Ay, muchacha, ¿para qué le sonríes? Ese no se casa, ya te lo digo yo.
Apenas tenía Clara dieciséis años cuando perdió a su madre. Su padre, hacía unos siete años, se marchó a Madrid a buscar fortuna y, como suele pasar, allí se perdió del todo. Ni noticias, ni euros, ni cartas nada de nada.
En el pueblo participaron todos en el entierro, arrimando el hombro como buenamente podían. La tía Carmen, que además era la madrina de Clara, solía pasar por su casa, dándole consejos y recordándole cómo se hacían las cosas. Cuando terminó el colegio, la colocaron en la oficina de correos del pueblo de al lado.
Clara era una chica fuerte, de esas que se dice que están sanas como una manzana. Cara redonda y sonrosada, nariz de patata pero unos ojos grises, chispeantes. ¡La trenza rubia le llegaba hasta la cintura!
El muchacho más apuesto del pueblo era Alejandro. Hacía ya dos años que había regresado del servicio militar, y no había chica que no suspirara por él. Incluso las chicas veraneantes de la ciudad no le quitaban el ojo cuando llegaban en verano.
Alejandro tenía pinta más de estrella de cine que de conductor de autobús del pueblo. El mozo no se había asentado, ni tenía prisa por escoger novia.
Una tarde, la tía Carmen fue a buscarle para pedirle que ayudara a Clara a arreglar la valla, que se venía abajo. En el pueblo, si no hay brazo masculino, todo es cuesta arriba. El huerto, Clara lo manejaba con arte, pero en la casa imposible sin ayuda.
Ni dos palabras le costó convencerle. Alejandro vino, inspeccionó el desastre y empezó a mandar: que si trae esto, que si vé a por aquello y alcánzame lo otro. Clara, sin rechistar, le seguía la corriente.
Las mejillas de la chica se ponían aún más rojas, y la trenza iba de un lado a otro mientras ayudaba. Cuando el chico se cansaba, le servía un cocido bien potente y un té fuertecito. Ella, como hipnotizada, observaba cómo sus dientes blancos mordían el pan moreno.
Tres días duró la reparación de la valla, y al cuarto Alejandro vino de visita sin necesidad de inventarse excusas. Clara le dio de cenar, conversaron y se quedó a dormir. A partir de entonces, empezó a ir con regularidad. Madrugaba tanto al marcharse que nadie le veía. Aunque en un pueblo, esconder algo es misión imposible.
Ay, Clara, haces el esfuerzo en vano le advertía tía Carmen. Ese no se casa ni por equivocación. Y aunque lo haga, vas a sufrir de celos. Cuando lleguen las chicas guapas de Madrid este verano, ¿qué harás tú? Te consumirá la envidia. Ese no te conviene, hija.
Pero ¿qué joven enamorada escucha la sensatez de la experiencia?
Tiempo después, Clara se dio cuenta de que esperaba un bebé. Al principio pensaba que tenía una gripe o que le había sentado mal algo. Pero la fatiga y las náuseas se confirmaron como lo que eran: iba a ser madre, y el responsable era el guapo Alejandro.
La tentación de arreglar el asunto rondó por su cabeza, pero se animó pensando que mejor acompañada que sola. Su madre había sacado adelante sola a la familia; ella también podría. De su padre, total, no había sacado nunca gran cosa, salvo disgustos. Las lenguas del pueblo hablarían y acabarían por callarse.
Cuando llegó la primavera y se quitó el abrigo, todo el mundo vio la buena barriga que asomaba. Los vecinos meneaban la cabeza, murmurando. Alejandro, por supuesto, apareció para ver qué pensaba hacer.
¿Y qué va a ser? dijo ella. Tendré a mi niño, así que tú tranquilo, que lo crío yo sola. Vive tu vida como hasta ahora.
Alejandro, por raro que parezca, se quedó impactado, pero salió por donde vino. Ella ya lo había decidido todo. Le resbalaba. Y cuando volvieron las chicas de ciudad en verano, ni caso a Clara. Él buscaba otras distracciones.
Ella tiraba del huerto. Tía Carmen la ayudaba a quitar hierbajos, que agacharse con tripa era misión de titanes. Bajaba agua del pozo en jarras de medio litro. El culo de la barriga era tremendo: las vecinas le auguraban un campeón.
Lo que Dios quiera, bromeaba Clara.
En septiembre, una madrugada, le despertó un dolor tan intenso que juraría que la partía en dos. Luego se calmó, pero no por mucho. Salió pitando a casa de tía Carmen. Ésta, sólo con mirarle a los ojos, lo entendió.
¿Ya estás? ¡Quietita, que voy corriendo! y desapareció.
Fue a buscar a Alejandro. Su camión aún estaba aparcado delante de su casa, los veraneantes ya se habían largado. El chico, para colmo, había bebido de lo lindo la noche anterior.
La tía Carmen le sacudió hasta que espabiló. Él, medio dormido, no sabía ni dónde estaba ni qué pasaba. Pero, cuando se cayó en la cuenta, gritó:
¿Me dices que el hospital está a diez kilómetros? Entre que busco al médico y vuelvo, ya habrá parido y bautizado sola. Nada, la llevo yo. Prepara a la chica.
