Es correcto decir que hace poco conseguí trabajo en una tienda de animales en Madrid. Mi periodo de prueba terminó en junio y, a partir de ahí, pasé a formar parte de la plantilla fija. Déjame contarte en qué consiste esto.
El personal fijo de esta tienda de animales, al finalizar cada mes, puede llevarse productos que han salido del inventario, ya sea por tener el envase dañado, estar a punto de caducar o por pequeños defectos en los accesorios para mascotas.
Normalmente, nos organizamos entre compañeros para decidir quién se lleva cada cosa. Yo no tengo mascotas, pero siempre me toca llevarme algún producto igualmente.
La primera vez, recibí una bolsa de pienso para gatos. Los padres de mi esposa, Concepción, tienen un gato en casa, así que les llevé la comida.
Fue entonces cuando me di cuenta de que siempre intentaría traer algo para gatos.
La siguiente vez, conseguí un rascador para gatos. Estaba un poco roto, pero mi suegra, Antonia, lo arregló con aguja e hilo sin ningún problema.
Sin embargo, cuando se lo llevé, no estuvieron satisfechos. Ya no les quedaba comida, así que, en vez de agradecerme, escuché:
¡Deberías haber traído comida, no podías venir solo con esto!
Reconozco que no fue agradable, porque ya les expliqué cómo consigo los productos. Esta vez también se lo recordé, y fingieron entender y escucharme.
De camino a casa, le propuse a mi esposa, Sofía, que cada mes compraría buen pienso para el gato de sus padres. Si algún mes conseguía gratis, lo daría desde el stock. Así quedamos.
Lo raro fue que, al pasar un mes, se habían quedado sin 10 kilos de comida. Cuando le pregunté a mi suegra, me confesó que le había prometido a una vecina de su barrio que también le conseguiría pienso.
Sabía que yo volvería a llevarles más, así que le dio parte de su propio stock. Y nosotros les compramos comida bastante cara. De nuevo le expliqué que solo llevaba comida para su gato.
Y de nuevo, me respondió indignada:
¡Tú trabajas en una tienda de animales!
Seguían pensando que yo me negaba a conseguirles comida para el gato a propósito.
En ese momento, me di cuenta de que tenía que poner fin a esta situación. Les dije claramente a los padres de mi mujer que, por principios, no les traería nada más. Fue una decisión complicada, pero les pedí que no esperasen nada más de mí.
A veces, ayudar a los demás sin poner límites puede hacernos sentir explotados y malentendidos. Es fundamental valorar nuestra generosidad y aprender a decir no cuando es necesario, aunque sea a las personas más cercanas.






