Mi nombre es Alfonso Díaz y hoy, al rememorar aquellos años de mi juventud, me parece que los recuerdos se convierten en leyenda. He decidido escribirlo en este diario, para que no se pierda la memoria de lo vivido, ni la lección que, finalmente, aprendí.
Mi padre, Don Ramiro, siempre decía que sobre su casa caía la fortuna y la desdicha con el mismo ímpetu. Tenía tres hijas: dos de belleza extraordinaria, Leonor y Mencía, cuyos rostros parecían esculpidos en el taller de un gran artista de Madrid. La tercera, Eustoquia, era menudita, encorvada, y siempre parecía que la brisa de la sierra la fuera a tumbar. Solo sus enormes ojos verdes chispeaban con una viveza que a veces contagiaba.
Eustoquia no era hábil ni para ayudar en los trigales de Castilla ni para mantenerse al día con las labores domésticas junto a sus hermanas. Las dos mayores tenían pretendientes a raudales; en la casa de mi padre, en Ávila, no dejaban de rondar jóvenes que ofrecían dotes en euros y promesas de amor verdadero. Pero para Eustoquia, ni una sola mirada.
Hasta que Eustoquia no encuentre esposo, resolvieron Leonor y Mencía, nosotras tampoco saldremos de casa.
Así iban pasando los meses y ninguna esperanza llegaba para la pequeña Eustoquia. Por más que la adornaban con los mantones de la abuela o le ponían las mejores peinetas y la pintaban con carmín, todo era en balde. Incluso las amigas comenzaron a murmurar en los corrillos del mercado:
En lo que pretenden casar a Eustoquia, seguirán vosotras solteras para siempre.
Estas palabras llegaron a oídos de Eustoquia, y no por sí misma, sino por el cariño que tenía a sus hermanas, decidió una noche:
No quiero ser una carga para nadie. Marcharé a Toledo, trataré de encontrar un trabajo y así, al menos, que mis hermanas sigan su camino.
Esperó al anochecer, preparó un atadillo con unos cuantos reales y una hogaza de pan, y salió despacito de la casa, apenas arropada por una rebeca y su pañuelo de lino. Caminó durante toda la noche. El camino estaba iluminado por la luna y, aunque al principio no sentía temor, al llegar a una encina cerca del bosque de Gredos, la sombra de la noche le hizo dudar. Sin embargo, siguió andando, buscando algún abrigo.
Cansada, decidió descansar bajo unas ramas de avellano. Se tumbó, cabeza sobre el atadillo, se cubrió con el pañuelo y se quedó dormida. Cuando despertó, sintió un golpeteo cercano, el sonido de un hacha en la madera, y se puso en pie, sobresaltada. De repente, se acercó un viejo, bajo de estatura y de barba blanca, con el hacha en la mano.
No temas, muchacha le dijo el hombre con voz grave, no te haré ningún mal.
¿Y usted quién es, abuelo? preguntó Eustoquia. Casi me da un susto de muerte.
Soy el guarda forestal de estos montes, respondió el anciano. Vivo en una cabaña aquí cerca y vengo a talar esta encina seca. Pero dime, ¿qué haces tú aquí sola?
Eustoquia, entre sollozos, le contó cómo decidió marchar para no ser obstáculo para sus hermanas. El anciano la escuchó, se mesó la barba y le contestó:
Veo que tienes un buen corazón. Si te animas, quédate conmigo en la cabaña y me harás compañía. Si te cansas, yo mismo te acompaño después a la ciudad.
Eustoquia, agradecida por la oportunidad de sosiego, se quedó en la cabaña del bosque. Los días transcurrían tranquilos: el anciano salía temprano a recorrer el monte y ella le atendía el fuego, cocinaba, y aprendía a usar las hierbas, raíces y frutos del bosque. El guarda le enseñó todo lo que sabía sobre remedios, ungüentos y generosidad. Contaba historias de tiempos pasados, y la casa se llenaba de risas y cariño.
Al cabo del tiempo, el anciano enfermó. Eustoquia lloró cuando comprendió que el final era inevitable, pero el viejo, con ternura, le dijo:
No te aflijas, hija. Todo tiene su tiempo. Cuando ya no esté, entiérrame bajo la encina y regresa a tu hogar. Ya te enseñé lo suficiente como para que puedas ayudar a los demás, como yo ayudé al bosque. Vive, Eustoquia, vive para dar.
Así lo hizo. Eustoquia despidió al viejo, lo sepultó con unas flores del campo y emprendió el regreso a Ávila.
A su vuelta, la encontró cambiada. Sus hermanas, ahora casadas con dos hermanos que vivían en una casa grande en el centro, la recibieron con alegría. Le cedieron una alcoba luminosa. Eustoquia puso en práctica todo cuanto había aprendido del forestal: cómo enriquecer los suelos, curar enfermedades con plantas, eliminar malas hierbas, y cuidar de los animales. Desde entonces, las cosechas de la familia crecieron y la salud reinaba bajo ese techo.
