queda amplio el piso familiar. Ángelo tiene ya el suyo. Vosotros, Mariana y Jaime, estáis en alquiler.
Propongo: vendemos y con lo que sacamos cogemos dos pisos, uno para papá y yo, y otro de dos habitaciones para vosotros.

Mamá intervino Ángelo. Yo renuncio a mi parte del piso. Tengo el de la abuela, me sobra y me basta. Que Mariana y Jaime se queden todo, lo van a aprovechar mejor. Les hace falta.

¿Pero estás seguro, Ángelo? Jaime, descolocado. Eso es mucho dinero.

Segurísimo. Mari y yo siempre compartimos todo. Ella se comió el desaire de la abuela, merece más.
Y aquí no se discute.

Mariana se echó a llorar, pero no por los metros, sino por su hermano; era el mejor hombre del mundo.

Vendieron el piso, todo arreglado. Mamá seguía yendo a cuidar de la nieta. Ángelo, con su familia, no fallaba ningún domingo.

Y doña Rosalía andando sola. Ángelo le llevaba la compra, arreglaba el grifo, escuchaba las quejas sobre salud y sobre «la ingrata de Marianita».

¿Ha llamado? ¿Ha preguntado por mi tensión, aunque sea una vez?
Abuela, tú nunca quisiste saber de ella susurraba Ángelo. No le diste ni una palabra amable en veinte años. ¿Por qué iba a llamar?

¡Quería educarla! proclamaba la anciana, orgullosa. Una mujer debe saber su lugar… Y mira, me quitó el piso y echó a su madre.

Ángelo solo suspiraba. Las explicaciones no servían de nada.

***

Mariana en la cocina, los recuerdos la visitaban con fragmentos:
La abuela apartándole la mano del tarro de mermelada. Elogiando el dibujo torpe de Ángelo pero ignorando la medalla de Mariana en la Olimpiada de Química.
En la boda de Ángelo, la abuela en su trono. A la de Mariana, ni fue: «Estoy enferma».

Mamá, ¿por qué no vamos nunca a ver a la yaya Rosalía? la hija asomó, curiosa. El tío dice que está muy malita.

La yaya solo quiere ver al tío Ángelo, cielo le acarició el cabello. Así ella se queda tranquila.

¿Es mala? La niña, escudriñadora.

No Mariana se lo pensó. Solo no supo querer a todos. Algunas personas solo guardan sitio para uno en su corazón. Así pasa.

Al anochecer llamó el hermano.

Ha terminado, Mari. Hace una hora.
Lo siento, Ángelo. Debe doler mucho, lo sé.
Te estuvo esperando hasta el final mintió él. Pero Mariana supo que era mentira, un intento de compensar la distancia con una paz final. Dijo: Que te vaya bien, Marianita.

Gracias, Ángelo… Ven mañana a casa. Hacemos algo sencillo. Hornearé una tarta.

Iré… Mari, ¿no te arrepientes de no haber ido?

No, Ángelo. Nada. ¿Para qué hacer teatro? Ni ella quería verme, ni yo a ella

Él guardó silencio un momento.

Quizá tienes razón suspiró. Siempre fuiste la sensata. Bueno, hasta mañana.

El entierro fue discreto. Mariana fue por su madre y su hermano. Alejada del grupo, bajo el cielo plomizo que parece encogerse en cada cementerio de la península. Cuando bajaron el ataúd, no lloró.
Ángelo la abrazó por los hombros.

¿Estás bien?
Estoy bien.

Mira, vaciló. Arreglando en su casa he encontrado una caja. Llena de fotografías viejas.
Tienes montones tuyas. Recortadas de fotos familiares, guardadas a parte.

Mariana arqueó las cejas, sorprendida.

¿Por qué?
No sé. Igual sentía algo, pero no sabía mostrarlo. O temía que al quererte menospreciara lo mío. Los viejos son un misterio.

Puede ser encogió los hombros. Ya no importa.

Salieron juntos bajo el paraguas, la figura grande de Ángelo y Mariana, serena junto a él.

Oye, dijo Ángelo llegando al coche. Creo que voy a vender ese piso. Me quedo una vivienda para mí, compro pequeñas para mis chicos, y el resto… ¿Montamos algo? ¿Un fondo, o ayudamos al hospital infantil? Al menos, el dinero de la abuela alegrará a otros

Mariana por fin sonrió, cálida, genuina.

¿Sabes, Ángelo? Esa sería la mejor venganza para doña Rosalía. La más dulce del mundo.

¿Entonces hecho?
Hecho.

Cada uno se fue por su lado. Mariana conducía por Madrid, con música suave, sintiendo el remanso de una calma absoluta.

Quizá tenía razón el hermano: que parte de ese dinero cure a algún niño. Así, sí. Eso es justo.

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MagistrUm
La abuela siempre tuvo un nieto favorito —¿Y yo, abuela? —preguntaba Katia en voz baja. —Tú, Cateri…