Todo el mundo adora a sus nietos, pero…

Ha nacido mi segundo hijo, ¿te lo puedes creer? Desde el hospital vinieron a vernos todos los familiares súper contentos. Los abuelos venían con una cara de felicidad que no te puedes ni imaginar, todo el mundo dándonos la enhorabuena, deseándonos salud, felicidad y lo mejor para el pequeñín y para nosotros.

Mis suegros tienen un piso de tres habitaciones en Madrid, mi madre y mi hermana viven juntas en una casa bastante grande en las afueras, y, claro, parece que a nadie se le pasa por la cabeza que nuestra habitación de quince metros cuadrados se va a quedar, digamos, un pelín apretada.

Los padres de mi marido ahora tienen una casa preciosa en un pueblo de Segovia, con huerta y un río cerca. Se fueron de la ciudad al campo y aunque les hemos insinuado mil veces la idea de intercambiar pisos, nunca han querido.

Solo una vez me soltó mi suegra: Mira hija, a nuestra edad ya no dormimos como antes, cada uno necesitamos nuestro espacio, y en el salón grande nos gusta ver la tele y recibir a la familia, que para eso está.

Yo creo que ella piensa que nosotros cuatro, con el bebé llorando cada dos por tres, dormiremos tan felices, todos en fila, sin inmutarnos

Todo esto me iba viniendo a la cabeza y supongo que se me notaba un poco en la cara, porque poco a poco los familiares dejaron de felicitar tanto y se fueron marchando como si tuvieran prisa todos a la vez.

Cuando por fin nos quedamos solos, le sonreí a mi marido algo resignada y le dije: Bueno, cariño, ¿cuándo crees que nos dejarán volver a casa?Él me acarició la mejilla con la mano libre la otra seguía jugando con el minúsculo pie del bebé y, por primera vez en semanas, los dos nos echamos a reír. Reír de cansancio, de alegría y de todo lo que no cabía en palabras. Fuera, Madrid seguía siendo grande, bulliciosa e imposible, pero allí dentro solo existíamos nosotros. Como si el espacio de aquel cuarto de hospital nos bastara para todo lo bueno que vendría.

Apretujados seríamos, quizás, pero juntos me dije mientras miraba al pequeñín entre los dos. Y de repente, lo vi claro: hay familias que caben hasta en el hueco más pequeño, porque se agrandan el uno al otro, aunque falten metros de sobra.

Esa noche, antes de dormirnos por fin todos juntos, me prometí que, mientras estuviéramos apretados unos contra otros, todo iría bien. Porque el amor no entiende de metros cuadrados, pero sí de abrazos compartidos entre almohadas y sueños nuevos.

Rate article
MagistrUm
Todo el mundo adora a sus nietos, pero…