Querido diario:
Qué curiosa es la vida. Bien podría todo haber sido muy distinto. Mi vecina siempre se asombra de nuestra suerte: los hijos nos ayudan, los nietos vienen a vernos con frecuencia.
Hoy viene mi nieto mediano, Tomás. El abuelo pasa tiempo con él repasando matemáticas y le enseña a hacer dominadas en la barra que hay en el patio de la comunidad, aquí en Madrid.
Yo, Carmen Ruiz, y mi marido, Francisco Alonso, apenas hemos pasado los setenta. ¡Todavía somos jóvenes! Y tenemos tres nietos maravillosos.
Ayer por la tarde, junto con mis dos nietas, la pequeña Lucía y la mayor, Alba, horneé pastas. Así tendremos algo rico para acompañar el té, y para que Tomás también disfrute.
Carmencita, deberíamos comprar un globo terráqueo me sacó de mis pensamientos la voz de Francisco. Tomás y Lucía se lían mucho con el mapa. Hace falta un globo grande.
Y también un balón, que estuvimos viendo en el patio cómo jugaban al baloncesto los chicos, y Tomás quiere intentarlo.
Llamaron al timbre. Tomás volvió del colegio:
¡Hola, abuela! ¡Hola, abuelo! Os he comprado panecillos de semillas de amapola, vuestros preferidos.
Se descalzó y se lavó las manos nada más llegar. Todo como yo le he enseñado.
¿Qué tal te ha ido en el cole? ¿Qué notas sacaste? le preguntó Francisco.
Abuelo, un par de cincos en mates. ¿Me ayudas a entenderlo mejor?, sus ojos reflejaban frustración. Estoy hecho un lío, abuelo.
¿Pero qué pasó? Si la última vez lo dejaste todo claro. Venga, después comemos y lo repasamos.
Fran, acaba de llegar, déjale que coma primero y luego ya os ponéis a estudiar.
Pues entonces yo también quiero un buen plato de cocido con un poco de nata agria Francisco guiñó el ojo a su nieto, riendo.
Después de comer, Tomás y el abuelo se fueron a la mesa del salón. Yo les observaba marchar con ternura.
Pronto comenzará la temporada de la casa de campo. ¡Qué bendición! El aire fuera de la ciudad es fresco, dulce. Los más pequeños, Lucía y Tomás, vendrán con nosotros. Y Alba suele venir los fines de semana con mis hijos. Ya va a cumplir diecisiete.
Alba estudia enfermería, está haciendo prácticas en el hospital. Le gusta mucho. Quiere seguir formándose y sueña con ser doctora para ayudar a los demás. Es una chica valiente, amable y fuerte. Seguro logra lo que se proponga.
Me acerqué al mueble y tomé la foto de mi hijo:
Ay, mi niño, Daniel, si pudieras ver cómo vivimos ahora. Perdónanos, hijo, quizá papá y yo tuvimos parte de culpa. Quizás algo no hicimos bien. No supimos ayudarte, no pudimos, tú tampoco pudiste… elevé brevemente el mentón y parpadeé para que no salieran las lágrimas. No, hijo, no lloro. Espero y creo que, desde donde estés, ves cómo vivimos y te alegras. La vida es tan extraña… Llena de dicha y de pena. Poco pudiste ver, hijo. Pero ya es tarde; nada puede cambiarse.
¡Carmen!, ¿es que no me oyes? Julia y Marcos han llegado. Y Lucía viene con ellos.
¡Abuelita! la pequeña me rodeó el cuello con sus bracitos y me abrazó fuerte.
¡Mírame, abuela! Lucía apartó mi cara suavemente. ¿Ves qué bonito llevo el pelo? Igual que tú. Porque me parezco a ti. Te quiero muchísimo, abuela me dio un abrazo largo. Casi se me saltan las lágrimas.
No la agobies tanto, Luci Julia y Marcos reían viéndonos. ¿Te has olvidado de lo que querías regalar a la abuela?
¡Ay, es verdad, abuela, suéltame! Lucía se bajó de mis brazos y rebuscó una hoja en el bolso de su madre. Mira, lo he hecho en la guardería. Ésta eres tú, abuelo, mamá, papá, Alba, Tomás y yo. Os lo he pintado para vosotros. Nuestra familia grande. ¿Te gusta, abuela?
Muchísimo. ¡Y cómo se parecen todos! Francisco, ven enseguida a ver qué nos ha pintado la niña. Lo voy a enmarcar y ponerlo bien visible. ¡Qué preciosidad, toda nuestra gran familia!
Bueno, Carmen, nos tenemos que ir ya. Tomás, ¿lo tienes todo? No te dejes la mochila. Carmen, Francisco, por favor venid a comer mañana a casa. Los niños han preparado una función. Ahora nos vamos. Gracias, hasta mañana.
Se cerró la puerta. Francisco y yo nos sentamos a tomar té.
Qué afortunados somos, Paco, de tener una familia tan grande.
Sí, Carmencita.
¿Te acuerdas del día que Daniel trajo a Julia a casa? Yo estaba tan contenta… Pensé que Daniel por fin sentaría cabeza. Un año todo fue bien. Y luego volvió todo a lo de antes. Las malas compañías, esas chicas…
No sigas, Carmen, no llores Francisco me abrazó.
Y luego Julia se fue. Y Daniel… en una pelea desafortunada, le hirieron, y se acabó. Se fue nuestro hijo.
¿Qué te pasa hoy, Carmencita? él me secó las lágrimas.
Nada, Paco… es que Lucía me ha hecho ese dibujo. He pensado qué suerte que encontramos a Julia cuando estaba embarazada, cuando ya Daniel no estaba. Y que luego conoció a Marcos, y que, además de Alba, llegaron Tomás y Lucía a nuestra vida. Todos son nuestros, Paco, los queremos con locura.
Y si tuvimos que pasar por todo esto, sólo puedo decir que somos los abuelos más felices del mundo.
Nuestra gran familia, son los nuestros, los más queridos.
Donde hay amor y consejo, no hay desgracia.






