Perdí las ganas de ayudar a mi suegra cuando descubrí lo que había hecho. Pero tampoco puedo dejarla sola.
Tengo dos hijos. Mis niños tienen padres distintos. El primero es una hija. Lucía ahora tiene dieciséis años. Su padre siempre le pasa la pensión puntual y mantiene contacto constante con ella. Aunque mi primer marido ya está casado de nuevo y tiene dos hijos más en su segundo matrimonio, nunca se olvida de nuestra hija.
Mi hijo, en cambio, no ha tenido tanta suerte. Hace dos años, mi segundo marido cayó enfermo de repente y, tras tres días en el hospital de Salamanca, falleció. Todavía me cuesta creer que haya muerto. Muchas veces imagino que la puerta se abrirá y él entrará, sonriente, deseándome buenos días. Esos días no puedo evitar llorar.
Durante todo este tiempo, sentí mucha empatía por Remedios, la madre de mi difunto esposo. A fin de cuentas, su hijo era su único hijo. Todavía recuerdo aquellas tardes largas de septiembre en las que nos sentábamos juntas en la terraza, hablando sin parar de mi marido, compartiendo café con leche y mirándonos en silencio. Nos apoyamos mucho la una en la otra mientras atravesábamos una época horriblemente gris. Nos llamábamos a menudo, nos visitábamos con frecuencia. Incluso hubo un instante, como un sueño entre la niebla, en el que consideramos irnos a vivir juntas, pero Remedios cambió de parecer y todo quedó suspendido, como si nunca hubiese pasado. Y así, como ocurre en las noches sin tiempo de Madrid, pasaron siete años. Nuestra relación siempre fue entrañable. Éramos, casi sin decirlo, amigas.
Recuerdo que cuando me quedé embarazada de mi hijo, mi suegra mencionó aquello del test de paternidad. No entendí el porqué, hasta que ella reconoció que había visto un programa de televisión donde un hombre descubría, al cabo de años, que el hijo al que crió no era suyo. Le dije enseguida:
¡Eso son tonterías! le solté. Si un hombre duda de su propio hijo, es que nunca será verdaderamente su padre, solo un domingo cualquiera.
Ella insistió entonces, con esa seriedad castellana y seca, que confiaba en que el niño era de su hijo. Pensé que, cuando naciera, Remedios insistiría en hacer la prueba, pero nunca más se habló de ello. El tema flotó en el aire, como esas palabras que se olvidan en los portales viejos de Valladolid.
Este verano, Remedios enfermó gravemente y su salud se deterioró rápidamente, como si el sol de agosto la hubiese secado por dentro. Decidí que tenía que venir a vivir cerca de mí. Busqué una inmobiliaria y empecé a mirar pisos para comprarle uno cerca de mi casa, en un barrio de Salamanca donde ya casi todo el mundo se conoce.
Pero entonces Remedios fue ingresada y para la gestión con la inmobiliaria necesitaba el certificado de defunción de su esposo. Ella no podía ir, así que fui yo a su piso, ese en el que los muebles parecen hablar por la noche y los pasillos no tienen fin. Rebuscando en una carpeta entre viejos recibos en euros y cartas dobladas, encontré algo inesperado: un test de paternidad, con mi hijo aún de dos meses, que confirmaba la paternidad.
Me invadió un enfado inabarcable. Remedios no había confiado jamás en mí. No quise callármelo y se lo solté, así, sin rodeos ni medias tintas. Ahora Remedios me pide perdón, dice que se arrepiente enormemente de aquella estupidez. Pero a mí el desasosiego no se me va. Siento como si me hubiesen traicionado, como si las paredes de nuestra complicidad se hubieran resquebrajado para siempre.
Ahora sé que no quiero ayudarla más. Y, a la vez, sé que si no lo hago, nadie lo hará. No quiero que mi hijo pierda a su abuela y por eso seguiré a su lado. Pero aquella calidez y esa confianza especial que compartimos alguna vez, como la luz dorada sobre Castilla por la tarde, ya no volveránNadie me preparó para esto, pensé mientras la acompañaba, lento, por el corredor del hospital. Remedios me miró como solo miran las personas que han aprendido a perderlo todo: con la humildad de quien se sabe, al fin, humana y frágil. Quise decirle que la había perdonado, quise decirle que aún me dolía, pero solo salieron palabras prácticas que yo llamaría mañana a la inmobiliaria, que tenía el sobre con sus papeles, que le llevaría unas zapatillas nuevas. Ella asintió. No hacía falta más.
Esa tarde, mientras mi hijo le dibujaba un sol enorme en la ventana empañada y Lucía se reía al otro lado del teléfono, sentí que el rencor se deshacía como un azucarillo viejo. Quizás nunca volveríamos a ser amigas, pero seguíamos siendo familia.
Y eso, pese a todo, aún era un consuelo.






