Veinte años después reconozco en un joven a mi yo de juventud. La víspera de su boda, Arturo sospec…

Han pasado veinte años y en ese joven reconozco a mi yo de juventud.

Víspera de boda. Sospechaba de Lucía, estaba convencido de que me era infiel. Por mucho que me jurara lealtad, no quería escucharla. Veinte años después, me topé con su hijo y era mi viva imagen…

Lo nuestro era una de esas historias que se leen en las novelas: pasión, complicidad, amor desbordante. Más de uno en Madrid nos miraba con envidia y había quienes metían cizaña en la relación. Poco a poco íbamos organizando la boda, aunque ese día nunca llegó.

Recuerdo como si fuera ayer cuando la noche antes de casarnos, Lucía me confesó que esperaba un hijo. Yo, en vez de alegrarme, me llené de rabia y desconfianza. No podía entender cómo había quedado embarazada tan pronto. Le repetí, cara a cara, que no le creía. Ella, firme, siguió adelante con su embarazo.

Mis amigos decían que era un necio, que Lucía me quería de verdad y se notaba. Pero yo, cabezota, seguí desconfiando. Se rompió todo y anulé la boda. Hasta le sugerí abortar, pero Lucía se negó siempre. Esperó una disculpa mía hasta el último momento, pero nunca la llamé.

Ella tampoco me buscó jamás. Estaba convencido de que la culpa era toda suya. Iniciamos vidas separadas. Lucía tuvo que sacar fuerzas para afrontar sola toda la situación. Incluso cuando ocasionalmente coincidíamos en algún rincón de la ciudad, yo me giraba, fingiendo no conocerla. La vi una vez en El Retiro, jugando con un niño, pero evité su mirada, como si eso pudiera borrar el pasado.

Lucía lo tuvo difícil. Ser madre soltera no era sencillo, pero eso no mermó su alegría. Es verdad que renunció a rehacer su vida sentimental, pero tenía a su pequeño, su motor y razón. Hizo de todo para que no le faltara nada. Trabajó en varias cosas, desde camarera hasta dependienta, para poder darle un buen futuro a su hijo. Pablo, agradecido, fue siempre su apoyo y defensor principal.

Estudió una carrera, hizo el servicio militar y tuvo suerte encontrando empleo. Cuando creció, dejó de preguntar por su padre porque ya lo entendía todo. De niño, Lucía le contaba historias sobre mí, pero él nunca se las creyó del todo. Ahora sé que la respuesta siempre estuvo clara.

A sus veinte años, Pablo era el retrato de su padre. Lucía, al mirarlo, veía a aquel Arturo del que estuvo tan enamorada. Y un día, el destino nos cruzó de nuevo: Lucía, Pablo y yo. Era imposible no percibir el parecido. Me quedé observándolos largo rato, sin encontrar palabras.

No fue hasta pasados tres días cuando reuní valor para llamar a Lucía y preguntarle:

¿Puedes perdonarme?

Hace ya mucho… susurró ella.

Entonces, las historias del padre se volvieron reales: por primera vez, Pablo vio a su verdadero padre.

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Veinte años después reconozco en un joven a mi yo de juventud. La víspera de su boda, Arturo sospec…