“¡Vas a envejecer solo!” – Lo escuché de un hombre.

Conocí a Esteban hace un año, aunque en mi sueño todo parecía cubierto con una neblina rosada, en la que él me juraba lealtad y devoción como si fuéramos dos espejos rotos reflejându-se en la Gran Vía durante una madrugada interminable de Madrid. Decía que sus sentimientos eran tan verdaderos que temblaban como las luces de la calle Alcalá al alba. Y, de alguna forma, nos parecíamos; ambos salíamos de matrimonios fallidos, ambos naufragábamos buscando un puerto seguro, un poco de ternura entre el murmullo confuso de tapas y copas de vino tinto barato. Pensé que habíamos hallado ese refugio mutuo. Pero el sueño viró, y la realidad, con su lógica irreal de pesadilla, me mostró que sólo era un polizón aferrado a mi vida, chupando cada peseta emocional y material.

Mis amigasCarmen y Teresacomo coros desdoblados en el Retiro, me advertían con voces líquidas que no le ofreciera mi piso tan rápido. Pero yo, perdida en un ensueño espeso, no quise escuchar. Ni siquiera me alarmaba que, con treinta años, Esteban no tuviera oficio ni beneficio, más allá de algún trabajo suelto en Lavapiés y miradas largas a los escaparates de la Gran Vía. Era como un gato callejero de Chamberí, sin rumbo ni dirección, incapaz incluso de conducir un SEAT viejo. Pero yo, flotando entre nubes adolescentes, sólo pensaba en el romance de los versos de Bécquer. Ignoraba esa voz de cordura, amiga invisible que a veces se enrosca en las esquinas de la mente.

Hasta que, una noche, Esteban no regresó. Y a la mañana siguiente, enredando entre sueños desvaídos, descubrí que faltaban los euros que guardaba en el cajón de la cómoda. Qué resurección amarga: el despertar entre las sábanas frías y la certeza punzante de estar sola otra vez.

Incluso llegué a buscarle trabajo, repartiendo currículos por plazas macilentas de Madrid. Él comía a costa mía, le compré ropa en El Corte Inglés, visitamos restaurantes y terrazas donde parecía asombrarse siempre, como si cada calamarsa fuera una proeza. Se portaba con una educación distante ante mi familia y mis amigas, como si estuviera interpretando el papel de yerno perfecto en una zarzuela surrealista. Yo quería creer, de verdad, que acabaría cambiando. Que encontraría su norte.

Pero el sueño insistía en mutar en espiral. Mi paciencia, como las estaciones de Atocha en hora punta, terminó colapsando. No tuve más remedio que abrirle la puerta y pedirle que se marchara. Ni siquiera flaqueó: intentó llevarse el móvil que le había regalado, pero le corté el vuelo diciendo, entre cortinas de nubes y rabia, que sólo se llevara lo que era suyo.

¿Me sentí dolida? Por supuesto. ¿Lamenté ese año extraviado, evaporado dentro de un sueño de espejos rotos? Sin duda. Mi error fue costoso, como perder la cartera en la Plaza Mayor un día de lluvia. Un parásito entre mis sábanas y mis euros. Pero prometo ser más sabia la próxima vez.

En este sueño, os susurro: intentad no dejaros embaucar como yo. Vigilad las promesas y los gestos. Escuchad a las amigas y a la intuición. Si la miel se vuelve vinagre, buscad el antídoto sin titubear. Y, sobre todo, devolved cada golpe con la misma moneda, aunque sólo sea en la incongruencia mágica de los sueños.

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MagistrUm
“¡Vas a envejecer solo!” – Lo escuché de un hombre.