¿Por qué querríais iros a vivir al campo? Si todo el mundo trata de mudarse a la ciudad, y vosotros vais en sentido contrario. ¿Qué tiene de bueno eso? Yo, la verdad, no lo entiendo. Solo está bien en verano, en invierno no hay nada que hacer.
Mira, tengo una amiga, Carmen, que de verdad intentó convencerme a toda costa de que no nos fuéramos al pueblo. Nos sentó fatal, tanto a mí como a mi marido, Manuel. Era como si tuviéramos que vivir según lo que ella quisiera.
Después de casi un año buscando, por fin dimos con una casa que nos cuadraba y nos mudamos. Carmen me llamaba casi todos los días, medio en broma, medio en serio, para preguntarme si ya había encontrado trabajo, como si no supiera perfectamente que yo teletrabajo y que eso no pensaba cambiar. No paraba de preguntarme también: ¿Pero tenéis buen Internet allí?
Carmen nos vino a visitar a principios de octubre. Ya hacía más de un año que nos habíamos mudado. Dio una vuelta por nuestro terreno casi arrastrando los pies y, el resto del tiempo, se quedó en casa bebiendo cañas con su marido, Antonio, los dos días enteros que estuvieron aquí.
A pesar de tener invitados, nosotros seguimos a lo nuestro, bajando a la bodega a guardar las verduras y cerrando los tarros de conservas. El tercer día de la estancia, Carmen y Antonio empezaron a recoger sus cosas porque se iban esa misma tarde en autobús. No les preparamos ningún regalo. Pero fue la propia Carmen la que me pidió si les podía dar un saco de patatas y algo de manzanas.
Yo me ofrecí a bajar a la bodega a buscarlo todo, pero no quisieron mover un dedo con la resaca que llevaban. Les di una bolsa y un par de cubos para las manzanas. Refunfuñando por el aspecto de los cubos, se fueron ellos mismos a recoger la fruta. Yo me preguntaba cómo pensaban llevarse todo eso en el autobús. Pero cuando terminaron de coger las manzanas, lo entendí le habían pedido a Manuel que los llevara en coche.
Era un viaje de unas tres horas ida y vuelta hasta Madrid. Mi marido pilló la indirecta rápido y les dijo que ya se había tomado una cerveza, que así no podía conducir. Total, se fueron ellos solos cargados con sus bolsas. Después de eso, desaparecieron del mapa durante unos años. Sí hablábamos alguna vez, pero nunca volvieron a visitarnos. Igual soy mala, pero pienso que tampoco les hace tanta falta volver a mi pueblo.
Pero luego, a finales de noviembre, reaparecieron de repente en la puerta de casa, sin avisar ni nada. Según ellos era una sorpresa. Vinieron un fin de semana, pero la verdad, yo no estaba para muchos líos. Tenía plumas por todas partes y llevaba toda la semana pluma aquí, pluma allá, con un montón de pedidos para fin de año. Además, justo ese día todavía había tres reses liadas en el corral. Bueno, ya sabes, una sorpresa es una sorpresa.
Preparé una mesa en un visto y no visto. Carmen y Antonio comieron y bebieron como si nada, mientras Manuel y yo ni tiempo tuvimos de sentarnos. Por lo menos se ofrecieron a echar una mano, aunque claro muy bien no sabían cómo se pelan los pollos. Nosotros sí, que somos de campo.
Mis aves ya las tenía apalabradas para pedidos. Habíamos decidido matarlas para nosotros y nuestras familias antes del Año Nuevo, pero lo cierto es que no estaba nada cómoda con el asunto. Aun así, les ofrecí una oca, pero dejándoles claro que tendrían que desplumarla ellos. Dijeron que ya lo harían al día siguiente.
Llegó el día siguiente y… nada. Silencio total. Ellos esta vez vinieron en su propio coche y hasta compraron una oca. Antes de irse, les ofrecí unas verduras y unos tarros de encurtidos: Coged lo que queráis. Cargaron el maletero hasta arriba. Yo, sinceramente, feliz de que lo quisieran, tenemos de sobra para años.
Pero la siguiente pregunta de Carmen me dejó de piedra: ¿No os sobra algo de carne de vaca?
Le dije que no. Que de verdad no teníamos nada de carne de ternera de sobra. Primero cumplimos los pedidos y después, si acaso, matamos alguna vaca más. Que mucho campo, pero también tenemos que vivir, y si sobrara carne primero va para los padres y hermanos.
Supongo que acabaron enfadados con nosotros. Desde entonces, Carmen ni ha llamado ni ha mandado un mensaje. Y por una amiga en común me ha llegado que somos unos tacaños. Que vinieron al pueblo y se fueron sin carne, es lo que anda diciendoYo prefiero pensar que lo que tenemos aquí no se mide en cubos de manzanas ni en kilos de carne. Lo que vale de verdad no se puede llevar en el maletero. El campo nos ha dado paciencia, ganas de trabajar y una manera distinta de entender la vida, aunque algunos no lo entiendan. Cuando salgo por la mañana y respiro el aire frío sabiendo que la casa es nuestra y el pan lo hacemos aquí, ya tengo bastante.
A veces echo en falta las risas fáciles de otros tiempos, pero ahora escucho el zumbido de las abejas y me parece música. Sé que no todo el mundo aguanta este ritmo ni entiende la recompensa. Y puede que seamos tacaños para algunos, pero nosotros sabemos que en lo que se cultiva con las manos va siempre un poco del corazón. Eso, Carmen y Antonio, sí que no se puede pedir prestado.






