Mi vecina de la parcela creyó que mi cosecha era de todos, pero le enseñé rápido que aquí la cara du…

Querido diario:

Mi vecina de la parcela decidió, por las buenas, que mi cosecha era de uso común, pero tuve que enseñarle rápidamente que aquí, en Castilla, quien no trabaja no come.

¡Ay, venga, mujer, no seas tan agarrada! ¿Qué te cuesta darme un par de pepinos? Si se te van a quedar pasados, se pondrán feos. Si vieras, han venido mis nietos y necesitan vitaminas. No seas tan avara, ¡si vivimos puerta con puerta!

Isabel se asomó por encima de la valla baja de alambre que separa nuestras parcelas. Su cara ancha se deshacía en una sonrisa empalagosa. En una mano llevaba un cuenco esmaltado ya a medio llenar de fresas, que, por supuesto, eran de mi huerta, y con la otra mano intentaba alcanzar una ramita de grosellas que crecen entre mis arbustos.

Yo me encontraba de rodillas, desbrozando las minúsculas malas hierbas entre las zanahorias, y me enderecé con un crujido en la espalda que me recordó que no tengo veinte años. Me limpié la frente con el dorso de una mano embarrada y miré a Isabel, con esa mirada pesada que uno desarrolla a base de batallas. Eso de “somos paisanos” llevo escuchándolo tres años, desde que mi marido, Andrés, y yo compramos esta parcela y transformamos el rastrojo en un vergel ejemplar.

Isabel le dije con calma pero con firmeza. También tienes fresas en tu huerta, te las he visto. ¿Por qué no recoges las tuyas?

¡Uy, anda que lo mío son fresas! hizo un gesto desdeñoso. Pequeñajas, ácidas, y para colmo los caracoles se lo comen todo. Yo no tengo tu maña con los abonos ni los cuidados, lo mío es todo de la tierra, al natural. Pero mira qué fresones te salen a ti, ¡como puños! Es pecado dejar que se echen a perder. Además, tú y Andrés sois solo dos, ¿para qué tanto? ¡Que os vais a empachar!

Resoplé. La lógica de Isabel era inquebrantable. Su filosofía: si tienes mucho, estás casi obligado a repartirlo con quienes no tienen, aunque ese “no tener” venga, simplemente, de no molestarse en trabajar.

La parcela de mi vecina daba pena: manzanos retorcidos, llenos de musgo, bancales solo removidos en fiestas y una plaga de dientes de león colonizando hasta mi lado de la valla. Isabel venía al campo a desconectar: se tumbaba en la hamaca, asaba chorizo barato en un par de ladrillos y ponía “Radio Castilla” a todo volumen.

Yo, sin embargo, soy fanática del huerto. Cada mata era como una hija. Pido semillas raras por internet, me levanto al alba para abrir el invernadero y riego hasta que oscurece. Cada tomate y cada pepino son hijos de mis riñones doloridos y de noches en vela por las heladas de marzo.

Deja el cuenco, Isabel le dije. Las fresas las reservo para hacer mermelada. Cada una la tengo contada.

¡Ay, ya estamos! resopló ella. Más agarrada que un chotis. Anda, que no es para tanto, ¿no me vas a quitar lo que ya he cogido para los niños?

Antes de poder reaccionar, se metió una fresa enorme en la boca y con aires de dignidad se largó hacia su casa, cuenco en mano.

Me quedé un rato quieta, sintiendo un enfado sordo recorrerme. Andrés apareció del cobertizo con el azadón. Observó la escena pero no dijo nada. Lidia fatal con peleas entre mujeres.

¿Otra vez Isabel por aquí? preguntó, acercándose.

Como una cabra en prado ajeno resoplé. Ya es descaro, Andrés. El otro día cortó los calabacines mientras fuimos al súper. Pensé que os los ibais a dejar, dice. Y hoy, directamente, recogiendo la fresa.

Pues pon una valla alta sugirió él. De esas de metal de dos metros.

No se puede y esta vez suspiré de verdad. Según las normas del vecindario, sólo podemos poner valla baja o seto, nada de tapia que tape el sol. Y dinero, menos todavía, con lo que nos ha costado el invernadero.

Y aquello iba a peor según pasaban las semanas. Julio fue tórrido, la huerta a reventar. Los tomates maduraban en racimos, los pepinos crujían nada más verlos y los pimientos se llenaban de jugo. Y cuanto más frutas tenía yo, más veces asomaba Isabel al otro lado de la valla.

Un sábado, se le llenó la casa de invitados: amigos, música, cañas y mucha algarabía. Por la tarde, salgo a regar, y allí se acerca Isabel, ya con el punto subido.

¡Sole! me gritó. Hazme el favor, mujer. Nos hemos quedado sin nada para picar. ¿No tendrás tomates de esos Corazón de Buey y algo de lechuga? Que ir al súper es un palizón y los muchachos están pidiendo más jarana…

Me apoyé en la manguera, dejándola escurrir entre los rosales.

