— No eres una esposa, eres la criada. ¡Y encima, ni siquiera tienes hijos! — Mamá, Helena va a qued…

No eres su esposa, eres su criada. ¡No tienes hijos!

Mamá, Elena se va a quedar aquí una temporada. Estamos reformando el piso, no se puede vivir allí. Hay una habitación libre, ¿por qué iba a quedarse entre el polvo? dijo el marido de Elena.

A él, por lo visto, no le molestaba en absoluto la idea, pero de su esposa y de su madre no podía decirse lo mismo. Su madre jamás soportó a su nuera.

Tengo que trabajar, no me puedo quedar aquímurmuró Elena.

Su mujer teletrabajaba, necesitaba tranquilidad y silencio. Jacobo pasaba el día fuera, así que no resultaba sencillo compartir techo con la suegra. Y Elena estaba acostumbrada a estar sola en casa, sin que nadie la incordiase.

Elena miraba a su suegra y no encontraba las palabras. La suegra no la quería en su casa, pero no parecía haber otra alternativa. Se sentaron a la mesa para cenar.

Elena, ¿puedes traer tu ensalada estrella? pidió Jacobo.
Jacobo, no comas esa cosa llena de porquerías. Te he hecho otra, mucho más sana protestó la suegra.

La cara de Elena cambió de golpe. Su marido era alérgico al tomate¿cómo podía ella olvidarlo? Cuando Jacobo era niño, a su madre no le importaba. Decía que no hacía falta ir al médico, le daba una pastilla y asunto resuelto.

Es alérgico. ¿Por qué has puesto tomate en la ensalada? dijo Elena.
¡Qué tontería! Sólo es un tomate, no va a pasarle nada replicó la suegra.
Se va a poner malo.
Elena, tranquilízate ya. No tiene ninguna alergia. Su madre le conoce mucho mejor que tú.
Soy su esposa. Me ocupo de mi marido.
No eres esposa, eres su criada. ¡No tienes hijos! Cuando los tengas, hablamos.

Elena se levantó bruscamente de la mesa y se encerró en la habitación. Su suegra siempre lograba apuñalar donde más dolía. Jacobo fue enseguida a consolarla.

Jacobo, lo siento. Es mejor que me vaya con mis padres. O que teletrabaje desde la oficina. No puedo vivir aquí con tu madre.
Déjame hablar con ella. Te prometo que esto se acaba.
No, esto ya lo hemos intentado mil veces. Bajo el mismo techo, no podremos entendernos jamás.

Durante un tiempo tuvieron que alquilar otro piso para evitar un escándalo familiar aún mayor. Por supuesto, la suegra se lo tomó a mal, pero no le quedó más remedio. Y Elena no cabía en sí de alegría por tener un marido tan amable y comprensivo.

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