¿A la chica en el camión? ¡La vas a dejar hecha un cuadro! protestó la mujer.
Pues vienes tú también por si acaso, añadió tajante.
Carretera destartalada, dos kilómetros con cuidado, cruzando un bache y metiéndose en otro. Tía Carmen, en la parte de atrás, sentada sobre unos sacos. Cuando por fin tocaron asfalto, recogieron velocidad.
Clara se encogía en el asiento de copiloto, apretando los labios para no quejarse y abrazando la barriga. Alejandro estaba sobrio de golpe. Miraba a la chica de reojo, los nervios se le notaban en el volante, tenía los nudillos blancos.
Llegaron. Dejaron a Clara en el hospital y volvieron al pueblo. Tía Carmen no paraba de reñirle:
¿Para esto liaste a la chica? Sin padres, medio niña, y tú le pones el mundo patas arriba. ¿Cómo va a criar sola a una criatura?
No habían llegado aún al pueblo y Clara ya era madre de un robusto niño. A la mañana siguiente, se lo pusieron en brazos. No sabía ni cómo cogerlo ni cómo darle de mamar.
Miraba, asustada, el cuerpecito pelirrojo y arrugado de su hijo. Se mordía el labio y iba haciendo lo que le mandaban.
Pero sentía una felicidad tan intensa que casi le salía el corazón por la boca. Le observaba, le soplaba en la frente pelusilla y se sentía la reina del mambo.
¿Vendrá alguien a buscarte? preguntó el médico, serio como un inspector, antes de darle el alta.
Clara encogió los hombros y negó con la cabeza.
Que va.
Resopló el médico y se marchó. La enfermera envolvió al niño en una manta del hospital, para que al menos llegara a casa seco. Le dijo que la devolviese.
Fede te llevará al pueblo en la ambulancia. ¿Vas a ir en el bus con el bebé? soltó, toda ofendida.
Clara le dio las gracias y caminó por el pasillo del hospital, cabizbaja y roja como un tomate de pura vergüenza.
Iba en la ambulancia apretando al niño contra el pecho, pensando en cómo sacar adelante la vida de los dos.
La ayuda de maternidad, una miseria, barely te da para pipas. Le dolía el alma y, mirando la carita arrugada del bebé dormido, se le llenaba el corazón de ternura y espantaba los pensamientos negros.
De repente, el coche se detuvo. Clara se puso tensa y miró a Fede, un señor bajito de unos cincuenta.
¿Qué pasa?
Lleva lloviendo dos días. Mira qué charcos. Es imposible pasar; sólo con tractor o camión. Si no, nos quedamos atrapados.
Perdón, pero sólo queda un par de kilómetros. ¿Eres valiente? señaló la carretera, tapada por una laguna interminable.
El niño dormía. De tanto llevarle, ya ni sentía el brazo. Y menuda faena salir andando así…
Salió Clara con cuidado, se recolocó el bebé y fue bordeando el charco, con los pies chapoteando en el barro hasta los tobillos. Amenazaba con irse de boca, claro.
Las viejas zapatillas hacían ‘flop-flop’. Si hubiera sabido, se habría puesto las botas de goma para ir al hospital. Una zapatilla se quedó enterrada en el lodo. Clara se paró, pensando qué hacer. No podía recomponer la zapatilla con el bebé en brazos. Tiró para adelante descalza.
Al acercarse al pueblo ya caía la noche y tenía los pies helados, como de escayola. Ni fuerzas le quedaban para sorprenderse de que las luces estuvieran encendidas.
Subió las escaleras de casa; los pies congelados, el sudor cayendo por la tensión. Abrió la puerta y se petrificó.
Junto a la pared, había una cuna, un carrito y ropa chula para el niño. Alejandro, sentado, con la cabeza en los brazos sobre la mesa, dormía.
No se sabe si notó el ruido o la miró sin querer, pero levantó la cabeza. Clara, roja, despeinada y con el niño en brazos, apenas se sostenía en el marco de la puerta. El vestido empapado, los pies hasta la rodilla llenos de barro, como quien se ha caído en el campo.
Al ver que le faltaba una zapatilla, Alejandro se tiró a por el niño, lo puso en la cuna, luego corrió a calentar agua en el puchero.
Sentó a Clara, le ayudó a desvestirse y le lavó los pies. Cuando la chica se cambió detrás de la chimenea, ya tenía la mesa con la patata hervida y una jarra de leche.
El niño empezó a llorar. Clara se fue a por él, le cogió y, sin pudor, empezó a darle de comer en la mesa.
¿Y cómo le has llamado? preguntó Alejandro con voz ronca.
Sergio. ¿Te parece bien? le miró con los ojos grises brillando.
Tanto amor y pena había allí que a Alejandro le tembló el corazón.
Es bonito. Mañana vamos, lo registramos y nos casamos de paso.
No hace falta empezó Clara, mirando lo glotón que era su hijo.
Mi hijo no se cría sin padre. Lo que sea, ya está bien de tonterías. De hombre no sé cómo voy, pero de padre quiero serlo.
Clara asintió, bajando la mirada.
A los dos años, tuvieron una niña más. La llamaron Esperanza, como la madre de Clara.
No importa los errores que cometas al principio, lo importante es que siempre se pueden arreglar
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