Mi hermana, Carmen Álvarez, decidió criar sola a sus cuatro hijos tras un pequeño drama digno de telenovela: su marido la engañó con una compañera de trabajo. Desde aquel desliz matrimonial, Carmen no volvió a tener pareja. Y ojo, no es que no le hayan tirado los trastos, pero ella, educada y con tres títulos uno de ellos de chef, tenía otras prioridades. Recuerdo que trabajó en todo tipo de bares y restaurantes de Madrid, siempre con su característico arte para el gazpacho y el salmorejo.
A los niños nunca les faltó de nada. ¿Que querían zapatillas nuevas? Carmen se las compraba. ¿Que el último iPhone era imprescindible para la vida? Pues venga, iPhone al canto. Los chavales agradecían, pero siempre pedían más. Ahora han crecido, han montado sus propias familias y, como quien no quiere la cosa, Carmen sigue mandándoles euros. Se jubiló hace tiempo, aunque sigue peleando en la cocina; dice que la hace sentirse útil y que ayudar a sus hijos es el gran sentido de su vida.
Hace poco Carmen pilló una gripe de esas que parecen importadas directamente del Polo Norte. Pronto le complicó los pulmones pneumonía, para más señas y la cosa se puso seria. Cogió la baja como pudo, contando céntimo a céntimo. Por suerte, sus amigas la apoyaron, pero los hijos solo llamaron cuando dejó de enviar dinero. Entonces, preguntas rápidas sobre salud, algún “recupérate pronto”, y poco más. Nadie preguntó si Carmen necesitaba ayuda para pagar la farmacia. Ella les pidió que se pasaran a verla. La respuesta fue negativa, todos argumentando con sus trabajos y sus familias: “No tenemos tiempo, mamá.”
Carmen se sintió fulminada, como si le hubieran tirado el vino en la cara en plena Feria de Sevilla. Toda la vida volcándose en ellos y, cuando más los necesitaba, ni una visita. Pasó un mes en el hospital, y fue la enfermera bendita Margarita quien gestionó los gastos médicos. Carmen mejoró, volvió al trabajo, y los hijos, ni una llamada durante ese mes. “Seguro que alguna tía les dijo que ya estaba bien”, pensó.
Justo cuando salió del hospital, los hijos recordaron que su madre existía. Primero se interesaron por su salud, pero pronto revelaron el motivo real de la llamada: todos pidieron dinero, y no cualquier cantidad, sino especificando el importe y la fecha exacta para la transferencia. Uno tras otro, con el mismo discurso. Ni se plantearon de dónde iba a sacar Carmen los euros; lo importante era que sus necesidades estuvieran cubiertas.
Carmen se sintió decepcionada, como si el jamón ibérico se le hubiera puesto seco. No esperaba este trato, aunque probablemente era culpa suya por haber antepuesto siempre a sus hijos. Le dio pena verse así, pero cuando uno se olvida de vivir su propia vida por la de los demás, espera algún tipo de recompensa. Quizás no debería haber puesto a los hijos por delante de sí misma; debería haber pensado en el futuro, no en una vejez solitaria. Ahora, cambiar algo es tan improbable como encontrar un buen café en la Plaza Mayor que no sea turístico.





