Hace unos meses, sucedió algo tan extraño que al recordarlo, todo me parece envuelto en niebla. Era de noche, y Guillermo regresaba del aeropuerto de Barajas, donde había ido a recoger a su madre tras un largo viaje. Los faros del coche apenas alumbraban la autopista, como si rozaran el lomo de un gigantesco dragón dormido bajo Madrid.
De repente, encontró a una chica sola a la vera del arcén, envuelta en la lluvia y tiritando bajo la luz de las farolas, que parecían colgajos de luna. Decidió detenerse, flotando entre la curiosidad y el impulso de ayudar. En el coche, Guillermo le ofreció su chaqueta, una prenda cálida que olía a café y a amanecer de domingo, y la muchacha la aceptó con manos que temblaban como hojas de álamo.
Ella se llamaba Alejandra. Entre susurros, le contó que su propio padre, furioso como un toro en San Isidro, había alzado la mano contra ella. Le rogó a Guillermo que la acercara a la estación de trenes de Atocha, pues allí soñaba pasar la noche y decidir con la primera luz qué rumbo tomar. Pero Guillermo no pudo dejarla a su suerte entre el rumor de las vías, así que, en un acto que parecía dictado por los duendes de los sueños, le pidió que se quedara en su piso.
Así fue como Alejandra empezó a convivir con Guillermo, entre paredes repletas de cuadros antiguos y la fragancia a naranjas. Pasaron tres meses envueltos en la rutina y lo raro, hasta que el destino, disfrazado de azar, abrió otra puerta insólita.
Una tarde, Alejandra cayó enferma; las habitaciones giraban alrededor suyo como si estuviese dentro de una casa que bailaba en un vendaval. Pronto supieron que ella estaba embarazada. Al principio, Guillermo apenas podía descifrar lo que sentía su mente era una plaza mayor en pleno carnaval pero de pronto, esclarecido como tras una tormenta, supo que el fin de esa historia era imposible de escribir. Propuso matrimonio a Alejandra bajo el resplandor de una lámpara que chisporroteaba como las estrellas sobre Salamanca.
Lo más insólito es que Guillermo, ahora, se pavonea ante quien quiera oírlo, relatando entre carcajadas lo bien que cocina su esposa y lo maravillosa anfitriona que es. Sin embargo, cerca de su corazón esconde un secreto: jamás ha sido capaz de amar genuinamente a una mujer. Permanece con Alejandra llevado por la compasión y la ternura más honda. No sabe cuánto resistirá este matrimonio tejido de silencios y miradas, pero en sus sueños sigue viendo, como una imagen borrosa, la alegría que asoma en la sonrisa de Alejandra, y eso, por ahora, le basta.