Mis tomates aún no están del todo maduros, Isabel, y los buenos me los llevo mañana, que voy a ver a mi hija al pueblo.

¡Ay, deja de quejarte! se asomó más aún, apestando a alcohol. Ahí mismo los tienes, bien rojos. ¿Te da pena dárselos a tus vecinos? ¡Si yo luego te traigo un chocolatito!

No. Le dije, firme.

Isabel se le esfumó la sonrisa y se le clavaron los ojos.

¡Pues quédate con tus tomates! ¡Ojalá se pudran! ¡Menuda vecina! ¡No te pido ni un grano en Navidad! ¡Vámonos, qué rancia!

Se marchó pisando fuerte. Toda la tarde escuché risitas y comentarios sarcásticos desde su porche. Decían cosas como “castellana tacaña”, “con lo que gana y escatima esto”, sus verduras están llenas de químicos…. Aguanté las lágrimas, subí el volumen de la tele y cerré ventanas.

A la mañana siguiente, salí al porche y me encontré la puerta del invernadero recién comprada entreabierta. Sentí el corazón encogerse. Corrí a los bancales.

Efectivamente. Las matas de tomates grandes, destrozadas, ramas rotas, frutos arrancados, un caos. Los mejores tomates robados, los pepinos, menos que antes, y un enorme calvo en las hierbas aromáticas. Era más que un simple hurto: era una falta absoluta de respeto a mi tiempo y trabajo.

¡Andrés! grité, aún temblando.

Él llegó al momento, analizó el estropicio y frunció el ceño.

Esto ya no es ninguna broma, Sole. Eso es delito.

¿Qué delito, Andrés? ¿Quién va a demostrarlo? ¡Sin cámaras! Sólo tiene que negarlo, y dices tú que la conoces, que se pone brava.

Me acerqué a la valla. Del lado de su casa, silencio. Los restos de mi ensalada, perfectamente identificables, en un cuenco vacío. Tomates Corazón de Buey y mi perejil rizado. El colmo.

Hasta aquí dije, sintiendo temblor en la voz. He sido paciente. Ahora vamos a usar cabeza y un poco de química.

No vayas a liarla, por favor pidió Andrés.

Nada ilegal le sonreí. Sólo psicología y físico-química.

El plan fue casi instantáneo. Fui al centro de jardinería de Ávila y volví cargada de cosas extrañas: traje amarillo con capucha, mascarilla, pulverizador y varios tintes alimentarios azules, más una botella del jabón más pestilente que encontré.

Esa tarde-noche, monté la función. Me vestí entera de amarillo, mascarilla y guantes. Andrés, con vieja chaqueta y gasa en la boca. Salimos al invernadero.

Ante la mirada cotilla de media urbanización, llené el pulverizador con agua, medio frasco de tinte azul y jabón. Salía un olor entre químico y médico ya sólo al manipular el barril. Al rociar tomates, pimientos y coles, todo el bancal quedó manchado de azul, como si hubiera pasado Chernóbil o lo hubiésemos rociado con sulfato de cobre bestial.

Isabel se acercó a la valla.

¡Sole, qué haces ahí vestida de apocalipsis! ¿Una plaga? ¡Vaya peste!

Me giré, sin quitarme la mascarilla.

¡Peor! Encontré en Internet una enfermedad de las nuevas: virus mosaico con hongo. Hay que usar productos especiales. AgroTóxico Pro. Mata todo bicho, incluso ratones y pájaros. Y si alguien come antes de 21 días, intoxicación segura. A mí me da igual arriesgar el pellejo con tal de salvar la cosecha…

Ella palideció.

¿Veintiún días dices? ¿Y si sólo lo toco?

Si te lavas las manos rápido con vinagre, puede que nada. Si te rozas ojos o boca… es mejor no pensarlo.

Volví al trabajo. Isabel se alejó asustada y luego prohibió a sus nietos acercarse a la valla: “¡Cuidado, ahí hay veneno!”.

Nosotros en casa, sin que nadie viera, lavábamos los pepinos con agua limpia y nos los zampábamos. Aguantamos así días, los tomates azules ahuyentaban a todos, hasta las aves.

Pero Isabel es lista. Una semana después, el miedo ya no pesaba tanto como la desconfianza.

¡Sole! gritó en sábado. ¿Por qué comes esos pepinos? ¡Dijiste que no se podían en tres semanas!

Tomando café y devorando un pepino en mi porche, seguí el juego.

Estos son del súper, Isabel. De Marruecos. Los míos siguen ahí colgados, azules. ¿Tú te crees que me voy a envenenar?

Ella sospechó.

¿Y por qué no se va el azul con la lluvia? insistió.

¡Porque es nanotech, de absorción sistémica! improvisé. Penetra hasta el alma de la planta. Lo último.

