Mi jefe fue la persona que me soltó la bomba: mi marido me estaba poniendo los cuernos.
Estaba casada y curraba en un pequeño negocio. Mi jefe, separado y en modo forever alone desde hacía tiempo, llevaba meses tirándome los trastos. Yo procuraba no ser borde, pero él era pelín pesado. Siempre marcaba distancia; un par de veces le dejé muy claro que tenía pareja y que la cosa ya estaba empezando a oler en la oficina, que no era plan. Él decía que sí, que me entendía, y seguíamos trabajando sin más historias.
Un día, me llama a su despacho, cierra la puerta con todo el dramatismo y suelta que tiene que contarme algo personal. Me pregunta si mi marido sigue viajando los fines de semana. Le digo que sí, con cara de póker, y entonces va y me suelta a bocajarro:
He visto a tu marido con otra.
Me explica que su subdirector había salido de cañas con unos amigos, él acabó uniéndose después y, sorpresa, reconocieron allí a mi marido, que estaba liándose con otra tía. Yo le digo que no me lo creo. Entonces, como si siguiera el guion de una telenovela barata, saca el móvil y me enseña un vídeo.
El vídeo era más borroso que una sopa de marisco. Todo oscuro, grabado desde China, una música de verbena que casi me deja sorda. Pero… reconozco a mi marido por la ropa, por el cutre baile y el perfil de yo-no-fui. No había lugar a dudas. Sentí cabreo, vergüenza y una soledad como de película de Almodóvar. Salí del despacho y me fui para casa.
Esa noche, le planté cara. Primero lo negó como un niño de parvulario. Luego aseguró que fue solo un error, nada importante. Pero, claro, no se fue. Ni de lejos.
Los seis meses siguientes fueron un infierno castellano. Yo no podía ni verle, pero él se aferraba como si el piso fuese la última tabla del Titanic. El contrato de alquiler estaba a nombre de los dos, y él no se iba ni a tiros. Empezó a hacerme imposible la vida: música a toda leche a primera hora, amigos que parecían la tribu entera entrando y saliendo, todo hecho un asco, comentarios de cuñado, burlas. Cada bronca era peor que la anterior. Dormía fatal y pasaba los días con una ansiedad que ni el café arreglaba.
Un buen día, reviso el contrato de alquiler y veo que está a punto de acabar. Y caí en la cuenta de algo más que evidente: ese piso no era mi casa, yo no tenía que quedarme ahí sufriendo. Así que busqué piso, recogí mis cosas, firmé un nuevo alquiler esta vez solo a mi nombre y sin fantasmas y me largué sin mirar atrás, ni adiós ni cartita dramática. Cogí lo imprescindible y a otra cosa.
Durante todo ese culebrón, mi jefe me vigilaba de lejos. Al principio en plan apoyo preguntando si estaba bien, si necesitaba ayuda y poco a poco, chateo por aquí, café por allá. Yo no quería líos; solo paz. Él lo respetó. Pasaron meses hasta que la cosa se convirtió en algo más.
Luego encontré otro trabajo. No fue por él; simplemente surgió una oportunidad mejor, más dinero, más responsabilidad, otro rollo. Así que dejé la empresa, y en ese momento nuestra historia cambió. Ya no era mi jefe, ahora éramos dos personas quedando, sin jefaturas ni horarios absurdos.
Hoy hace un año que estamos juntos.
Mi exmarido desapareció de mi vida. Perdí un matrimonio pero gane mi paz y, quién lo diría, a un buen hombre.





