Viajábamos por la autovía, cuando de repente, de entre la neblina y los robles antiguos, saltó a la carretera un oso descomunal y comenzó a avanzar muy despacio hacia nuestro coche. El asfalto mojado parecía un espejo oscuro, y todo a nuestro alrededor estaba sumido en un silencio denso, mágico, casi irreal. Íbamos recogidos en la conversación y ya imaginábamos el olor a leña de casa esperándonos al llegar a Salamanca.
De pronto, a un palmo del parachoques, apareció el oso. Mi marido, Javier, frenó en seco y el coche se estremeció como si fuese de papel. Sentí el estómago hundirse y un escalofrío recorrerme las piernas. El oso se irguió sobre sus patas traseras, altísimo, como una sombra gigante en medio de la siesta. Sus ojos nos miraban de una forma imposible, clavados, sin parpadear, atravesándonos. Yo, Inés, no podía ni respirar del terror: era como si el cristal y la chapa de nuestro pequeño Seat ya no sirvieran de barrera.
El oso, con una lentitud sobria, se acercó un paso al coche. Juraría por las monedas de dos euros que en ese momento nos había leído el miedo en la cara. El silencio parecía un manto de terciopelo que nadie se atrevía a romper. Estaba convencida de que, un solo latido más, y el animal saltaría sobre nosotros. Cruzó por mi mente la extraña idea, típica de pesadillas, de que el coche se hubiese disuelto en el aireestábamos solos, flotando en mitad de Castilla, frente al monstruo del bosque.
Javier puso la marcha atrás con cautela, intentando que el motor ni susurrara. Íbamos retrocediendo al ritmo de un reloj loco, mientras yo observaba petrificada las garras del oso. Y entonces, sucedió algo absolutamente irracional, digno de los sueños más retorcidos.
Un alcornoque inmenso, que crecía como un centinela junto a la autovía, crujió y se desplomó con un estrépito sobrecogedor. Cayó a un metro escaso del coche, levantando una nube de hojas y polvo. Fue como si el cielo hubiera querido tragarnos, y, milagrosamente, nos hubiese perdonado. La realidad se disolvía; solo quedaba el zumbido sordo en mis oídos y la certeza de que seguíamos vivos.
El oso, asustado o sorprendido, giró en seco y desapareció entre los encinares, fundiéndose en la penumbra. En unos segundos, todo volvió a la quietud. La carretera parecía dormida de nuevo, y el mundo seguía como si nada hubiera sucedido.
Ahora, cuando cierro los ojos, no dejo de pensar si el oso venía a atacarnos o quizás a salvarnos, o si simplemente huyó del estruendo como nosotros habríamos hecho. No lo sé, y probablemente nunca lo sabré. Pero esa mirada profunda, oscura y fija, como de otro mundo, me seguirá acompañando mucho tiempocomo esos sueños extraños que al despertar no se quieren ir.





