¡No quiero otra nuera, y haz lo que te dé la gana! declaró la madre a su hijo.
Álvaro estaba a punto de acabar la universidad en Salamanca, y pensó que era el momento ideal para pedirle matrimonio a su primer amor de instituto, Lucía. Lucía era una chica guapa, pero sobre todo era bondadosa e inteligente. Por aquellos días, ella terminaba su tesis de máster. Ambos acordaron casarse en cuanto ella defendiera su trabajo.
Álvaro decidió hablar con su madre sobre sus planes de boda, pero ella no le trajo buenas noticias. Su madre fue tajante: o se casaba con Inés, la hija del médico del barrio, o con nadie. Después, le preguntó qué era más importante para él: el éxito profesional o el amor. En la mente de su madre, no paraba de imaginarlo como un hombre de renombre.
Inés provenía de una familia acomodada y, además, siempre había sentido algo por Álvaro; sin embargo, él solo tenía ojos para Lucía, que era de familia humilde. La madre de Lucía tenía mala fama en el vecindario ¿Qué pensarían los vecinos?
No quiero otra nuera, ¡haz lo que quieras! zanjó la madre.
Álvaro intentó convencerla durante semanas, incluso meses, pero ella, inflexible, le advirtió que si se atrevía a casarse con Lucía, lo desheredaría y no le volvería a dirigir la palabra. Asustado, Álvaro no se atrevió. Siguió viendo a Lucía medio año más, pero poco a poco, la relación se fue apagando.
Finalmente, se casó con Inés. Ella estaba realmente enamorada de él, pero no organizaron celebración alguna. Álvaro no quería que Lucía pudiera encontrarse con fotos de su boda en ningún sitio. Como Inés pertenecía a un entorno pudiente, él se mudó al gran chalet de sus suegros en las afueras de Valladolid. Sus suegros también le ayudaron a prosperar en su carrera. Sin embargo, Álvaro nunca llegó a sentirse feliz.
No quiso tener hijos. Al ver Inés que no lograría convencerle, fue ella quien solicitó el divorcio. Cuando firmaron los papeles, Álvaro tenía ya cuarenta años, e Inés treinta y ocho. Más tarde, Inés rehizo su vida, se volvió a casar, tuvo una hija y, por fin, fue verdaderamente feliz.
Álvaro soñaba todavía con Lucía. Intentó encontrarla, pero fue imposible, como si la tierra se la hubiera tragado. Finalmente, un viejo amigo le contó que, tras su separación, Lucía se casó con el primer hombre que apareció y ese resultó ser un desgraciado. La maltrató hasta el extremo, y Lucía perdió la vida.
Consumido por el remordimiento y la culpa, Álvaro se instaló en el antiguo piso familiar en el centro de Salamanca y se fue dejando llevar por la tristeza y el alcohol. Pasaba las noches contemplando una foto de Lucía, incapaz de perdonar a su madre ni a sí mismo.
A veces, por seguir el deseo de otros y las convenciones sociales, uno termina perdiendo lo que de verdad da sentido a la vida: la libertad de amar y de tomar sus propias decisiones.





