En el segundo día después de la boda, Alisa se encontraba muy mal. Llamaron a una ambulancia y la examinaron. A Robert le costó mucho recuperarse tras hablar con el médico.

Roberto descubrió la infidelidad de su esposa, Inés; fue ella misma quien se lo confesó, suplicando con lágrimas en los ojos que la perdonara. Todo le parecía envolverse en una bruma densa y extraña, como si la propia realidad jugara con los hilos de su destino. No alcanzaba a comprender cómo Inés, tan impulsiva a veces, pudo cometer tal locura.

Apenas dos días después de la boda, Inés le contó a Roberto que había pedido un préstamo al banco y, ahora, ambos debían devolver los euros. Desde entonces, las cosas se tornaron aún más inexplicables: de repente, Inés enfermó como una estatua de cera derritiéndose bajo el sol de Madrid. Una ambulancia apareció entre campanas que sonaban desde la plaza Mayor, llevándosela lejos. Resultó que Inés había perdido un embarazo oculto, y aquello arrastraba consigo una cadena de complicaciones. Roberto, como flotando fuera de su cuerpo, ni siquiera sabía que iba a ser padre.

Ahora los dos trabajamos y cobramos bien, tenemos una imagen estupenda en el barrio, no quiero arruinarlo todo con un hijo decía Inés, con voz que parecía rodar entre olas azules de la plaza de Callao. Y ahora esta traición…

Buscando alguna redención etérea, fue la propia Inés quien propuso un plan absurdo para que él pudiera perdonarla: Roberto debía engañarla también, y así se equilibraría el universo. Ella misma presentó a su amigo una amiga guapísima, Beatriz, rubia como los campos de trigo de Castilla, alta y de figura soñada. Pero Roberto, de pie en una taberna llena de ecos y risas distorsionadas, no pudo hacerlo; era como intentar atravesar un espejo cegador.

¿No eres hombre o qué te pasa? preguntó Beatriz, con la voz transformada en eco de catedral vacía.

Solo soy alguien corriente, incapaz de engañar con premeditación respondió Roberto, perdido en el laberinto de su propio reflejo.

Volvió a casa atravesando calles empedradas y esquinas imposibles, con un ánimo que se arrastraba igual que la niebla en otoño, evitando la mirada de Inés e incapaz de dirigirle la palabra. Hizo su maleta con ropa que se doblaba y desdoblaba sola, y se marchó a casa de un amigo, donde las paredes parecían derretirse.

Pasaron los días y una tarde, mientras el reloj de la Puerta del Sol giraba en sentido contrario, Inés llamó a Roberto para decirle:

Estoy embarazada; tarde o temprano tendrás que volver a tu familia.

Pero Roberto no necesitaba ya ni a Inés, ni a un hijo que parecía bailar entre las sombras, ni a una familia difuminada por el tiempo. Una mañana, en un supermercado que olía a jazmín y nostalgia, se topó con la misma Beatriz:

¿Qué haces aquí? Pensé que el plan de Inés, el de quedarse embarazada, había funcionado.

Y entonces Roberto notó que el viento soplaba en una dirección equivocada. Exigió ver las ecografías o un certificado médico que confirmara el embarazo.

¿No confías ya en mi palabra? preguntó Inés, su voz hecha arena entre los dedos.

No, después de tu traición, ya no.

Y Inés no pudo mostrarle nada; solo le presentó sus manos vacías, líneas que se confundían con el horizonte. Roberto comprendió, entre murmullos y relojes parados, que todo era otra mentira tejida en ese sueño sin fin. Pidió el divorcio, y la ciudad de Madrid siguió latiendo, indiferente, bajo un cielo imposible.

Rate article
MagistrUm
En el segundo día después de la boda, Alisa se encontraba muy mal. Llamaron a una ambulancia y la examinaron. A Robert le costó mucho recuperarse tras hablar con el médico.