¿No os gusta? Pues podéis largaros dijo Asunción a los invitados no deseados.
Treinta años vivió Asunción en silencio. Su marido decía algoella asentía. Llegaba su suegra de improvisoella ponía agua para café. Venía su cuñada con maletasa ella le preparaba el cuarto del fondo. Un par de días, prometía la cuñada. Se quedaba tres meses.
¿Y qué iba a hacer? Si armaba follón, pensarían que era mala esposa. Si se negaba, dirían que era una desalmada. Así que Asunción soportaba. Incluso aprendió a no fijarse en cómo su vida se iba convirtiendo en la gestión de los deseos ajenos, poco a poco.
Su marido, Ramón Jiménez, era un hombre sencillo. Trabajaba como encargado de obras, adoraba los almuerzos con brindis sobre la amistad y maldecía al jefe entre risas. Llamaba a Asunción mi reina de la casa y de veras no comprendía por qué a veces lloraba en la cama, de noche. Si estás cansada, descansa, mujer. Si viene la familia, pon la mesa. Todo era fácil.
Al morirse Ramón, Asunción se quedó sola en el piso de tres habitaciones en Vallecas. El velatorio se celebró como mandan las costumbres: mesa, vino, discursos sobre lo buena persona que era. La familia vino, lloró y se marchó. Asunción pensó: Por fin, ahora podré descansar.
Pero no fue así.
A la semana llamó su cuñada, Rosario:
Asun, que mañana me paso. Llevo unas compras.
No necesito nada, Rosario.
¡Anda ya! ¿Cómo si fueras una extraña? ¡Y voy cargada!
Llegó con dos bolsas de garbanzos y una exigencia: dejar que el sobrino Bernardo, que va a estudiar en Madrid, se quedara en casa. Asunción, con cuidado, intentó negarse:
Pero tendrá residencia, ¿no?
Ya, pero ¿cuándo? ¿Y mientras dónde duerme, en la estación?
Asunción cedió. Bernardo tomó la habitación del fondo. Vivía descuidadamente: calcetines por el pasillo, platos en el fregadero, música hasta medianoche. Al final, ni llegó a empezar la universidad. Pero pilló un trabajo de repartidor y usaba la casa de Asunción de base operativa.
Bernardo, ¿no podrías ir sacando ya tus cosas? sugirió suavemente un mes después.
Tía Asun, ¿a dónde voy? ¡No tengo ni un euro para alquilar!
Unas semanas después apareció la hija de Ramón del primer matrimonio, Carmen. Traía consigo agravios de hace treinta años y exigencias:
Papá te dejó el piso, ¿y a mí qué? ¡También soy su hija!
Asunción se quedó muda, desorientada. El piso estaba a nombre de Ramón y, ahora, ella era la heredera legal. Pero Carmen la miraba como si hubiera robado algo.
¿Tú sabes lo duro que es esto para mí? siguió Carmen. Estoy sola con mi niña, de alquiler…
Asunción intentó explicarle que ese era su único hogar, que no tenía otro sitio ni dinero. Pero Carmen no escuchaba. No venía buscando comprensión, venía pidiendo justicia.
Y ahí empezó todo.
La familia empezó a aparecer mucho. Que si la suegra con el consejo de vender este piso y comprarte uno pequeño. Que si Rosario con otro sobrino distinto. Que si Carmen con nuevas quejas.
Cada vez que venían, Asunción preparaba la mesa, el café y escuchaba reproches.
Luego, lo fueron diciendo abiertamente:
Pero Asun, ¿para qué quieres tú sola tres dormitorios? le soltó Rosario, sorbiendo el café. Vende, compra un estudio, y con la diferencia ayudas a los niños.
¿A qué niños? preguntó Asunción, desconcertada.
Hombre, a Carmen. A Bernardo. Les hace falta.
Entonces miró a las invitadasla cuñada, Carmen, la suegray de repente lo entendió: no venían a consolarla. Venían a repartir.
Si no os gusta algo, podéis iros dijo en voz baja.
Silencio en la habitación.
¿Qué has dicho? repitió Rosario muy despacio.
He dicho que podéis largaros de mi casa repitió Asunción, esta vez claro y alto.
La miraron como si fuera una marciana. Como si hablara en japonés. O estuviera blasfemando.
¿Pero qué te crees? fue Rosario la primera en reaccionar. ¡Somos familia!
¿Familia de qué? preguntó Asunción, muy tranquila. ¿La que solo viene a cenar o a ver la tele?
¿Mamá, has oído lo que suelta? gritó Rosario a la suegra. ¡Ya te lo dije, una orgullosa!
La suegra se sentó en silencio. Siempre hablaba pocomás bien miraba. De esa manera suya silenciosa y resignada, y todos entendían: la desagradecida de Asun la vuelve a liar.
