El marido de Jessica solía levantarle la mano con frecuencia, y tras el nacimiento de su hija, la situación no hizo más que empeorar.

Marina venía de un rincón donde un piso de una habitación costaba cuatro perras gordas, vamos, como quien va a comprarse churros un domingo. Sin que su marido, Enrique, sospechara ni media palabra, se compró uno de esos pisos tan apañados.

Mientras Enrique estaba de viaje de negocios, nació nuestra hija. Di a luz en una clínica normal y corriente, pero le conté a él que fue en una de esas de alto copete… Y así estamos: el dinerillo que él me enviaba para las compras, yo lo estiraba como si fuese chicle. En casa, cuando él paseaba por allí, el frigorífico a rebosar: jamón ibérico, lubinas, quesos, dulces y manjares varios. Pero ay, que cuando cogía el AVE y desaparecía unos días, yo volvía al menú del pueblo: lentejas y algo de pan duro.

Jamás he comprado cosas nuevas para mi hija. Siempre estaba alguna vecina maja regalándome algo, o tiraba de Wallapop y cosas de segunda mano, como toda buena madre previsora. Así ahorré para mi propio piso. A veces, llamaba a mi madre, la Mari Ángeles, para cuidar de la niña mientras yo me escapaba a trabajar a escondidas. La culpa la tenía Enrique, claro. Él, el típico madrileño de ciudad, siempre mandando y dándome instrucciones como si yo no supiera atarme los zapatos. Yo venía de Ávila, de toda la vida, así que me aguantaba como una campeona. Hasta que un día pensé: O salgo por patas o este hombre acabará con mi paciencia y mi salud.

Me convertí en una maga de las compras. Compraba tres manzanas y le decía que pesaban un kilo, y tan contenta. Tardé dos años y medio en juntar los suficientes euros nada de eso de rublos o dólares, aquí solo valen los euros de toda la vida. Y así, la última vez que Enrique se fue por trabajo, no lo dudé. Hice las maletas, metí a la niña y, sin mirar atrás, desaparecimos. Un día antes, ya había entregado toda la documentación para el divorcio en el juzgado del barrio.

Enrique, no te creas, que intentó recuperarnos. Me llamaba para prometerme amor eterno y hasta que la familia sería un remanso de paz desde ya mismo. Pero a veces le daba por ponerse intenso y dejaba mensajes que daban miedito, amenazando que no se rendiría nunca y que nos encontraría aunque tuviese que hacerse el Camino de Santiago a pie.

Luego me enteré de que ya estaba saliendo con una estudiante. Seguro que le está contando las mismas milongas que me contó a mí. Yo, por mi parte, nunca le fui infiel. Y esos ahorros, bien sudados entre bocata y bocata, los considero ganados con honor. Me tocó apretarme el cinturón, sí, pero era la única salida. No quedaba otra: tenía que salvarme a mí y a mi pequeña hija, la única persona a la que debía lealtad.

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MagistrUm
El marido de Jessica solía levantarle la mano con frecuencia, y tras el nacimiento de su hija, la situación no hizo más que empeorar.