Mi padre me ha prohibido coger en brazos a mi hija, temiendo que soy demasiado blanda con su nieta. Últimamente, la peque ha empezado a gatear y, cada vez que salgo de la habitación, me persigue como si fuera un perrito faldero, ansiosa por que la coja. Pero ahí está su abuelo, siempre tan sabio, diciéndome que no la malcríe, que si la dejo en el suelo aprenderá a apañarse ella solita, como una buena española. Pero, claro, yo no puedo evitar levantarla en brazos, lo que me hace preguntarme si no me estaré pasando de protectora.
Reconozco que se me va un poco la mano con la ternura: la consuelo en cuanto llora, la cubro de caricias y apenas me atrevo a llamarle la atención. Tal vez intento compensar la falta de afecto de mi propia infancia, que tampoco fue la típica de comercial de turrones. Me crie en un orfanato tras la muerte de mi madre y nunca conocí a mis padres biológicos. La familia de un primo me acogió cuando supieron de mi situación, dándome un techo y un nuevo apellido.
No fue sencillo al principio. Mi padre adoptivo era tan seco como el viento de Castilla y mi madre siempre estaba agotada, trabajando para mantener el hogar. Sabía que me querían, pero las palabras bonitas no eran lo suyo. Así que me inventé mi propio cuento de hadas, imaginando que era una princesa reinando en su reino de amor (y croquetas, ¿por qué no?).
Según fui creciendo, buscaba aprobación y cariño como quien busca sombra en agosto, especialmente en el terreno amoroso. Me aferraba a cualquier señal de interés y aguanté cinco años en una relación que tenía menos futuro que un jamón en una boda vegana, todo por miedo a no encontrar nunca el amor verdadero. Mi marido, que es todo un encanto y bastante comprensivo, conoce trocitos de mi historia, pero no todos los capítulos. A pesar de aquel pasado algo gris, hoy no puedo evitar desbordar a mi hija de cariño, pensando que ella merece toda la ternura del universo, justamente lo que a mí me faltó de niña.
Quizá el abuelo tenga razón y debería dejar que mi hija aprenda a buscarse la vida sin tanta carantoña, pero ¿quién puede resistirse a esos ojitos que te miran como si fueras una diosa? Al final del día, entre tanta duda y tanto consejo bienintencionado, yo solo quiero que mi niña crezca sabiendo, sin la menor duda, que está rodeada de amor. Y bueno, para malcriarla ya está la abuela con los euros y toda la colección de peluches made in Toledo.







