Por metida, me ha pasado
Papá, ¿y este cambio de look en la casa? ¿Has saqueado una tienda de antigüedades? Mariana alzó las cejas, perpleja, mientras examinaba un tapete de crochet blanco sobre su cómoda. Madre mía, nunca te había visto con gusto de viejita. Tienes el gusto de abuela Amparo
¡Marianita! Qué sorpresa verte sin avisar Ramón Salgado apareció desde la cocina. Yo Es decir No te esperaba hoy
Intentaba aparentar entusiasmo, pero se le notaba la cara de quien ha metido la pata.
Pues ya veo que no esperabas Mariana chasqueó, yendo hacia el salón donde la esperaba la exposición de horrores. Papá, ¿de dónde sale todo esto? ¿Qué está pasando aquí?
No reconocía su propio piso.
Cuando la abuela Amparo le dejó el piso en plena Madrid, la estampa era deprimente: muebles de los años ochenta, un televisor barrigón sobre un mueble desportillado, radiadores que chirriaban más que un flamenco, papel pintado medio despegado Pero era SU casa. Gracias a unos ahorros, Mariana la transformó: reforma integral, minimalismo escandinavo, tonos claros, cortinas que ni una rendija para el sol. Alfombras suaves y todo bien puestecito.
Ahora, en vez de sus queridas cortinas opacas, había unos tules de nylon, tan tiesos como poco elegantes. El sofá italiano cubierto con una manta sintética de felpa con tigre gritón. En la mesa, un florero rosa de plástico, claro, con unas rosas tan radioactivas que te despistaban el sentido.
Eso era lo de menos. Lo peor eran los olores. Desde la cocina salía el chisporroteo de aceite y olor a pescado. Hacía tufillo a tabaco. ¡Si su padre ni fumaba!
Verás, Marianita empezó Ramón, compungido. Hay que contarte una cosita No estoy solo. Quise decírtelo antes, pero nunca encontraba el momento.
¿Cómo que no solo? Mariana se quedó helada. ¡Papá, esto no lo hablamos!
Mariani, hija, ¿crees que mi vida terminó con tu madre? Todavía soy joven, ni empiezo a cobrar la pensión. ¿No puedo tener vida personal?
Mariana se quedó frita. Vale, que haga lo que quiera, pero ¡en SU piso!
Sus padres se divorciaron el año anterior. La madre, tras la infidelidad, como si se le hubiera quitado un peso: yoga, amigas, libros, ni un minuto de drama. El padre, en cambio, entró en fase alma en pena. Regresó al piso de soltero, que había alquilado alegremente durante diez años. La última inquilina casi le incendia el piso con una colilla. Sin dinero para arreglos, lo dejó al olvido. Ni lo vendía, ni pensaba vivir allí.
Porque allí, dicho sea, no se podía vivir. Paredes ahumadas, ventanas rotas, moho en las jambas Era una escena digna de Callejeros.
Ay, Marianita, no sé cómo voy a apañarme aquí suspiraba Ramón entonces. Aquí solo es cuestión de tiempo para que me cuelguen los pies. No me da para el arreglo. Si muero congelado, pues mira, era mi destino.
Ahí Mariana no pudo más. No iba a dejar tirado al hombre que la había criado. Si le pasaba algo por no tener dónde dormir Además, el piso de Mariana estaba vacío; se acababa de casar y se había mudado con su marido. No le apetecía volver a alquilarlo para tener otro drama.
Papá, quédate en mi piso hasta que lo arregles propuso. Allí lo tienes todo, luz y caliente. Pero solo tú, ¿eh? Nada de visitas.
¿En serio? se asombró Ramón. Hija, te debo la vida. Prometo, todo tranquilo y en paz.
Sí, sí tranquilo.
Mientras Mariana revivía la escena, se abrió la puerta del baño y apareció una nube perfumada. De ella emergió una señora de unos cincuenta, de andar majestuoso. Vestía el albornoz favorito de Mariana ese azul tan suyo , ahora apenas capaz de contener la anatomía generosa de la desconocida.
Oye, Ramoncito, ¿tenemos visita? preguntó la dama, con voz de contralto de taberna y una sonrisa condescendiente. Pues podrías haber avisado, que vengo de andar por casa.
Y usted ¿quién es? interrogó Mariana, entornando los ojos. Y, por cierto, ¿por qué lleva mi albornoz?
Yo soy Fátima, el amor de tu padre. ¿Te pones así por un albornoz? Si total estaba muerto de risa ahí colgado.
A Mariana le latía la vena de la ira.
Quítese eso. Ahora mismo masculló.
¿Mariana? ¡Por favor! imploró el padre poniéndose en medio. No montes un escándalo. Fátima solo
Fátima solo ha cogido lo que no es suyo y se ha plantado en mi casa cortó Mariana. ¡Y tú, papá, lo ves normal? Has traído aquí a tu novia y encima le dejas rebuscar entre mis cosas.
Fátima puso los ojos en blanco y marchó al sofá, dejándose caer encima del tigre de peluche.
Qué poca educación tienes, niña sentenció. Si yo fuera tu padre, te daba un buen repaso con el cinturón, que ni los años te salvan. ¿Qué modo es ese de hablarle?