Se fue murmurando, pero no se acercó más a la parcela.

Llegó la gran recogida. Tras llover y pegar el sol, el azul casi había desaparecido de los tomates. Decidí que por si acaso forzaba la suerte: antes de irme dos días a Salamanca, dejé un candado y colgué un cartel de imprenta, plastificado:

*¡Atención! Grabación de vídeo en curso. Parcela tratada con productos fitosanitarios experimentales de clase 3. Consumir sin desinfección especial acarrea daños irreversibles al sistema digestivo. Comunidad de vecinos avisada. Se llama a la policía en caso de allanamiento.*

Evidentemente, la cámara era mentira, pero el aviso imponía.

Al volver, Isabel se encontraba discutiendo con Don Pedro, el presidente de la comunidad. Le señalaba el cartel con indignación.

¡Pedro, mira lo que ha hecho esta mujer! ¡Nos está envenenando, experimenta delante de los niños! Que le prohíban usar química, ¡que quite esas cámaras, que no grabe mi vida privada!

Don Pedro suspiró al verme acercar el coche.

Soledad, buenos días. Tenemos aquí una pequeña reclamación

Ningún producto ilegal, Don Pedro. El cartel es, sobre todo, disuasorio. Por si alguna persona, más lista que trabajadora, quisiera coger lo ajeno. Y sobre los niños enfermos… quizás si no se colaran aquí a mangar tomates y hierbas, no les dolería la barriga.

Isabel enrojeció.

¡A ver, demuéstralo! ¡Yo nunca he entrado!

Le miré a los ojos.

Tengo grabación, Isabel. La cámara de verdad la puse antes de irme. Si quiere, la vemos ahora con Don Pedro, a ver qué tal salís en la cinta tú y tus invitados cogiendo pepinos…

Isabel se quedó muda, se le subieron manchas rojas al cuello. Sabía bien que sí habían entrado.

¡Ni quiero tus tomates, ni tus pesticidas! me gritó. ¡Ya me los apaño yo sola!

Salió corriendo y se encerró de un portazo.

Pedro me sonrió de lado.

Muy eficaz, Soledad. Por cierto, ¿de verdad es tan letal ese invento azul?

Tinte de repostería y jabón, Don Pedro le dije. Mata pulgones, y el descaro, aún mejor.

Deberíamos recomendarlo en la comunidad, ¡qué gran idea para los listillos!

A partir de entonces, Isabel y yo entramos en fase de guerra fría: ni saludo, ni un cruce de palabra, ni asomo a la valla. A todos contaba que tenía a una bruja por vecina. Yo lo prefería: mi cosecha quedó intacta.

Pero la mayor sorpresa llegó al abrir la temporada siguiente. El solar de Isabel estaba recién arado, ella sudando, plantando plantones, maldiciendo pero trabajando. Las lechugas y tomates que puso salieron enclenques, pero suyos.

Me acerqué a la valla.

Que el trabajo te cunda, Isabel le solté amistosa.

Ya puedo sola gruñó ella, sin perder el orgullo. Natural, nada de tus experimentos de laboratorio.

Nada hay mejor que el fruto del trabajo propio, Isabel.

A mitad del verano, ya protegía ella misma sus pepinos. Un día la vi gritar a unos niños que corrían tras una pelota que se metió entre sus plantas.

¡Fuera del huerto, aquí hay sudor y esfuerzo! ¡Esto cuesta mucho! les chilló.

Andrés y yo nos echamos a reír ante la escena.

¿Ves? le dije. No hace falta tapia, el trabajo enseña mejor que cualquier valla.

Al cerrar la temporada aquel año, Isabel se acercó a la valla con un tarro de pepinillos caseros de aspecto dudoso.

Toma me ofreció tímida. Los he hecho yo. Anímate a probarlos, la receta la saqué de una revista.

Recibí el tarro como quien recibe un regalo de reyes.

Gracias, Isabel. Yo te daré semillas para la próxima temporada, de las Corazón de Buey. Hay que plantarlas en febrero, si quieres te enseño.

Ella asintió, mordiéndose la sonrisa.

Bueno… vale, siempre que no te importe.

Para quien trabaja, no molesta compartir, Isabel.

Nos quedamos un rato mirando el atardecer sobre los huertos. El cartel ese de los venenos ya se lo había llevado el aire, pero el respeto y la frontera invisible quedaron. Y esa sí sirve más que cien vallas.

Aquel año batí mi propio récord de botes de conserva. Y ni uno solo se perdió.

Si alguna vez alguien lee mi diario, que recuerde: lo mejor para curar el morro ajeno es enseñar a valorar el trabajo propio… y saber usar el sentido del humor.

Soledad.

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MagistrUm
Mi vecina de la parcela creyó que mi cosecha era de todos, pero le enseñé rápido que aquí la cara du…