Ana llevaba varias semanas ingresada en la maternidad de Madrid, mucho antes de la fecha prevista para el parto. Su embarazo, gemelar, había sido complicado en las últimas etapas, y los médicos preferían no correr ningún riesgo, así que la preparaban para recibir a dos bebés a la vez. Le ofrecieron la posibilidad de una cesárea programada, pero ella deseaba con todas sus fuerzas dar a luz de manera natural. Finalmente, los doctores aceptaron intentarlo, sabiendo que podrían llevarla al quirófano en cualquier momento si era necesario.
Además, Ana y su marido, Javier, habían firmado un acuerdo para un parto acompañado: él estaría a su lado durante todo el proceso. En la sala de partos, a los obstetras no les entusiasma la presencia de extraños, pero lo aceptaron por el contrato. El trabajo de parto de Ana comenzó a última hora de la noche; avisaron enseguida a Javier, que llegó a la maternidad en veinte minutos. Los llevamos juntos a la sala de dilatación. Como no era la primera vez que Ana daba a luz, sabía perfectamente qué hacer. Se mostró serena y consciente en todo momento. A las cuatro de la mañana, nació la primera criatura.
La niña lloró en el acto y la matrona felicitó a Ana por el nacimiento de su hija mayor. Sin embargo, en vez de la felicidad habitual, Javier esbozó una sonrisa forzada y, de inmediato, giró la mirada hacia su esposa. Diez minutos más tarde llegó al mundo la segunda niña. Su madre sonreía de oreja a oreja, mientras que el padre apenas pudo contener las lágrimas, que desde luego no parecían de emoción. Nos preocupaba, pero Ana agitó la mano y nos dijo, quitándole importancia:
No le hagáis mucho caso, en una hora se le pasa. Siempre nos toca lo mismo: ya son cinco las niñas, las gemelas de ahora incluidas. De verdad anhelaba, al menos esta vez, un niño, pero no ha podido ser. Está algo desilusionado, pero adora a sus hijas, así que todo irá bien. Y así fue: cuando al día siguiente miramos por la ventana de la maternidad, vimos a Javier al frente de un grupo de preciosas niñas, atando globos y gritando a su madre cuánto la quieren. Comprendimos entonces que, en aquella familia, todo marchaba bien. Aunque, sinceramente, nos dio algo de pena por el padre.






