El embarazo iba perfectamente, pero cuando escuché las palabras del médico en la última revisión, me desmoroné al instante: me encontraba ante la decisión más difícil de toda mi vida.

Diario personal

Hoy, mientras observo a mis dos hijos, no puedo evitar sonreír ante el torbellino de energía que traen a nuestro hogar en Madrid. Son inagotables y traviesos; parece que todo lo que tocan acaba en el suelo, pero en el fondo tienen un corazón noble. A veces se pelean, se dan algún que otro golpe y de repente se ponen a llorar, pero, en un instante, ya se están abrazando como si nada hubiera pasado. La gente suele fijarse en sus travesuras y me llenan de consejos y advertencias sobre cómo debería educarlos. Yo, sin embargo, pienso que los niños de su edad necesitan cierta libertad para desarrollarse como personas en el futuro.

Muchas veces escucho a mis vecinos o familiares decir que mi hijo Guillermo es tranquilo y bien educado, mientras que Martín es un manojo de nervios, siempre despistado y demasiado inquieto, como si en el futuro fuese a ser un obstáculo para su hermano. Son comentarios que escucho a menudo en el parque, en el mercado o incluso en las reuniones familiares. A todo esto solo me limito a asentir, aunque no comparto del todo su visión. Quizá tengan razón en parte, pero para mí son el uno para el otro: se complementan, se buscan constantemente y no se imaginan la vida el uno sin el otro.

Hace días me rogaron que les comprara un perro, pero reconozco que los perros me dan cierto respeto. Si llegara a traer un animal a casa, preferiría una tortuga. Son tranquilas, lentas y saben cuidarse solas. Lo comento, y todos se ríen de mi propuesta, pero honestamente me parece lo más sensato.

Jamás mi marido y yo pudimos imaginar lo mucho que cambiaría nuestra vida con la llegada de nuestro segundo hijo, Martín. Cuando recibimos la noticia de que venía con complicaciones de salud, sentí cómo, de repente, el mundo se oscurecía a mis pies, aunque por fuera pareciera una embarazada feliz paseando por la Gran Vía. La gestación se había desarrollado sin señales de alerta; todo en las revisiones parecía estar bien.

Después de aquella ecografía que puso todo patas arriba, llegué a plantearme brevemente la interrupción del embarazo, pero enseguida deseché la idea y decidí seguir adelante. Nadie, salvo mi marido, estuvo a mi lado en ese momento. Mis propios padres no podían entender mi decisión. Él tampoco tenía muy claro qué era lo correcto, pero se mantuvo a mi lado, que era todo lo que yo necesitaba. Aguanté las críticas y las palabras duras, conteniendo las lágrimas y manteniéndome firme con la convicción de que los hijos son las flores de la vida.

Gracias a Dios, mi marido reunió toda su fuerza y, tajante, dijo: Va a tenerlo, y punto. Poco a poco, mi familia fue aceptando mi decisión. Al final, cuando por fin nació Martín, todos nos sorprendimos de lo rápido que aprendía. Guillermo, su hermano mayor, le acercaba las cosas y él enseguida les ponía nombre, curioso y vivaz. En ese momento supe que, al final, todo iba a salir bien. Y así, entre risas, carreras por el pasillo y peleas de almohadas, sé que no cambiaría nada en mi vida, aunque a veces me falte el aire de tanto seguirles el ritmo.

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MagistrUm
El embarazo iba perfectamente, pero cuando escuché las palabras del médico en la última revisión, me desmoroné al instante: me encontraba ante la decisión más difícil de toda mi vida.