Me casé con David hace ya dieciocho años. Su situación en aquel entonces era verdaderamente triste y todo había empezado por culpa de su exmujer, quien lo abandonó, llevándose consigo consigo a los hijos y huyendo con su amante. David y Ana se habían casado por amor verdadero. De su unión nacieron dos preciosos niños: un varón llamado Lucas y una niña a la que pusieron el nombre de Inés.
Cuando Lucas tenía cuatro años e Inés apenas tres, a David lo despidieron de su trabajo. La familia atravesó entonces momentos muy duros. Ana trató de buscar empleo, hizo todo cuanto pudo para conseguir unas pesetas con las que alimentar a sus hijos. David, en cambio, se refugiaba en la taberna del barrio con sus amigos, entre cartas y tragos de vino, maldiciendo constantemente al gobierno y lamentándose de su suerte. Ana acabó agotada; y precisamente en esos días oscuros, un hombre acomodado empezó a cortejarla.
La mujer, incapaz de resistirse, decidió marcharse con aquel hombre adinerado, dejando atrás a su marido y a sus hijos. Lucas e Inés quedaron solos, bajo el amparo de los vecinos, que les daban algo de comer y trataban de cuidar de los pequeños como podían. Mientras tanto, David continuaba sumido en su tristeza y ni se dio cuenta, en un principio, de la partida de su esposa. Cuando por fin reaccionó, ya era tarde. Los niños habían sido llevados a un hospicio.
Yo conocí a David en la boda de unos amigos comunes. Desde el primer momento sentí simpatía por él. Poco a poco comenzamos a hablar, y dediqué mi tiempo y mi cariño a ayudarle a ver la vida de otra manera, a ordenar sus pensamientos y encontrar de nuevo su rumbo.
Fue así como, tras nuestra boda, le propuse que sacáramos a los niños del hospicio. Yo no puedo tener hijos propios, pero siempre he sentido compasión por los huérfanos. Desde el primer instante los traté como si fuesen míos, y ellos pronto comenzaron a quererme también. Han pasado dieciocho años ya. Los niños crecieron sin saber que yo no era su madre biológica.
Y entonces, de pronto, Ana regresó a nuestras vidas. Se reencontró con los niños y les reveló que era su auténtica madre. Lucas acogió la noticia con la serenidad de quien sabe lo que siente, y le dijo claramente que para él solo había una madre, y esa era yo. Inés, sin embargo, fue más cálida y decidió perdonar a Ana. Confieso que, al principio, me costaba aceptar que volvieran a comunicarse, pues no olvidaba lo mucho que aquel abandono nos había herido. Pero entiendo también que Ana guarda remordimientos y busca reparar el daño a sus hijos.
He decidido ayudarla en todo lo que pueda, pues madre es quien da la vida, pero también quien cría, y eso significa que nuestros hijos tienen, en realidad, dos madres.




