«La madre de mi esposa es rica, nunca necesitaremos trabajar» – así presumía mi amigo.

La madre de mi esposa es rica, jamás necesitaremos trabajar se regodeaba mi amigo.

Os contaré el caso de un conocido mío, Lorenzo, quien siempre fue un artista del escaqueo y no perdía ocasión para vivir a costa ajena. Su plan era bien claro: conquistar a una chica de familia acomodada y dejarse cuidar el resto de su vida. Yo, que no soy tonto, veía perfectamente que él no la quería; aquello solo podía acabar como el rosario de la aurora. Pero Lorenzo estaba convencido: una mujer adinerada era la receta infalible para una vida fácil y despreocupada. Bueno, si ella al menos supiera de qué va eso de ganar dinero… Pero resulta que la fortuna familiar no era cosa suya, sino de su madre, la señora Carmen, una empresaria de armas tomar con media docena de tiendas bien plantadas por el centro de Madrid.

Un día traté de hacerle entrar en razón:

Hombre, ¿de verdad piensas que te van a mantener por la cara? Lo suyo es ser independiente y tener un trabajo.
Ay, déjalo ya, hombre. Además, estamos esperando un niño, confían en mí totalmente me soltó tan pancho, medio riéndose.

Nunca lograba entenderle. Aquello, que queréis que os diga, no me parecía ni medio bien. A una chica no se le hace eso. Cada uno debería ganarse el pan, y punto.

Pasaron unos meses y la curiosidad me pudo. Un día le pregunté a qué se dedicaba. Y ahí va el plot twist: ni Lorenzo ni su mujer, Isabel, movían un dedo. Se pasaban el día jugando a la consola, viendo la tele o dando cabezadas de siesta en siesta. La señora Carmen les alimentaba, les pagaba los caprichos… Y bueno, un poco de envidia sí que me daba, no os voy a engañar. Lorenzo había conseguido su sueño dorado.

Mira, mi suegra es rica, nunca en la vida necesitaré trabajar seguía presumiendo él, mientras le pedía a la vida otra tapita y otra caña.

Pero claro, lo bueno no dura eternamente. Las cosas en las tiendas de la señora Carmen empezaron a ir regular, los ingresos cayeron en picado. Ella, muy práctica, ni corta ni perezosa, les propuso a su hija y yerno trabajar como el resto de los mortales.

Un mes después de nuestro encuentro, recibo una llamada. Era Lorenzo, con un tono tan atribulado que ni le reconocía:

Oye, tío, ¿me podrías prestar cinco mil euros para dos semanas? Estoy buscando trabajo, tengo una entrevista, cobro el anticipo y te los devuelvo. De verdad, estamos en la ruina me confesó, más mustio que un lunes de enero.

Así terminó su etapa de vida sin preocupaciones. Desde entonces, tanto él como Isabel trabajan, como cualquier hijo de vecino. Y sí, me devolvió el dinero. Qué queréis que os diga, lo de confiar en la familia rica, como veréis, tiene fecha de caducidad. Mejor ser autónomo y apañarse por uno mismo. Ahí radica la verdadera tranquilidad y felicidad, y lo demás es cuento chino (o más bien, leyenda urbana castiza).

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«La madre de mi esposa es rica, nunca necesitaremos trabajar» – así presumía mi amigo.