Roberto y Jimena eran amigos desde la guardería. Vivían puerta con puerta en un barrio de Toledo, con sus tejados de tejas rojizas y calles que se retorcían como cintas en el sueño de una siesta de verano. Sus padres, después de compartir tantas sobremesas con gazpacho y naranjada, decidieron llevar a los niños a la misma escuela pública la de la plaza con la fuente donde todos los gatos del vecindario se reunían a tomar el sol, e incluso pidieron a la tutora que sentara a los dos juntos, frente al gran mural de Don Quijote. Había muchos chiquillos revoltosos en la clase, sobre todo muchachos, y los padres pensaban que Roberto, al sentarse junto a Jimena, podría protegerla si algo raro ocurría en aquel universo infantil.
Ambos niños iban contentos al colegio, como si caminaran dentro de una historia de Galdós, y las tareas se les hacían tan fáciles como recitar los versos de Machado.
Pero al llegar al tercer curso, la madre de Jimena notó que su hija ya no era la misma. Jimena temblaba como una ramita de olivo los lunes y se negaba a ir a clase, como si las aulas se hubieran convertido en un laberinto imposible de comprender. Un atardecer, mientras la radio murmuraba coplas antiguas en la cocina, Jimena le rogó a su madre que la cambiara de colegio. La madre, inquieta, marcó el número de la madre de Roberto desde el fijo adornado con mariposas de cerámica. Allí tampoco andaban muy bien las cosas.
Roberto, igual que Jimena, pidió en susurros ser trasladado a otra escuela. Aquella tarde, después de clase, la madre de Roberto descubrió en la piel de su hijo unas manchas violeta, como si fueran uvas aplastadas en la vendimia. Decidieron ir juntas al colegio una mañana llena de niebla, buscando respuestas entre los pupitres y pasillos.
La maestra, con voz temblorosa, intentó convencerlas de que todo estaba en orden, que tal vez había sido una trifulca de patio, cosas de críos fuera de la mirada adulta. Pero las palabras se disolvieron cuando irrumpió en la clase una bandada de niños chillando, como si el aula fuera de pronto una plaza en fiestas. Las madres observaron cómo los chavales tiraban de la chaqueta de Roberto y, un poco más allá, hacían lo mismo con el jersey de Jimena.
Corrieron hacia sus hijos para protegerlos de las manotadas, pero sus voces se perdieron entre el estruendo. La maestra se sumó al caos, intentando imponer orden sin éxito. Una de las chicas huyó corriendo, dejando solo el eco de sus pasos de alpargata, hacia el despacho del director. Solo entonces, el bullicio se evaporó y quedó un silencio extraño, casi irreal.
Las madres de Roberto y Jimena dijeron de inmediato que aquello no podía seguir así. Que querían convocar a los padres de los alborotadores, o llamar a la policía municipal para denunciar los golpes. El director, con aspecto de estatua en un jardín abandonado, trató de calmarlas y prometió que al día siguiente invitaría a los padres problemáticos y, por supuesto, ellas estarían presentes también.
Al acompañarlas a la salida, les susurró como si él mismo estuviera dentro de un sueño: Esos niños son hijos de familias con dinero, nadie les dice nada, ni a ellos ni a sus padres. Interrumpen a los maestros, molestan a otros niños. Hemos hablado con sus padres muchas veces, pero ellos tampoco escuchan: son igual que los críos.
Al día siguiente, las madres volvieron al colegio a la hora señalada. Los padres de los camorristas ya estaban allí, vestidos con trajes caros que no parecían encajar con el olor a tiza y cuadernos. Tal y como advirtió la tutora, aquellos padres gritaban como en una bronca futbolera, defendiendo a sus hijos sin escuchar a nadie más, ignorando las palabras de la profesora con desdén. Sólo el director consiguió, por un instante, acallar los gritos, pero la calma duró lo que un suspiro.
No se llegó a ningún acuerdo; los padres mimados salieron dando portazos y diciendo que todo era una minucia sin importancia. El director, frotándose las manos como si buscara calor en pleno agosto, murmuraba: ¿Qué se puede hacer? Esos padres ayudaron a reformar el colegio, no podemos ni sugerir que se lleven a sus hijos.
En casa, aquella noche, entre el olor a tortilla y el eco de las campanas de la catedral lejanas, los niños contaron la verdad: aquellos chicos humillaban a todos en clase, y si alguno se atrevía a pasar solo por los pasillos, lo atrapaban y le llovían los golpes. Roberto y Jimena, por ser amigos y recorrer juntos el colegio como dos quijotes, habían sido apaleados sin compasión.
Las madres, hastiadas, no dudaron en cambiar a sus hijos de escuela, buscando patios y pizarras menos oscuros. La directora, vencida por la tristeza, presentó la dimisión, diciendo que ya no podía seguir trabajando en un lugar donde ni los niños ni los padres sabían lo que era el respeto.
Así terminó todo: como un sueño extraño y turbio en un viejo colegio de Castilla, donde a veces los padres olvidan que la vida también se aprende entre cuadernos y recreos.