Doña Gloria dijo Asunción a la suegra. Treinta años enseñándome cómo vivir. Cómo servir al marido. Cómo poner la mesa. ¿Y cuando lloraba por las noches, sabe lo que me decía? Aguanta. Todas las mujeres aguantan. ¿Se acuerda?
Apretó los labios, la suegra.
Pues eso, que he aguantado. Pero ya se acabó. Ya no tengo paciencia. Como el aceite en la garrafa: había, pero se terminó.
Rosario agarró la bolsa:
¡Se lo contaré todo a Bernardo! ¡Para que sepa cómo eres en realidad!
Pues cuéntaselo. Sólo llévatelo de aquí mañana. Si no, yo misma saco sus cosas al rellano.
Se fueron dando un portazo que hizo temblar la lámpara de lágrimas. Asunción se quedó de pie en la cocina. Le temblaban las manos. El corazón le retumbaba. Se puso un vaso de agua y lo bebió de golpe.
Pensó: Dios, ¿pero qué he hecho?
Y luego: ¿Y qué he hecho tan malo? ¿Echar de mi casa a quienes venían a aprovecharse?
Esa noche no pegó ojo. Se dio vueltas, mirando al techo, con pensamientos danzando como prendas en la lavadora vieja: dando vueltas y vueltas, igual que siempre. ¿Y si tenían razón? ¿Y si era una egoísta despiadada? ¿Tal vez tendría que haber aguantado?
Por la mañana, todo estaba claro. Tan diáfano como la primera escarcha: aguantar, sí, pero lo temporal. Treinta años ya no es paciencia: es rendición.
Bernardo se marchó a los dos días. Rosario vino a buscarle, muy seria, sin mirar a Asunción a la cara. El sobrino metía cosas en silencio, murmurando sobre viejas amargadas. Asunción miraba y callaba. Antes habría llorado, pedido perdón, intentado convencer. Ahora, nada.
Una semana después llamó Carmen:
Hemos pensadoempezó con cautela.
¿Quién, hemos? cortó Asunción. Tu madre murió en el 92. Doña Gloria es mi suegra. Exsuegra.
Silencio furioso. Carmen no se esperaba ese giro.
Bueno, bueno… Que vaya, que no queremos pelear. Sabes que papá te quería.
Me quería, sí. A su manera. Pero el piso es legalmente mío. No os debo nada.
Pero, por justicia…
¿Justicia? rió AsunciónCarmen, ¿justicia sería que me felicitarais el cumpleaños, o llamaseis alguna vez sin pedir dinero? Eso sí sería justo.
Te has amargado dijo Carmen, helada. La soledad te hace dura.
No. Solo he dejado de fingir.
Las semanas pasaban lentas, elásticas. Asunción iba a su trabajoaún limpiaba en el hospitaly volvía a casa, cenaba sola. La vecina, doña Encarna, le traía a veces magdalenas:
¿Asun, cómo vas? ¿No te entristeces?
No, Encarna.
¿Y viene tu familia todavía?
Ya no.
Mejordijo Encarna, inesperadamente. Te he visto toda la vida y pensaba: ¿cuándo se plantará esta boba? ¡Bravo!
Asunción sonrió, de veras, por primera vez en años.
Pero lo más extraño no era el enfado de la familia. Era el silencio. Ya nadie a quien dar hola, nadie para compartir un café. Asunción comprendió, con el miedo de quien despierta en mitad de un sueño: nunca había vivido para sí.
Y ahora… Tocaba aprender a vivir su vida. Eso asustaba más que todos los reproches del mundo.
Al mes, Rosario apareció de nuevas. Sin avisar. Con Bernardo, la suegra y Carmen, todos. Como una invasión relámpago.
Asunción abrió y allí estaban. Serios en el rellano, en formación. Rosario delante, los otros al fondo.
Bueno, Asundijo Rosario, triunfal, ¿ya lo has pensado mejor?
¿El qué? preguntó Asunción.
Lo del piso. ¿Lo vas a vender ya?
Asunción los miró despacio, uno a uno. Venían en serio. Seguro pensaron que un mes sola la habría quebrado. Que llamaría rogando volver.
Pasad dijo. Ya que estáis aquí.
Entraron, se sentaron en la cocina. La suegra fue directa a la nevera; Carmen, móvil en mano, trasteando. Rosario se puso enfrente de Asunción, cruzando los brazos.
Asun, tú sabes que sola esto no puedes llevarlo. La comunidad, las reformas. Vamos, ¿para qué tanto espacio?
Me gusta el espacio contestó tranquila.
¡Pero si estás sola! saltó Carmen, dejando el teléfono. Mira el plan: vendes este piso, compras uno chico, en Carabanchel. Te llevas 180.000 euros. 60.000 para mítengo a la niña60.000 para Bernardopara carreray 60.000 para tipara cuando seas vieja.
