Cuando Francisco y yo nos casamos hace ya quince años, su madre me dejó claro desde el primer momento que nunca seríamos amigas. Nos casamos, pero durante una década, Francisco y yo no tuvimos hijos. Esperamos esos años largos y silenciosos, deseando formar una familia, hasta que por fin, el cielo nos bendijo con un hijo y una hija.
En aquellos años de convivencia, a Francisco le iba bien. Era director de una importante empresa en Madrid, así que pude dedicar mi tiempo a cuidar de nuestros hijos mientras estaba de baja maternal. Aquello me venía como anillo al dedo.
Mi madre vivía lejos, en Salamanca, así que no podía echarme una mano, y la madre de Francisco nunca cambió su actitud hacia mí en esos quince años. Para ella yo era una don nadie, una muchacha provinciana que había atrapado a su hijo. Mi suegra había soñado con una nuera de mejor familia para Francisco. Pero él me eligió a mí.
Mi mundo feliz se vino abajo de golpe.
Recuerdo aquella tarde al volver a casa tras un paseo por El Retiro con los niños, cuando vi un papel encima de la mesilla. Nada más entrar, noté que las cosas de Francisco ya no estaban en el piso. Me había dejado, y en aquella nota, escrita deprisa, apenas se leía: Perdóname, pero me he enamorado de otra persona. No me busques, sé que eres fuerte y que saldrás adelante Créeme, es lo mejor para todos.
Llamé al instante a Francisco, pero lo único que encontré al otro lado fue silencio. No volvió a contestar nunca. Francisco desapareció de nuestras vidas, dejando a los niños y a mí completamente solos. No supe nada: ni dónde estaba, ni con quién, ni por qué. Muy a mi pesar, decidí llamar a mi suegra.
Todo ha sido culpa tuya me dijo triunfante. Sabía que esto iba a acabar mal. ¿Qué esperabas?
Ya estaba completamente desorientada: ¿por qué era yo la culpable? ¿Había hecho algo mal? Me costaba comprenderlo, más aún pensar en cómo seguir adelante. Francisco no nos había dejado un solo euro, así que prácticamente no tenía recursos para mantenernos.
Todavía no podía volver al trabajo porque no tenía con quién dejar a los niños. Entonces recordé que hace años había conseguido un empleo de medio tiempo, redactando trabajos académicos. Gracias a eso, apenas logré aguantar medio año más. En todo ese tiempo, no supe nada de Francisco.
***
Una noche de otoño, alguien llamó a la puerta muy tarde. Pensé que sería algún vecino. Pero al abrir, allí estaba mi suegra, de pie en el umbral. Nada más verla, rompió a llorar y la invité a pasar. Resultó que la joven con la que Francisco se marchó era una estafadora que le había engañado y dejado sin un céntimo, arruinando a su vez a la familia. Ahora apenas podían sobrevivir. Mi suegra me suplicó que la dejara quedarse con nosotros. Y yo, aún hoy, no sé qué hacer: ¿debería perdonarla, o repetir con ella lo que ellos me hicieron no hace mucho y sacarla de mi vida para siempre?






