Sin nadie con quien hablar. Relato —Mamá, ¿pero qué dices? ¿Cómo que no tienes con quién hablar? ¡S…

Mamá, ¿cómo puedes decir eso? ¿Que no tienes con quién hablar? Si te llamo dos veces al día preguntó con cansancio Beatriz, su hija.

No es por eso, Beatriz. No me malinterpretes suspiró con tristeza doña Carmen Fernández. Es que ya no me quedan amigos, ni conocidos de mi edad. De mi época.

Mamá, no digas tonterías. Si tienes a tu amiga del colegio, Rosalia. Y, además, eres muy moderna, pareces mucho más joven. Por favor, mamá, no estés así… replicó la hija, visiblemente afectada.

Ya sabes que Rosalia tiene asma, y por teléfono no puede hablar apenas, enseguida le da la tos. Y vive al otro lado de Madrid, muy lejos. Éramos tres amigas inseparables, ya te lo conté tantas veces. Pero ya no queda Marisa, se fue hace años. Ayer vino Carmen, la vecina de al lado. Le invité a tomar un té, es buena mujer, viene a menudo. Se escapó por unas ensaimadas recién hechas para sus nietos. Me contó de sus hijos y de los nietos… Ella también es abuela y, aunque me saca quince años, tiene recuerdos totalmente distintos, otra infancia, otra escuela.

Me encantaría hablar con alguien de mi quinta, de mi tiempo confesaba doña Carmen, consciente de que su hija no lo comprendería del todo. Beatriz aún era joven; no estaba en esa etapa en la que una siente que su tiempo ha quedado atrás, y todo gira en torno a los recuerdos. Beatriz era buena, atenta… No era cuestión de ella.

Mamá, tengo entradas para el martes, para una velada de zarzuela, ¿te acuerdas que querías ir? Y deja ya esa melancolía, ponte tu vestido burdeos, con ese estás guapísima, de verdad.

Está bien, Beatriz, no te preocupes, cariño, no sé ni yo qué me pasa, será la noche Descansa tú también, hija, que siempre duermes poco cambió de tema Carmen con dulzura.

Vale, mamá. Buenas noches se despidió Beatriz antes de colgar.

Carmen se quedó un largo rato mirando en silencio las luces que titilaban en la noche madrileña, a través de su ventana…

Era como si regresara a la primavera de segundo de BUP. Tantos planes, tanta juventud Hace nada, le gustaba a Rosalia el chico simpático de la clase, Sergio Miranda. Pero a Sergio, la que le gustaba era ella, Carmen. La llamaba por la tarde al teléfono fijo, la invitaba a pasear. Pero Carmen lo veía como un buen amigo y prefería no darle falsas esperanzas.

Luego él se fue a la mili. Volvió años después, se casó. Seguía viviendo en el antiguo barrio de Rosalia, y conservaba aquel número de teléfono fijo. Lo recordó de pronto Carmen, movida por una súbita nostalgia, marcó el número. Tardó en sonar, hasta que, tras cierto crujido, respondió una voz masculina, tranquila:

¿Diga? Le escucho.

¿Será muy tarde? ¿Por qué marco? ¿Me recordará? ¿Será él? ¡Igual es otra persona!

Buenas noches la voz de Carmen vibraba entre la emoción y los nervios.

Otra vez el chasquido, y de repente, la sorpresa:

¿Carmen? ¿Eres tú? Pero claro, tiene que ser tu voz, nunca la olvidaría. ¿Cómo me has encontrado?

¡Sergio! Carmen sintió una calidez que la recorrió entera. Hacía tanto que nadie la llamaba solo por su nombre; solo era “mamá”, “abuela”, o “doña Carmen Fernández”. Bueno, a veces Rosalia, pero no así… No ese “Carmen”, tan sencillo y fresco, como la primavera.

¿Cómo te va, Carmen? Qué alegría escucharte oyó él, y su pecho se llenó de gratitud. Tenía miedo de que ni siquiera me reconocieras.

¿Recuerdas segundo de BUP? Las tardes en el parque, cuando tú y Víctor nos llevabais a pasear en bote al Manzanares… Lo de las palmas, las manos llenas de ampollas. El helado después en la plaza, con esa música sonando de fondo. La voz de Sergio, serena y nostálgica.