Calló Asunción. Miró a Carmen. Su cara segura, las uñas perfectas, el bolso caro.
O sea, habló Asunción despaciome voy a un barrio en las afueras para que os toque a cada uno sesenta mil.
¡Es lo justo! protestó Carmen. ¡Papá se dejó la vida en esta casa!
No dijo Asunción en voz baja. Se la dio el Estado, en el 84, por joven ingeniero. Las reformas las pagué yo. Con mis ahorros.
Asun, no empiecesintervino Rosario. Que vamos de buenas, somos familia.
Y ahí dentro, algo se rompió. Un clic, como una bombilla fundida.
¿Familia? repitió Asunción. ¿Dónde estaba esa familia cuando me operaron hace tres años? ¿Quién vino a verme? Rosario, ¿tú viniste?
Rosario se removió, incómoda:
Tenía líos entonces…
¿Y usted, doña Gloria? ¿Llamó alguna vez?
Nada. Silencio, mirando a la ventana.
Y tú, Carmen, ¿sabías siquiera que estuve ingresada?
Nadie me avisó susurró.
Claro. Porque os daba igual. Igual que ahora. No habéis venido por mí. Habéis venido por el piso.
Asun, ¿tienes un ataque o qué? protestó Rosario.
No. Es que, de verdad, se acabó. ¿Lo veis? Se acabó la paciencia.
Se levantó, fue a la entrada y abrió la puerta.
Fuera. Ahora. No volváis más.
Pero, ¡te has vuelto loca!saltó Carmen. ¿Quién te crees que eres? Ni eres de esta familia…
Eso asintió Asunción. Y qué alivio.
Rosario saltó de la silla:
Si lo hubiera sabido Ramón…
Lo sabía todo, Rosario suspiró Asunción. Siempre me hizo ceder. Pero ahora llevo yo el timón.
¡Te arrepentirás! escupió Carmen. Cuando estés vieja y enferma, vendrás arrastrándote…
Asunción sonrió. Cansada, casi feliz.
Carmen, tengo cincuenta y nueve. Llevo treinta años pensando que si soy buena, me querrán. Que si me pliego a todo, me valorarán. Pero fue al revés: cuanto más cedía, más exigían. Así que no. No iré a buscaros nunca.
Se marcharon en silencio. Rosario, roja hasta las orejas. La suegra, labios apretados. Carmen, dando un portazo.
Asunción quedó temblando en el recibidor. Un martilleo le cruzaba las sienes. Fue a la cocina, se sentó, rompió a llorar.
No por pena: de descanso.
A la semana, llamó doña Encarna:
Asun, he oído que has discutido con toda la parentela.
Nada, solo he dicho la verdad.
Pues muy bien hecho. Mira, tengo una nieta: Paula. Treinta años, dejó al marido. Anda sola y perdida. ¿Queréis que os presente? Es buena chica, muy trabajadora.
Se conocieron. Paula era callada, tímida. Trabajaba de contable y alquilaba en una residencia. Venía a tomar café a casa de Asunción; hablaban y hablaban horas.
¿Y si te vienes a vivir conmigo? propuso un día AsunciónTengo esta habitación libre. Solo pagas la luz y el agua.
Paula se mudó un mes después. Resultó fácil convivir con un desconocido, si este te respeta y no impone nada.
Asunción se sacó el carné de la bibliotecala de la esquina, donde había trabajado de joven. Ahora iba de lectora. Cogía libros por puro placer.
A veces pensaba en la familia. ¿Dónde andarían? Rosario con Bernardo. Carmen con su hija. La suegra…
Pero no sentía ni pizca de ganas de llamar.
Medio año después, doña Encarna le puso al día:
¿Sabías? Rosario se ha marchado con el hijo, a la residencia de estudiantes. Dice que el pueblo le asfixiaba.
Pues muy bien respondió Asunción.
Y Carmen, se nos ha casado. Con un empresario, nada menos. Dicen que va pisando fuerte.
Me alegro por ella.
Doña Encarna la miró, curiosa:
¿Y no te da envidia?
¿De qué?
Hombre, que se han apañado sin ti.
Asunción sonrió:
Doña Encarna, siempre se apañaron sin mí. Yo solo me di cuenta ahora.
Por la noche, sentada junto al ventanal, oyó los faroles chispeando, niños volviendo a casa, gente apresurada. Paula cocinaba, tarareando bajito en la cocina.
Asunción pensó: esto es, la felicidad. No radica en el beneplácito de la familia. Radica en poder decir no y, después, seguir viviendo.
¿Y tú? ¿Alguna vez has soñado con expulsar a la familia del sueño de tu propia casa?







