Mamá, sonríe A Arancha nunca le gustaba cuando las vecinas venían a su casa y le pedían a su madre,…

Mamá, sonríe

María nunca soportaba cuando las vecinas venían a casa para pedirle a su madre que cantara una canción.

¡Canta, Carmen, que tienes una voz preciosa, y bailas tan bien! animaban entre risas. Su madre empezaba a entonar, y pronto todas coreaban y algunas hasta bailaban en el patio, formando fiesta bajo el sol.

Por aquel entonces, María vivía con sus padres en un pueblo de Castilla, en su propia casita. También estaba su hermano pequeño, Tomás. Su madre era alegre, siempre amable, y cuando las vecinas se marchaban les decía sonriendo:

Volved el próximo día, hemos pasado un rato estupendo, y ellas prometían volver.

A María le incomodaba ver a su madre bailar y cantar; hasta se avergonzaba. Cursaba entonces quinto de primaria y una tarde soltó:

Mamá, no cantes ni bailes, por favor… Me da vergüenza aunque ni ella misma entendía el motivo.

A día de hoy, ya adulta y madre también, todavía se pregunta por qué sentía aquello. Pero entonces Carmen le dijo:

Mari, no te avergüences, hija, al contrario, alégrate cuando notes la alegría en casa. No estaré siempre bailando y cantando, esto se disfruta mientras se es joven

María ni lo pensaba ni lo entendía: la vida no siempre sería divertida.

Al pasar a sexto, y Tomás estar en segundo, su padre se fue de casa. Recogió sus cosas y se marchó para no volver. María no supo jamás qué ocurrió entre sus padres. Ya de adolescente se atrevió a preguntar:

Mamá, ¿por qué papá se fue y nos dejó?

Lo entenderás cuando seas más mayor, respondió Carmen.

Carmen aún no podía contarle que, al volver olvidada la cartera una mañana, había sorprendido a su marido, Javier, con otra mujer en su cama, Clara, su vecina de toda la vida. Los niños estaban en el colegio y ella, al abrir la puerta ya sin seguro, se quedó inmóvil ante la escena; Javier y Clara la miraron sorprendidos, como si preguntaran ¿qué haces en casa a estas horas?

Por la tarde, cuando él llegó, hubo discusión. Los niños jugaban fuera y no escucharon nada.

Te he hecho la maleta. Llévate tus cosas y vete. Nunca te perdonaré la traición.

Javier imaginó que no había esperanza, pero intentó hablar:

Carmen, ha sido un error, las cosas se pueden olvidar, por los niños

Te lo he dicho, vete, fueron las últimas palabras y salió al patio.

Javier cogió sus cosas y se marchó. Carmen lo miró tras la esquina, sin querer que la viera, su dolor era demasiado intenso.

Saldremos adelante, con o sin él, pensaba, llorando por dentro. No le puedo perdonar jamás.

No perdonó. Se quedó sola con sus dos hijos. Sabía que sería duro, pero no se imaginaba cuánto. Tuvo que buscarse la vida en dos trabajos. Limpiaba casas por las mañanas y de noche trabajaba en una panadería. Apenas dormía, y la sonrisa desapareció de su rostro.

Aunque su padre se fue, María y Tomás lo veían. Él vivía a cuatro casas de distancia; Clara tenía un hijo de la edad de Tomás, ambos iban juntos a clase. Carmen no prohibía a los niños ir a ver a su padre. Jugaban los tres en casa del padre, pero para comer volvían siempre a casa. Clara nunca los invitaba, solo les permitía jugar.

A veces el hijo de Clara se iba con María y Tomás a su casa, y las vecinas miraban extrañadas. Carmen daba de comer a todos, nunca discriminaba al hijo de su exmarido. Sin embargo, María jamás vio sonriente a su madre después de aquello. Carmen era buena, cuidaba, pero se cerró en sí misma.

A veces, al volver del colegio, María sentía la necesidad de que su madre le hablara, le contaba cómo habían ido las clases, alguna anécdota divertida:

Mamá, ¿te imaginas? Genaro llevó un gatito a clase y empezó a maullar. La profe no entendía de dónde venía el ruido, creía que era Genaro; y al final, al ver que el gato salía de la mochila, echó a Genaro con el animal y llamó a su madre.

Ya, sí… contestaba Carmen, ausente.

Nada le alegraba ya. Por las noches, María oía a su madre llorando, de pie junto a la ventana, perdida en otro mundo. Solo al crecer, María consiguió comprenderla.

Estaría agotada, mamá. Dos trabajos, apenas dormiría, y además seguro le faltaban vitaminas. Siempre cuidó de mi hermano y de mí. Íbamos siempre limpios y bien vestidos, María recordaba con cariño.

Entonces, aún pequeña, le rogaba:

Mamá, sonríe. Hace tanto que no veo tu sonrisa

Carmen adoraba a sus hijos a su manera; no era de abrazos, pero sí de palabras amables cuando sacaban buenas notas o no daban problemas. Cocinaba como nadie, su casa olía siempre a limpieza y ternura.

María sentía el amor de su madre cuando ésta le trenzaba el pelo. Carmen entonces le acariciaba la cabeza, y María notaba cómo los hombros de su madre se hundían, abatidos. Carmen perdió los dientes temprano, se los quitaban y nunca quiso reponérselos.