Pronto se corrió la voz. Gentes de toda la comarca acudían a Eustoquia en busca de consejo, y ella ayudaba a todos, sin pedir nunca monedas a cambio. Algunos le traían huevos frescos, una bufanda tejida o pan, pero si quien acudía era pobre, ella ofrecía solo palabras y recetas.
En la misma villa vivía una anciana llamada la tía Prudencia, conocida por sus artes en curandería, aunque la gente la temía: decían que lo malo se le pegaba a las faldas. Cuando vio que todos recurrían a Eustoquia, empezó a recelar y urdir planes para perjudicarla. Un día fue a verla y se plantó en su puerta:
Buenos días, Eustoquia Ramírez, hija mía, dijo con voz fingida.
Buenos días, tía Prudencia, contestó Eustoquia con amabilidad.
He venido a buscar tu ayuda, preciosa. No siento fuerza en una mano: me arde y ni comer puedo.
Siéntese, buena mujer, a ver qué le pasa, respondió Eustoquia.
La examinó y pronto se percató de que no había dolor ni rigor en la mano. Pero la tía principió a quejarse:
¡Ay, qué mal, qué retorcidas me quedan los dedos!
Eustoquia negó con la cabeza:
A fe mía, tía, que a usted le funcionan de maravilla.
La tía, entonces, hizo como que, solo de hablar con la joven ya se sentía mejor. Antes de marcharse, le regaló un espejito:
Tómalo, muchacha. Eres joven, debes mirarte y alegrarte.
Gracias, tía Prudencia. Ojalá todo vaya según tus palabras. Las palabras buenas valen más que las malas, dijo Eustoquia con una sonrisa.
El destino quiso que los hechizos que la tía Prudencia había susurrado al espejo no surtieran ningún efecto. Al contrario, Eustoquia empezó a sentirse más erguida, sus andares ya no eran torpes, las mejillas se le veían más sonrosadas cuando se miraba en el regalo. Aquello molestó aún más a la tía, que regresó con achaques nuevos.
En este segundo encuentro, Eustoquia le ofreció unas raíces y nuevas palabras amables. La tía le entregó entonces un peine de hueso, insistiendo:
Una moza tan bella debe cuidar su cabello.
Gracias, tía Prudencia, dijo Eustoquia. Espero que todo cuanto me desea, se le multiplique a usted.
El tiempo fue pasando. La gente apreciaba a Eustoquia más que nunca, y hasta sus hermanas se asombraban de lo hermosa y fuerte que Lucía. Entretanto, la tía Prudencia fue marchitándose: la espalda encorvada, las piernas ya no la sostenían.
Un día, la llamó desde su casa. Leonor y Mencía rogaron a Eustoquia que no fuera, pues hablaban de brujería y males de ojo. Pero ella, serena, les respondió:
No temáis. Cada uno recoge lo que siembra.
Así que al día siguiente, Eustoquia, tras lavarse con agua fresca y ponerse su vestido nuevo, preparó una cesta con miel silvestre, manzanas y hierbas aromáticas, y se dirigió a casa de la tía.
Al querer abrir la cancela, esta se cerró de golpe impidiéndole el paso.
¡Tía Prudencia! ¡Ábrame, que le traigo un obsequio! gritó Eustoquia.
Dentro de la casa de la tía se escuchaban ruidos y gruñidos extraños, como de animales furiosos, y los cacharros tintineaban solos. Los aldeanos se arremolinaban alrededor, alarmados.
Eustoquia volvió a llamar, anunció de nuevo sus ofrendas y colocó la cesta sobre el umbral. En ese instante, de la chimenea salió un humo negro, las ventanas se llenaron de cuervos y la casa entera se ennegreció como carbón. El gentío pensó en llamar a los bomberos, pero cuando el primer rayo de sol tocó el tejado, el humo se esfumó y no quedó más que un montón de cenizas. Nadie volvió a ver a la tía Prudencia.
En el solar donde Eustoquia dejó su cesta, pronto creció una frondosa zarzamora de moras grandes, dulces y perfumadas. Tan abundantes se volvieron que toda la villa acudía a por ellas, y la gente, lejos de temer, recibió la alegría de la cosecha. Cuentan que por esa razón renombraron al pueblo como Moraleja del Monte.
Al tiempo, Eustoquia florecía aún más. Un joven de buena familia pidió su mano y el casamiento fue motivo de fiesta en toda la villa. Vivieron en armonía y Leonor y Mencía, que la ayudaron siempre, celebraban la suerte de su querida hermana.
Hoy, al recordar la historia de Eustoquia, sé que el poder de la bondad, la paciencia y el saber recibido del mayor, supera cualquier mal augurio. Y como bien me repito: ni la belleza ni la fortuna dictan la valía de una persona, sino su capacidad de ayudar al prójimo, aunque a veces el camino se presente cuesta arriba.