¡Claro que lo recuerdo! rió Carmen, rejuvenecida. ¿Y la excursión con la clase a la sierra, cuando no dábamos abierto ni una lata de fabada, y nos moríamos de hambre?

Sí, sí rió Sergio también. Fue Víctor quien al final la abrió y luego estuvimos cantando con la guitarra junto a la hoguera toda la noche. Por eso decidí aprender a tocarla…

¿Y aprendiste? preguntó Carmen, su voz chisporroteando de juventud ante el aluvión de recuerdos. Sergio iba recordando detalles, y parecía que todo volvía a ser posible.

Y bueno, ¿tú qué tal? Aunque, bueno, escuchándote, es evidenteeres feliz, ¿verdad? ¿Sigues escribiendo poesía? Sí, claro, “Perderse en la noche y renacer al alba”, ¡qué vitalidad transmitías entonces! Eras nuestro sol, Carmen, todo el mundo se sentía bien contigo. Tus hijos, tus nietos… son muy afortunados.

No digas disparates, Sergio. Mi tiempo ya pasó, yo…

Él la interrumpió:

¡Ni hablar! Tengo el auricular ardiendo de toda la energía que me transmites. No me creo que hayas perdido el hambre de vida. Aún es tu tiempo, Carmen. Disfruta, que el sol está ahí para ti.

Y el viento lleva las nubes por el cielo para ti.

Y los pájaros cantan para ti.

Sigues igual de romántico, Sergio. ¿Y tú? Que solo hablo de mí… pero de pronto escuchó un chasquido, y la llamada se cortó.

Carmen se quedó con el teléfono en la mano, dudando si devolver la llamada. Era tarde ya, mejor otro día.

Qué conversación tan buena, cuántos recuerdos compartidos… Un repentino timbre la sobresaltó. Era su nieta.

Dime, Lucía, no, no dormía. Sí, cariño, estoy bien. ¡Claro que iré con tu madre al concierto! ¿Te pasas mañana? Genial, aquí te espero, princesa.

Carmen se fue a dormir con una sonrisa, llena de planes para el día siguiente. Mientras se quedaba dormida, componía versos en su cabeza…

Por la mañana, decidió visitar a Rosalia. Apenas unas paradas en el tranvía, después de todo, no era ninguna vieja achacosa.

Rosalia la recibió con alegría:

¡Al fin vienes, llevas meses prometiéndolo! ¿Has traído tarta de abricotina? ¡Mi favorita! Anda, siéntate y cuéntame le dijo tosiendo, apoyándose en el pecho, pero enseguida la sonrisa le volvió. Ya estoy mejor, tengo nuevo inhalador. Vamos a tomar el té. Carmen, te veo rejuvenecida. ¿Qué ha pasado?

Será la quinta juventud, no sé respondió Carmen, cortando la tarta. Ayer llamé sin querer a Sergio Miranda, ¿te acuerdas de él? Tu chico en el instituto. No veas qué montón de cosas recordamos… ¡Me puso de tan buen humor! ¿Estás bien, Rosalia?

Su amiga la miró muy seria, de repente pálida. Y en voz baja, replicó:

Carmen, ¿no sabías que Sergio falleció hace un año? Y él ya no vivía allí, se mudó hace mucho tiempo…

¿Qué dices? ¿Cómo es posible? Pero si hablamos largo rato. Recordó hasta los detalles más tontos de entonces. Mi ánimo estaba fatal antes de llamarle Y después, entendí que la vida sigue, que aún puedo con todo ¿Cómo puede ser?, Carmen no daba crédito. ¡Era su voz! Y me dijo cosas preciosas: El sol brilla para ti. El viento mueve las nubes para ti. Los pájaros cantan para ti.

Rosalia negó con la cabeza, sin saber qué creer. Pero entonces, con una sonrisa pícara, sentenció:

No sé cómo ha pasado, Carmen, pero estoy segura de que era él. Sus palabras, su manera de hablar. Sergio te quiso mucho, y creo que ha querido animarte desde donde esté ahora. Y parece que lo ha conseguido. No te veía tan rebosante de vida desde hace años.

Algún día, alguien recogerá los trozos de tu corazón cansado y te recordará que, al fin y al cabo, eres sencillamente feliz.

Rate article
MagistrUm
Sin nadie con quien hablar. Relato —Mamá, ¿pero qué dices? ¿Cómo que no tienes con quién hablar? ¡S…