Mariana se quedó boquiabierta. Una extra que ni conocía la sentaba como un gato mojado en su propio mando.
Pues no concedió ella. Mientras no sea en mi casa.
¿En tu casa? Fátima arqueó una ceja y miró a Ramón pícaramente.
El padre estaba como una pintura, arrugado contra la pared, entre hija encendida y novia respondona, deseando que la tormenta desapareciera sola. Pero ese día no iba de milagros.
¿Ah, no se lo había contado mi papá? Mariana sonrió como hielo. Pues os lo digo yo. Aquí el señor es invitado; esta casa es mía, y todo lo que hay lo pagué yo con mi dinero. A él lo dejé quedarse un tiempo, pero no para que trajera a sus amores.
Fátima se puso colorada como pimiento de piquillo.
Ramón Su tono era de hielo puro. ¿Esta chica se está inventando cosas? Dijiste que la casa era tuya. ¿Me has mentido?
El padre se pegó aún más a la pared, como queriendo camuflarse con el papel pintado.
Fati, no es así Me has entendido mal. Tengo mi piso, pero no este. No quería agobiarte con detalles.
¿Ah, muy bien! ¡Pues gracias! Ahora resulta que me vienen con historias y tú qué bonito, ¿eh?
Ahí a Mariana se le acabó la paciencia.
Fuera, dijo en voz baja.
¿Perdón? tartamudeó Fátima.
Que os vayáis. Los dos. Tenéis una hora. Si no, esto se habla con abogados. Ya ves tú la gracia de ser generosa…
Mariana se dirigió a la puerta, pero Ramón, al fin, se despegó de la pared y corrió tras ella.
¿Pero vas a echar a tu propio padre a la calle? Sabes cómo tengo el otro piso, hija Allí me muero de frío.
Apretó el brazo de su chaqueta, y a Mariana le tembló el corazón. Instinto filial, recuerdos, compasión por el pobre hombre… Una punzada le subió a la garganta.
Pero vio a Fátima.
Ahí estaba, piernas cruzadas, en su albornoz, con una mirada de odio que hacia que hasta el gato huyera. Y ahí, todas los dudas de Mariana se evaporaron. Si cedía, mañana le cambiaban la cerradura y redecoraban con leopardo.
Papá, eres adulto. Alquila un piso cortó ella, soltándose. Lo has provocado tú. Dijimos que vivirías solo, y tú has traído a esta mujer, has dejado que usara mis cosas y ha desordenado mi casa…
¡Quédate tu casa si tanto te importa! interrumpió Fátima. Vámonos, Ramón, no hace falta rebajarse. Menuda hija malagradecida.
En media hora hicieron maletas, y el tema quedó resuelto. El padre se fue callado, encorvado, como perro bajo la lluvia. Mariana grabó en la memoria esa mirada de perrillo apaleado, pero ni se inmutó.
Cuando por fin se fueron, lo primero fue abrir ventanas de par en par, que saliera el olor a pescado, tabaco y colonia barata. Luego recogió el albornoz, la manta del tigre y todo lo que había dejado Fátima: todo a la basura, directo. Al día siguiente, llamó a limpieza y a un cerrajero. Tocarle a lo que esa señora había tocado daba auténtico repelús.
Pasaron cuatro días.
Ahora el piso estaba impoluto. Nada de flores de plástico, ni olores raros. Aunque vivía con su marido en Alcalá, solo saber que el piso estaba libre le daba paz.
No volvió a hablar con el padre. Al cuarto día, fue él quien llamó.
¿Mariana? contestó ella, tras pensarlo.
Bueno murmuró Ramón, con voz de vino peleón. ¿Te quedas tranquila? Fátima me dejó. Cogió la puerta y se largó
¡Vaya sorpresa! exclamó Mariana, sin contenerse. Déjame adivinar: lo hizo al ver cómo es tu piso de verdad, y cuando se dio cuenta que ahí había faena para meses, ¿no?
Ramón bufó.
Sí Puse la estufa eléctrica y dormimos en colchón inflable. Aguantó tres días. Finalmente dijo que soy un ruina, un mentiroso, hizo la maleta y se fue con su hermana. ¡Decía que perdía el tiempo conmigo! Pero yo la quería, Mariana
¿Querías? Anda ya Tú querías estar cómodo y ella también. Os salió el tiro por la culata.
Quedó un silencio raro. Su padre no se había rendido.
Estoy muy solo, Mariana Da miedo aquí. ¿Puedo volver a tu piso? Solo, lo juro. De verdad.
Mariana bajó la mirada. Su padre estaba ahí, entre ruinas y frío, pero la ruina era obra suya: primero, por engañar a su madre. Luego, por mentirle a Mariana. Y después, a Fátima.
Sí, le daba pena. Pero esa pena podía arruinarles a ambos.
No, papá, no puedes volver contestó. Contrata una cuadrilla, arregla el piso. Aprende a vivir en tu propia salsa. Si necesitas el teléfono de un buen albañil, te lo paso. Es lo único en lo que puedo ayudarte.
Colgó.
¿Duro? Quizá. Pero Mariana ya no permitiría que nadie volviera a dejar huella, ni en su albornoz ni en su vida. Hay cosas que no se pueden limpiar; solo se evita que entren.