Cuando terminó el instituto, a María no se le pasó por la cabeza ir a la universidad. No quería dejar sola a Carmen, y los estudios costaban dinero que no tenían. Se colocó de dependienta en una tienda del pueblo, para ayudar en casa. Tomás crecía, necesitaba ropa y zapatos nuevos.

Un día, entró en la tienda Miguel, de otro pueblo cercano. Aunque era nueve años mayor que María, se interesó por ella.

¿Cómo te llamas, guapa? preguntó sonriendo. No te había visto por aquí.

María, tampoco te había visto antes.

Vivo en el pueblo que está a ocho kilómetros de aquí. Me llamo Miguel.

Así se conocieron. Miguel empezó a venir casi cada día, la recogía al trabajo, paseaban juntos. Un fin de semana la llevó a su casa; vivía con su madre, una señora enferma. Su exmujer se separó de él y se fue con su hija a la ciudad, rehusando cuidar de la madre de Miguel.

Miguel tenía buena casa y finca. La agasajó con generosidad: queso, carne, dulces, leche fresca. A María le gustó aquel ambiente tranquilo. Su suegra estaba ya encamada.

María, ¿por qué no nos casamos? le propuso un día Miguel Me gustas mucho. Eso sí, necesitaría que me ayudes con mi madre, pero yo también colaboraré.

María se quedó pensativa, pero aceptó. No le importaba cuidar de la enferma. Miguel la miraba ansioso.

Bueno, comeré carne y queso hasta hartarme, pensó, y dijo en voz alta: Vale, acepto.

Miguel se puso feliz.

Mari, me haces muy feliz. Tenía miedo de que no quisieras, siendo yo más mayor y divorciado. Te prometo que te haré feliz siempre.

Él trabajaba mucho y la ayudaba en todo. Tras la boda, María se mudó a casa de Miguel. Ya ni le apetecía volver a la antigua casa de su madre. Tomás estudiaba ya en la capital, ingeniería mecánica, y solo volvía en vacaciones.

Con el tiempo, María fue de verdad feliz con su esposo. Tuvieron pronto dos hijos, uno tras otro. María no trabajaba fuera; las tareas de la finca y los niños llenaban sus días. La suegra falleció dos años después. El trabajo era mucho, y Miguel le recordaba:

No cojas cubos pesados, mujer, que eso lo hago yo. Tú ordeña y alimenta a las gallinas y patos, de los cerdos me encargo yo.

María sabía que su marido la quería y cuidaba de ella y de los niños. Aunque en casa de su madre nunca tuvieron granja, María había aprendido de todo. Miguel era generoso.

María. Llévale a tu madre carne, leche, mantequilla. Todo lo tiene que comprar y a nosotros nos sobra.

Carmen agradecía, pero ni aun entonces sonreía. Siempre seria, incluso con los nietos. María la visitaba a menudo, le dolía verla así y no sabía cómo sacarla de su tristeza.

Mari, ¿y si vas a hablar con el cura?, igual puede aconsejarnos algo sugirió Miguel, y ella aceptó la idea.

El cura prometió orar por Carmen:

Pídele a Dios que ponga en el camino de tu madre a una buena persona, le aconsejó. Así lo hizo María en sus oraciones.

Un día, Carmen le pidió dinero a su hija:

Hija, ¿me dejas algo de dinero? No me alcanza, quiero hacerme la dentadura.

¡Ay, mamá, te lo pago todo sin problema! se alegró María, aunque sabía que su madre querría devolverlo.

Le entregó la suma que faltaba, y Carmen prometió devolverlo. María apenas tuvo tiempo de visitar a su madre las semanas siguientes; el marido estaba ocupado ayudando a su tío Antonio, quien acababa de mudarse al pueblo tras divorciarse. Miguel ayudaba a poner al día los papeles de la casa, una vivienda grande y bien cuidada.

A veces María acompañaba a su marido a ver a su tío. Un día, Miguel llegó a casa y le dijo:

Me da que el tío Antonio quiere casarse otra vez. El otro día cuando fui, lo pillé hablando con alguien por teléfono, lo noté en el tono

Pues hace bien contestó María Es joven aún y la casa tan grande necesita una mujer.

No tardó en presentarse Antonio en su casa:

Venía a invitaros. He encontrado a mi primer amor, fuimos juntos al colegio. Mañana se instala y al día siguiente venid a casa los dos.

Al llegar el día, Miguel y María fueron con regalos. Al entrar en la casa de Antonio, María no pudo dar crédito. Allí estaba su madre, Carmen. Al verla, Carmen se sonrojó, pero por primera vez en años, sonreía. Carmen estaba guapa, María la vio rejuvenecida.

¡Mamá! Qué alegría ¿Por qué no nos contaste nada?

No quería decíroslo antes, por si no salía bien.

¿Y tú, tío Antonio, por qué callaste?

Tenía miedo de que Carmen se arrepintiera Pero ahora somos muy felices.

María y Miguel lloraron de alegría viendo a Carmen y Antonio juntos, y nunca más dejaron de ver a Carmen sonreír.

Gracias por leer, por acompañarnos y por vuestro apoyo. Que tengáis mucha suerte en la vida.

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